Por Leandro Vesco

La formula es perfecta, hacer las comidas que se hacen en casa, pero llevarlas al plato sobre una mesa de un comedor que en realidad es la antigua estación de tren del pueblo. “No me considero gourmet, soy cocinera”, advierte Patricia Vélez y nos da tranquilidad. Acá no hay secretos, la familia ayuda y se cocinan las recetas de la abuela, con productos locales y fundamentalmente, con paciencia y amor por el trabajo. El tren ya no se detiene en Bordenave, pero en la estación quedaron los sabores de aquellos tiempos.

Hay que oírla a Patricia para saber que su pasión es la cocina. Fue docente y llegó al pueblo hace veinte años. “Cuando vine me amigué con los sabores, volví a comer carne, que acá tiene un sabor increíble” Acaso esta frase resuma un de los atractivos más importantes que hoy tienen los pueblos, como acá aún hay tiempo, y los productos del territorio se hacen con métodos de producción basados en el trato emotivo con la tierra, los elementos que se sirven a la mesa son nobles, ricos, tienen aroma, crujen, son frescos. Alimentan los ojos y nuestro corazón. La comida en los pequeños pueblos es una experiencia que reorganiza los sentimientos y acomodo los recuerdos. Es nutrición para el alma. Lo que se come en un pueblo, no se come en ningún otro lugar. La gastronomía, como la que se ofrece en Bordenave es un gran atractivo turístico. Algunos van a Paris a comer la nueva cocina, otros se sientan a comer un cordero en “Lo de Patricia”: entre ambos destinos no hay diferencias: la calidad, la coherencia y el sabor, son iguales.

La historia de cómo una estación pasó a ser el restaurante del pueblo es un buen ejemplo de recuperación que debería ser imitado por todos los pueblos que tienen estos edificios ociosos. Partió de la voluntad municipal, para el aniversario del pueblo se decidió recuperarla. Como gran parte de las estaciones, construidas de tal forma para que duren una eternidad, fue poco lo que se le tuvo que hacer. Patricia fue docente y cuando se jubiló se enfrentó a la duda existencial: “Me puse a pensar qué iba a hacer todo el día en casa sin hacer nada, así que recuperé mi sueño: cocinar para la gente”, fue así que comenzó a organizar desde su casa una rotiseria y una heladería. La idea enseguida funcionó y un día le ofrecieron trasladarse a la estación. “No lo pensé dos veces. Nos vinimos” La cuna del proyecto involucró a todo la familia. Patricia es la brújula por donde se guían los sabores, una de sus hijas tiene un emprendimiento de pastas, hace los sorrentinos y las tapas de empanadas, la otra hija, trabaja con el chocolate. Su marido, apoya y trabaja a la par. Nada puede salir mal así, el resultado se ve en los platos, que atraen y convocan.

“Decidimos sacar las mesas al andén y en el patio de la estación. Esto es netamente familiar. De a poco lo acomodamos. No me puedo quejar. La comunidad responde, es la única heladería del pueblo la que tenemos acá junto con el restaurante. En la estación también funciona la terminal de ómnibus. Hay tres colectivos que paran. Menos los sábados, todos los días pasan los micros y nosotros sólo cerramos los lunes” La propuesta es fuerte y golpea al corazón: Patricia propone sentarse en el andén y en el interior de las grandes habitaciones de la estación y probar lo que seguramente no se olvidará jamas. Al mediodía o a la noche, la paz y la tranquilidad son condimentos que acompañan. Mientras se prueba una torre de panqueques, especialidad de la casa, se puede ver la arboleda, ver pasar algún caballo, observar cómo las nubes cambian lentamente de forma, sentir el latir del pueblo.

“Todo lo que aprendí de la cocina, lo hice en mi casa, con mi familia, y es lo que hago acá. No tengo un menú fijo, voy haciendo lo que tengo ganas ese día, pero nunca falta la carne de cerdo, las pastas, bocaditos de acelga y las empanadas” La clave se esgrime en formato casero: “Acá servimos platos abundantes, no nos gustan los platos chicos“, proclama Patricia, para dejar en claro cómo es el protocolo que acá domina. La carne es la estrella de la mesa, “a los de la ciudad les gusta la carne cruda, acá en los pueblos la hacemos bien cocina. Crudo no se sirve nada”, afirma como una declaración de principios, quien además hace el fuego y asa. “Me gusta la parrilla, eso si, siempre con buena leña”

Acá apoyamos el compre local, los huevos, la carne, frutas y verduras son todas del pueblo” El emprendimiento marca el rumbo que hay que seguir, y es un ejemplo de cómo una comunidad se puede beneficiar con un lugar recuperado que apuesta por la cocina y los productos del territorio. Bordenave tiene poco menos de 1000 habitantes y es un típico pueblo del sudoeste bonaerense, pertenece al Partido de Puan, un Distrito que tiene la suerte de tener a Susana Schwerdt, asesora de turismo de los grupos de Cambio Rural de INTA. En estos pueblos germina una nueva forma de hacer turismo, basada en la identidad del lugar, en sus sabores, su cultura y sus historias. En Bordenave está la clave de cómo un pueblo puede ser un destino deseado: sólo hace falta que una familia emprendedora tenga un espacio, lo demás lo agrega la naturaleza y el amor de las personas que eligen vivir en una comunidad pequeña en donde la vida se toma una siesta, despreocupada.

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