Boris Esquivel tiene 15 años y una altura inusual para alguien de su edad. Por eso es arquero de Sauce, el club con el cual salió cuatro veces campeón. El chico, admirador de las manos españolas de Iker Casillas, cuida -con esas manos grandes- a los bichos de la casa en la que alguna vez vivió el primer administrador de la Colonia San José, Alejo Peyret, un francés como tantos otros que por aquel siglo XIX llegó a esta región de Entre Ríos.
Era julio de 1857, faltaban tres años para que la Constitución provincial creara la municipalidad de San José y seis para que se hicieran las primeras elecciones municipales, cuando Peyret aceptó el cargo que le propuso Justo José de Urquiza. Fue el presidente de la Confederación Argentina quien mandó a construir esta casa: cuatro metros de cimientos, sesenta centímetros de ancho en las paredes, un sótano donde entran dos caballos, ambientes amplios y un objetivo: usarla como sede de la administración de la región. En ella se concentraban los trámites de un pueblo y de una región que empezaba a nacer al influjo del trabajo de los colonos europeos.

Donde vive la historia. Pablo Perroni deja las tareas habituales para hacer la visita guiada por la casa. Abre la puerta y aparece el living: un piano desafinado y antiguo y una vitrola que Pablo activa para que ocurra el milagro: Carlos Gardel empieza a cantar. La voz, surcada por la púa en el disco, suena como si de fondo lloviera. La gente que escucha al Zorzal Criollo se mira con asombro: no puede creer que ese aparato estrambótico ande aún. Y que Gardel cante tan bien.
En otro de los ambientes está montada la oficina de Peyret, tal como si el administrador fuese a entrar después de que saliéramos nosotros. Su escritorio original, una máquina de escribir, cuadros. Es que gran parte de las actas, de los documentos, de toda esa historia originaria de inmigrantes en los años en que surgía la Nación Argentina, se creo acá, en esta casa que Pablo Perroni recuperó -recupera- desde los cimientos hasta el techo, sin dejar de producir quesos con leche propia, de mantener una multitud variopinta de animales y de dar un paseo por la vieja casona, que es también un paseo por la historia de la región. Porque aquí Peyret recibió los entusiastas pedidos de los colonos franceses, italianos y suizos que llegaron a partir de 1850: querían semillas para las tierras fértiles. Sembraron frutales, trigo, maíz, papá, maní y hasta viñedos. Y el mismo administrador plantaba lo suyo en el predio. Según los registros tenía 18 vacas, 70 caballos, 80 gallinas, seis cerdos, además de plantaciones de papas, trigo y árboles frutales.
Pablo es de esos tipos que no necesita de las palabras para hacer saber que trabaja. Lo mismo que su esposa, Celina, la madre de dos princesas que rompen los límites de la belleza: Carmín y Martina, hermosas por donde se las mire. El rehusa a ponerse un pantalón para la foto: lo suyo es la bermuda a pesar de cierto aire fresco que corre en la tarde de este predio donde el silencio apenas se corta por un graznido, por un trino dulzón o una corrida apresurada de alguno de los tantos animales que viven en esas 70 hectáreas: chanchos, ovejas, ciervos, conejos, patos, carpinchos, ñandúes, llamas, cabras, nutrias, faisanes, pavos reales y vacas holando-argentino. Con la leche de estas últimas, los Perroni producen 140 quesos por día. Fue su opción ante el bajo precio que les pagaban la leche hace tres años: 1,20 pesos por litro. Pero Pablo sabe que en la combinación de la producción con la historia, reside el emprendimiento al que él y su esposa le sumaron comidas a la parrilla los fines de semana, con un quincho a punto de estar listo. “Aprendemos a los ponchazos”, admite Alcides Perroni, padre de Pablo y profesor de historia, además de funcionario municipal.      
Lo llamativo es que la casa de los Perroni no tiene aún una declaración de sitio histórico. Pero va camino a serlo.
Además de escribir junto con Carlos Conde Grand “Historia de San José y Colón”, Celia Vernaz impulsa la declaración de esta casa como patrimonio histórico provincial, acaso como un actor de reparación, justo en los tiempos en los que el pasado empieza a exlicar el presente. La historiadora de San José colaboró -y colabora, a sus 83 años- en el armado del rompecabezas de la casa: caminando por el parque encontró una medalla con la inscripción: “Viva la Federación”, como otras similares que obran en el Palacio San José, la casa donde vivió y murió Urquiza. Y sabe que en el parque resta desenterrar una construcción que el tiempo tapó bajo kilos de tierra: la casa estuvo abandonada por 60 años. Pero a toda oscuridad le llega su luz. Por eso, escribió Vernaz en su libro: “Aquí está la casa, esperando que la posteridad le de su aval para entrar en las páginas del recuerdo”.