Fotos: Marcelo Arias

 

El sol da sus últimas notas en la tarde fresca de Maimará. Y entonces el paisaje vuelve a cambiar: la tarde que era naranja es ahora roja y los contornos de los cerros se marcan en el cielo. La tarde da colores que no están en ninguna paleta de ningún pintor. De ese cuadro natural asoma el primer hombre que creyó que acá, en la altura jujeña, también se puede producir vino de alta calidad.

“Estar produciendo en un paisaje que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad, a 2400 metros sobre el nivel del mar te coloca en un lugar distinto a todos los productores de vino del país”, dice Fernando Dupont el dueño de bodegas Dupont. Y el viento de la quebrada le despeina los cabellos.

Sabe el hombre que esas ventajas tienen que tener un respaldo. “Vamos por una línea bien clara del vino, porque el vino te gusta o no te gusta. Hay que dotarlo de las características de tu terruño: nosotros hacemos cortes, que, creemos, identifican más al terruño que la variedad sola, porque si a un malbec le das ciertas aristas de un cabernet, el resultado es otro”, dice como máxima. 

Hacen tres vinos: Pasacana (mayor presencia de malbec con toques de cabernet sauvignon y sirah, con un año y medio de maduración en barridas de roble francés), Punta Corral (un tinto con un blend de los mismas tres cepas que el Pasacana, pero más joven) y un rosado llamado Rosa de Maimará, también con las mismas tres uvas. 

Para llegar hasta esta bodega de Maimará hay que cruzar un río que en verano casi la aísla. Ahora el río es un caudal de piedras grises que el auto desparrama. Todo es particular aquí. En mayo cosechan, tarde para otras bodegas del país. “Dejamos que el grado de maduración de la uva sea muy grande. Es una política de Marcos Etchart, a quien le gustan los vinos con mucho alcohol, con personalidad, con mucho color. Eso se define en los últimos 20 días del ciclo de la uva”, explica Fernando.   

Hacen una doble selección donde se descartan los taninos herbáceos (cabitos, hojas) que atentan contra la redondez del vino, contra lo untuoso del vino. Eso descartan seis mujeres en este proceso, luego se fermenta la uva en tanques que almacenan 32000 litros y pasa a la fermentación en barricas (fermentación integral, a 16 grados, en roble francés y americano).

“Nuestros vinos son más oscuros, el alcohol se lee, no necesitás sentirlo, está bien integrado.” Dice nuestro para nombra a su equipo: Marcos Etchart, Juan Prates y el encargado de la bodega más Fernando son el plantel de trabajo estable, además de su esposa, encargada de las visitas guiadas.
 
En Maimará tienen la radiación más alta del mundo. “Nuestra cascaras son mucho más gruesas porque la uva se protege del sol. Por eso mismo, casi no hacemos fumigación”. No encuentran la solución para las aves. De noche la temperatura baja, pero el sol del día. “O viene un viento Norte y, en invierno, pasás de los seis bajo cero a los 24 grados del día. Por eso, las plantas, injertadas sobre pies americanos, se adaptaron a un terreno complejo”, se enorgullece.

Al pie de la bodega Dupont hay una montaña de 4000 metros, detrás de la cual está la protectora de la región: la virgen de Punta Corral, la misma a la que le prometió la Selección Nacional de fútbol volver tras el mundial de México 86. Hasta que esa promesa no se cumpla, dice el mito, la selección no volverá a campeonar. “Todo es superstición en la quebrada, pero también todo es trabajo”, dice el hombre. El trabajo sobre la tierra es artesanal, a mano, en un suelo pedregoso que se resiste a picos y palas y necesita de una barreta de hierro.  
 
Eso no es todo. A más altura, el clima es más intenso y más impredecible. “Todos los años es distinto”, avisa Fernando, pero a eso le pone una máxima. “La habilidad es saber adaptarse”. Como le pasó con la fertilización: fertilizó en los primeros años con lombricompuesto propio y guano de chivo, una tarea que se hace planta por planta. Cuando tenía 12 mil plantas lo hacía con comodidad, pero cuando su plantel creció a 18 mil plantas de uvas se complicó: probó una fertilización química por goteo. Pero ahora volvió al esquema original y propio: su propio lombricompuesto. 
 
Le agrega el hombre una rareza a las plantas de uva de su bodega: riega con agua energizada por la luz solar. La manda a los tanques donde el sol de la quebrada carga el agua de energía solar. Sólo después la usa para regar. El resultado son vinos intensos que hablan del lugar, que tienen todo ese paisaje, todo ese cielo azul hondo, todos los dones de la Pachamama, todo esa quebrada engualichada adentro de una botella.

Mirá el video de El Federal llegando a la bodega