En las últimas semanas, Tinogasta se ganó a la fuerza un lugar en la atención nacional, por haber sido el involuntario escenario de los incidentes entre manifestantes antimineros y la policía de Catamarca. Sin embargo, detrás de esa pantalla momentánea, emerge una historia mucho más rica. No sólo se trata del cuarto departamento en importancia de la provincia, detrás de la capital, Valle Viejo y Belén, sino también una zona que guarda vestigios de formaciones materiales de los primeros tiempos de la Tierra (precámbricos y paleozoicos, hace unos 570 millones de años) y rastros de los primeros habitantes que tuvo nuestro país. Si las montañas y cerros guardan (por ahora) esos minerales originales, el legado de las etnias calchaquíes vive en algunas costumbres de los habitantes de la región y en un recorrido que combina historia, arquitectura y turismo: la Ruta del Adobe.
El adobe es todavía el material de construcción por excelencia de los pueblos del norte argentino, por sus ventajas ecológicas, económicas, estructurales y térmicas. Incluso en la actualidad vive un resurgimiento, a partir de que su empleo cuesta una cuarta parte de lo que insumen los materiales más modernos y, sobre todo, porque se han descubierto exitosas combinaciones con sustancias sintéticas que alargan su vida útil y mejoran la capacidad para soportar revestimientos exteriores. De cualquier modo, el principal atractivo de la propuesta es trasladarse también en el tiempo, a edificaciones que sobreviven incluso a mediados del siglo XVIII, épocas de esplendor religioso, pujas constantes con las fuerzas coloniales y de la formación de identidad.

Orígenes urbanos: El recorrido empieza en el pueblo mismo de Tinogasta, 280 kilómetros al oeste de San Fernando del Valle de Catamarca por la ruta 60. De hecho, se trata un gran lugar para hacer base: el Hostal Casagrande. En sus paredes, el alojamiento mantiene el espíritu de la construcción original, que sirvió para albergar al Grupo Batallón Cazadores de los Andes, ante la inminencia de un conflicto limítrofe entre la Argentina y Chile en 1887 que finalmente no llegó a mayores. Fue así que doce años más tarde, la propiedad fue comprada por el empresario Rodolfo Orella, de origen chileno, y luego explotada por su hijo Eduardo, como centro de terrenos en los que desarrollaron ganadería y viñedos.
Durante los primeros años del siglo XX, la galería principal y salones de la residencia fueron epicentro de varias reuniones públicas y privadas, en las que se lucían los dotes de la gente del lugar para la danza y la gastronomía. Pero después de ese apogeo llegó un paulatino declive, sólo detenido por los actuales propietarios, que recuperaron la propiedad para transformarla en una posada y restaurante.
A sólo dos cuadras de allí se encuentra el Centro Cultural Municipal, construido en 1898 también con propósitos militares. Rodolfo Orella también compró el lugar, pero en 1904 lo donó a la ciudad, para que se construyera el primer hospital público, que creció y sobrevivió hasta 1982 a pesar de percances varios. A partir de la inauguración del actual hospital Zonal San Juan Bautista, la Municipalidad de Tinogasta decidió convertirlo en el centro cultural que incluye el Museo Arqueológico “Tullio Robaudi”, la Biblioteca Popular “Lindor Villaroel” y diversos talleres para la comunidad.

La ansiada paz: Si el paisaje urbano que rodea las primeras dos paradas de la Ruta del Adobe es cuestión de llegar a El Puesto, a unos 20 minutos de Tinogasta, para empezar a sentir el barro en su verdadero hábitat, esta pequeña construcción es el wwwimonio más poderoso de las tantas poblaciones que llegaron a nuestro país desde las fronteras del Norte, huyendo de los españoles. Fue el caso de Doña Martina y Doña Manuela Asiaris, provenientes de Chusquisaca (Bolivia), que atravesaron en mula la Quebrada de Humahuaca y los Valles Calchaquíes hasta enamorarse de su lugar definitivo de asentamiento. Su profunda fe católica las motivó a erigir el oratorio, que se transformó pronto en un centro de reunión común del pueblo, sobre todo para la gente a la que le costaba acercarse al templo principal, en la vecina La Falda. El lugar era solicitado para bautizos, casamientos y fiestas patronales, y al día de hoy, todos los 26 de diciembre convoca a numerosos devotos de la Virgen de Andacollo, patrona de los mineros del cobre de la región de Chile.
La estructura del Oratorio se basa en cuatro muros de adobe, la techumbre sostenida por tirantes curvos de algarrobo, y a un costado se encuentra la torre del campanario. En el interior sobre el altar existen tres nichos que guardan la rusticidad con los que fueron concebidos, una pila para depositar agua bendita también realizada en adobe y un confesionario de algarrobo macizo. La construcción fue reforzada en 2001, como parte del mantenimiento del que se ocupa Rosa Orquera de Ávila, descendiente lejana de Doña Martina

