Fotos Juan Carlos Casas

Falucho, el perro de don Urbano, recorre la única calle de Erize en busca de su dueño. Va y viene, sin parar: entra a las casas, al club, a la biblioteca, husmea entre los pastizales, cruza las vías, y no alcanza a ver a su eterno compañero. Hace unos días, Mónica Elizondo, alma del pueblo y enfermera de la sala sanitaria en la que apenas hay una camilla y un puñado de medicamentos, encontró muerto al habitante más viejo que tenía Erize, verdadera historia viva del pueblo. Héctor Urbano Villasuzo, se llamaba. Y era el dueño de Falucho, el perro que trasunta Erize.

Cuando supieron que Don Urbano estaba al llamaron a la ambulancia de Puan, ciudad cabecera distante a veinte kilómetros, pero el mal estado del camino y la desidia propia -que es una moneda corriente en estos casos-, hicieron que la ambulancia tardara más de la cuenta. Cuando los médicos entraron a la casa de Héctor no pudieron hacer nada.

En Erize cuentan los habitantes con las manos. De los 17 que vivía aquí la última vez que estuvimos, ahora quedan 14 y en un mes serán menos porque una familia abandona el sueño. Por eso Erize necesita protección. Este lugar es un claro ejemplo de abandono del Municipio. Parece que en Puan no se enteraron de esta realidad. “Para buscar un litro de leche hay que hacer veinte kilómetros”, dice Lucía, nacida en Erize y que recuerda a su madre contándole lo lindo que era el pueblo cuando tenía gente y las cosas funcionaban.

A pocos metros se halla Villa Castelar, ya sin habitantes, perteneciente al partido de Adolfo Alsina. Allí había un almacén, que fue robado hace veinticuatro años y nunca más abrió. Fue el golpe de gracia para Erize, que quedó sin servicios.

Llegó a tener mil habitantes en el siglo XX, y hoy la realidad lo golpea de la peor manera. A pesar de eso, las mujeres siempre se han juntado aquí. Ellas son el motor de este pueblo. Mónica, Lucía y María Fernanda nos esperan en la biblioteca que hace dos años creó la ONG Proyecto Pulpería y que es el centro social donde se reúnen para tomar mates, trabajar y pensar en un futuro mejor. La misma biblioteca que inauguró el jefe comunal poniendo un enorme cartel sin nombrar siquiera a la ONG que la creó. “Acá está todo trabado”, resume Mónica. Se nota.

Pueblo de mujeres

El Delegado Municipal está enquistado en su puesto desde hace años y no aparece nunca en el pueblo, y cuando lo hace es para amenazarlas que usará un supuesto contacto con la familia Erize –propietaria de estas tierras- para que subaste todo el pueblo y se queden sin casas. Lucía llama al pequeño Enzo, que se sube a un árbol demasiado alto. El contraste entre la preocupación de los adultos y la alegría de los niños es notable. Erize, el pueblo que está trabado conserva risas y gritos infantiles, acaso se trate de una señal que sólo estas mujeres vean. Falucho, los acompaña. “Acá necesitamos de todo, lo primordial es un almacén, que nos venda las cosas básicas”, ruega Lucía.

Aquel Erize

La escuela está en uno de los extremos de la Avenida La Bandera, la calle en la que se desarrolla la planta urbana del pueblo, que curiosamente, es de asfalto. Todos los días concurren 18 niños de una amplia zona rural en la que el abandono es notable. El año pasado la municipalidad cortó el servicio de remis que llevaba todos los días al puñado de curiosos alumnos que debían seguir su educación en la escuela secundaria de Puan. Perdieron un año por una traba burocrática. Este año el auto volvió a aparecer. “Acá es todo así, no hay compromiso”, señala Mónica.

“Las lámparas se van quemando y nadie las remplaza”, dispara Lucía. De noche, el pueblo es una boca de lobos. “No hay alumbrado público, el pueblo no se ve. Nadie sale a la noche, ni nos vemos las caras!”. Mónica, quien ha impulsado casi todas las acciones que ha tenido Erize en los últimos años, no se resigna. “Yo estudié enfermería para estar acá. No quiero irme”.

La capilla, a un costado de la biblioteca, hace rato que no tiene actividad. “Antes por lo menos venía el cura y era un día especial”, recuerda María Fernanda. La Delegación parece ser de otro pueblo: su dimensión no tiene relación con la actualidad de Erize. Un teléfono público evidencia el estado en el que han dejado a esta localidad; el tubo está descolgado. “No funciona hace años”, aporta Mónica.

El club, cuyo frente fue pintado por donaciones de Proyecto Pulpería, luce hermoso. Su interior nos muestra cómo fue el Erize de antaño. Un amplio salón para 400 personas, con mobiliario original y un telón pintado por el renombrado artista plástico Pichón Gómez. Por este escenario, desfilaron las compañías de Dario Vittori y llegó a cantar Sergio Denis. Hoy es usado para encuentros de ex habitantes que dos veces al año se reúnen para recordar lo que alguna vez fue un Erize próspero.

Es particular cómo un grupo de mujeres solas, con el esqueleto de un pueblo al que cuidar, pueden producir cambios. Por lo pronto, Erize sigue con vida porque ellas se lo proponen. Mónica, Lucía y María Fernanda, encerradas en esta biblioteca apenas iluminada por un farol en donde una salamandra alimenta las esperanzas, sueñan con un almacén, con luz en la calle, con un teléfono que funcione, con gente que venga y puede ver éste, que es su lugar en el mundo, donde los niños se ríen a carcajadas, juegan rodeados de fantasía, se suben a los árboles y otean más allá de las vías, para poder ver de cerca el futuro de Erize.