Fotos Andrés Requena

Acá no quedó ni el loro. Esa es la impresión que uno tiene apenas entra a Erize. El caserío se extiende a lo largo de unos 300 metros, paralelo a las vías del tren. Ahí pasea un perro, solitario, entre algunos ranchos de adobe abandonados. En la estación no hay actividad, tampoco hay tráfico en los caminos. Detrás de algunas taperas hay una laguna con flamencos y, a lo lejos, se ven unas sierras bajitas. Avanzamos en la camioneta con Gastón Partarrieu, director del Museo Regional de Carhué.

“Tranquilidad es lo que sobra acá”, comenta, minutos más tarde, Claudio Albarracín. Este domador nació en el campo y huye de la gente. También acopia leña para vender; es su changa para sobrevivir. Además, trabaja en la delegación. Vive con su segunda mujer y tiene una camioneta gasolera de 1975 guardada en un galpón. Es uno de los 17 pobladores de Erize. Él viene de Pigüé, donde están las sierras que vemos desde aquí. “Hace un tiempo pasó un tornado y volteó varias plantas”, comenta.

Su hijo Damián va a la escuela. La escuela tiene 8 alumnos y el jardín 4. El año que viene, Damián va a tener que ir a Puán a continuar sus estudios porque en Erize sólo hay hasta sexto grado. A Damián no le gusta el fútbol. Como al padre, le gustan los caballos.

Erize es un pueblo perdido. Hace poco se incendió la estación de tren y los bomberos ni se enteraron. Así lo cuenta Mercedes Flores. Esta mujer llegó a Erize desde Coronel Suárez hace 6 años, aunque se crió en Cura Malal. Vive con sus tres hijos en un campo cercano. Para comprar una garrafa, tienen que recorrer 20 kilómetros. En Erize no hay kiosco, almacén, ni trabajo. Tampoco funciona el teléfono público.

Flores y otra pobladora trabajan en una sala de primeros auxilios. Hicieron durante un año prácticas en Puán. En la sala dan inyecciones y, por dar un ejemplo, le dieron contención a la familia que vivía en la estación incendiada. “Acá necesitamos que no se corte la comunicación para que el pueblo siga vivo”, explica. Reclama que arreglen el teléfono, que se mantengan los caminos y que se creen fuentes de trabajo. Flores se alegra cuando se le comenta que una de estas paradas de la gira es Cura Malal.

“Tenemos una relación cercana con Erize, llegamos allí en 2008. Nos sorprendió el estado de abandono del lugar, pero así también nos asombró la calidad de sus edificios que videnciaban un pasado de gloria”, comenta Leandro Vesco, el presidente de la Asociación Civil Proyecto Pulpería, que trabaja para rescatar a estos pueblos del olvido.

“Decidimos hacer todo lo posible para cambiar la realidad de esta localidad, y por esto lo tomamos como un caso wwwigo en nuestra Asociación Civil”. Por suerte, cada tanto, unos 70 ex pobladores se reúnen en Erize. Llevan canastos con comida y pasan el día junto con sus familias. Esto es una forma de mantener viva a una localidad que se lo merece. ¡Pensar que llegó a tener cerca de 1000 habitantes! El cierre del ramal ferroviario le dio un golpe fatal, pero es evidente que el amor por el terruño es más fuerte.