Se ha trabajado mucho en la Argentina el tema del manejo de cuencas hídricas?
– Así es, pero no siempre de forma coordinada. Con el tema del agua hay que destacar que se trata de un factor común entre un montón de situaciones que no sólo implican la faz productiva, sino también, en muchas regiones del país, la supervivencia de poblaciones o del agricultor disperso, como pasa en el noroeste argentino. Uno no puede decir que no se han hecho estudios de cuencas ni que no se han hecho estudios en el país. Tal vez el detalle que habría que mejorar es la integración de esos conocimientos. Hay mucha información de estudios hidrológicos, de cuencas, de casos, de suelos, de climas, acumulados a lo largo del tiempo, desde los históricos hasta los más modernos, pero debemos enfatizar en la integración de todo eso. Ante casos más sonados de excesos o problemas de sequía se consulta, y uno empieza a ver con la realidad, si bien uno no obtiene toda la data que a nivel científico quisiera obtener, sin embargo existe información dando vuelta, que si se integrara podría ser mucho más útil.
– Entiendo. Falta un trabajo interdisciplinario, que abarque todas las variables del tema.
– Claro. La integración se tiene que producir en la suma de conocimiento coherente, y agregado al conocimiento existente. Con ese conocimiento se generan criterios, y a partir de esos criterios se toman las decisiones y se realizan las obras públicas adecuadas. Si no, la obra pública o privada no es adecuada, porque carece de los criterios adaptados a esa situación. Esa es una tarea que tienen que encarar las instituciones que se dedican a la investigación y al desarrollo de tecnología. Creo que en ese sentido hay esfuerzos, lo que pasa es que hay que apoyarlos más. Hay que integrar disciplinas para poder ampliar las escalas. Por ejemplo, yo como geólogo veo al problema desde una escala muy diferente de la que lo ve un agrónomo. El agrónomo lo ve desde un punto de vista más parcelario, porque ese es su objetivo, y el geólogo lo verá desde una perspectiva más regional. Creo que la integración de esas dos visiones puede ser positiva.
– En la Argentina tenemos, como nunca, nuevas áreas desertificadas. Y otras en las que, por el contrario, abundan las inundaciones. ¿En las cuencas de agua dulce que tiene el país hay suficiente agua para satisfacer todas las necesidades?
– Primero sería muy cuidadoso en hablar en desertificación, porque no tengo las cifras para decirte hasta dónde está desertificado, y hasta dónde no. Lo mismo con los excesos. Es cierto que hay una variabilidad climática, sobre eso está impuesta la acción del hombre, sobre esto hay cambios climáticos, pero hablar ligeramente del tema puede ser muy peligroso.
– Seamos rigurosos, entonces. ¿Hay suficiente agua para cubrir las necesidades del país?
– Yo entiendo que sí. En todo caso, la distribución del agua sigue patrones que impone la naturaleza. El tema de si hay el agua suficiente depende de cómo se la utilice y cómo se pueda respetar el ciclo hídrico de tal manera que ese ciclo pueda renovarse. Entonces, podés partir de que hoy en día tenés agua suficiente para una determinada producción, pero esa producción impacta sobre el ciclo hídrico en forma negativa, y entonces donde tenías agua, hoy no la tenés. Hay otros lugares donde nunca vas a tener agua para hacer determinadas cosas. Tendrás que hacer otra producción. Vos tenés que adaptarte a la naturaleza y no al revés, y eso implica también respetar las tasas de recarga de acuíferos. Muchos de los cursos de agua que tenés en el país son efluentes, sobre todos los de la llanura pampeana. Se les dice también ganadores, o sea, el agua subterránea termina drenando el curso de los arroyos. Vos ves, por ejemplo, un arroyo que tiene agua y no llovió en los últimos quince días, y te preguntás cómo puede ser que la tenga. Eso es porque está drenando del acuífero. Y ese acuífero tiene que recargarse. Para que esto ocurra, vos tenés que organizar la producción de tal manera que permita esa recarga, y a la vez va a influir sobre los ciclos climáticos, las variaciones y los cambios climáticos.
– ¿Qué es “manejar una cuenca”?
– Bueno, manejar una cuenca, en mi opinión, es complicado. La planificación de cuencas no es el tema que a mí más me gusta, porque por ahí se tocan paradigmas o ideas que son difíciles de llevar a la realidad. El planificar una cuenca implica, por un lado, tener en cuenta todo lo que son los ciclos naturales, la hidrología, la distribución de los suelos y su efecto en el ciclo hidrológico, y por otra parte, planificar todas las actividades culturales, todas las actividades humanas que están dentro de esa cuenca, de modo tal que se puedan aprovechar sin alterar sus características y su ciclo hidrológico. Es una labor, por lo tanto, sumamente compleja, sumamente discutida, en cuanto a que hay que realizar muchos acuerdos entre los pobladores que hay adentro y los objetivos para esa cuenca.
– ¿Sobre qué línea de trabajo están investigando ahora en su oficina del INTA?
– Mi línea de trabajo es sobre hidrología. Lo que trato de hacer es trabajar el ciclo hidrológico en cuencas y trato de modelarlo, de modo que podamos realizar estimaciones a futuro y conocer mejor cuáles son los mecanismos que generan el ciclo del agua dentro de la cuenca para poder predecirlos y hablar un poco mejor sobre sustentabilidad.
– ¿Se puede hacer alguna proyección sobre qué nos espera en el país en este siglo sobre el recurso agua?
– No, no. Predicciones, no. Lo que se ve ya, es que el recurso hídrico va a estar cada vez más en la mira del público en general y de los tomadores de decisiones. Se ve que va a ser un recurso cada vez más puesto en estrés, pero al mismo tiempo se ve que hay muchas deudas en cuanto al conocimiento del recurso, y ese es el punto débil en cuanto a las decisiones que se puedan tomar en el futuro. Todavía en la Argentina a los estudios les falta integración. Hay estudios muy generales, o muy particulares.
– ¿Estamos utilizando racionalmente el recurso?
– No creo que podemos decir que utilizamos en forma correcta o incorrecta un recurso cuando tenés tantas lagunas en el conocimiento. Lo que conozco son muchos lugares en los que, a pesar de haber agua, mucha gente no tiene el acceso al agua potable. Y esa es una realidad que, de hecho, se está comprobando en muchos lugares de provincia de Buenos Aires hasta Entre Ríos o el noroeste argentino. Lugares en los que estando el recurso hídrico suficiente para la supervivencia y para la mejor vida de la población, no está disponible. Porque lo que falta, en muchos casos, es la falta de acceso al agua. Se habla mucho de contaminación, pero una de las cosas más sencillas que anula la calidad de agua es cuando tenés un pozo negro en tu campo o en una localidad pequeña, y a los pocos metros tenés la perforación de donde sacás el agua. Tomás la muestra de esa agua y comprobás que hay una contaminación bacteriana suficiente para que esa agua se considere no apta para el consumo humano. El recurso original, en sí, estaba, y en condiciones aceptables. Se dejan a un lado arsénico y fluor, que son de origen del mismo acuífero que transporta el agua. Pero en ese caso, lo que importa no es si el agua se usa mal o bien, sino que hay una falta de infraestructura que hace que la gente acceda al agua de una forma incorrecta, o directamente no acceda a ella.