Rezar en los cerros: Si al verla desde la ruta se empieza a transmitir la sensación de paz y reflexión, verla de cerca, en combinación con los cerros y los cielos impecables, sin duda invita a quedarse por un rato de contemplación. Según antiguos pobladores, la iglesia data del siglo XVIII y la primera imagen que se adoraba fue la de San Isidro, para luego inclinarse por la Virgen de Andacollo.
Esta iglesia es una de las primeras en la zona en poseer dos torres que albergan campana y, en su interior, un hall con una amplitud general de 9×9 mts. Además, tiene un pintoresco techo a dos aguas y nichos perfectamente redondeados.

Rastros de una ciudad: Además de los espacios donde se realiza la tarea científica per se -el laboratorio y el herbario- existen otras áreas que acompañan y complementan el trabajo de los investigadores. Unas de las que más se destacan son el gabinete de dibujo y la biblioteca.
Primero, a no confundir: este es el Anillaco catamarqueño y no el pueblo riojano que hizo famoso el ex presidente Carlos Menem. Este Anillaco tiene también su propia personalidad histórica, vinculada al inicio mismo del proceso colonizador de la región. Por allí transitó Diego de Almagro en 1536, el primer español en recorrer el Noroeste y descubridor de Chile. Para 1637 se instaló allí el terrateniente riojano Juan Gregorio Bazán de Pedraza IV, estableció su residencia para aprovechar la confluencia de dos ríos y el cruce de rutas importantes, y mandó a erigir casa y capilla. Se dedicó al engorde de animales, sobre todo la mula, que tenía un mercado asegurado a partir del extraordinario desarrollo minero de Potosí, la ciudad que desde el Alto Perú traccionaba toda la economía del Tucumán colonial.
Construida la capilla, se convirtió en un centro de reunión social y, en su interior, también en un reflejo de las castas que habitaban el pueblo: los patrones adelante, los obispos en el medio y el resto, hacia el fondo. Bazán de Pedraza fue ganando tal poder, que en 1712 fue nombrado gobernador y capitán general de la Provincia del Paraguay, donde murió cinco años más tarde.
El sitio fue cambiando de manos en los años sucesivos y, según descubrimientos arqueológicos de principios de siglo XX, llegó a tener 312 hectáreas de cultivos de alfalfa, vides, trigo y maíz, toda una rareza si se la mira hoy como una zona casi desértica. Los lugareños actuales de Anillaco recuerdan el esplendor de la casa principal, con su inmensa galería rodeada por un patio con aljibe, que la separaba de los galpones, depósitos y talleres.
La capilla doméstica se convirtió en el templo principal del pueblo, para destacarse como el templo más antiguo de Catamarca aún en pie. Sin embargo, cuando los Navarro, la última familia propietario, se marchó a otros rumbos, el lugar comenzó un lento deterioro al que apenas pudieron salvar los vecinos y la Municipalidad de Tinogasta, que lo declaró Monumento Histórico en 1993. La maldición pareció caer pocos años más tarde, cuando un rayo tumbó a un enorme algarrobo, que hizo desmoronar toda la fachada principal. Las ruinas permiten todavía ver un bosquejo de las épocas doradas, y es de esperar que vuelva a resurgir como una de las perlas de la Ruta del Adobe, que tiene un final alternativo en el Templo de San Pedro y en la Plaza de Armas de la vecina Fiambalá. Desde allí se acceden a las míticas termas y las dunas. Pero eso es parte de otra historia