Por Guido Piotrkowski

Por la mañana el sol raja la tierra, que aquí es árida como en ningún otro lugar del mundo. Calles polvorientas pero prolijas, casas, restaurantes varios y posadas de adobe -aún más prolijas- forman parte de la postal siglo XXI de San Pedro de Atacama, un pueblo perdido en la inmensidad del desierto.
Estamos al otro lado de la cordillera, en la tercera región del norte de Chile, a 100 kilómetros de la ciudad de Calama y a 170 kilómetros al sur del Paso de Jama, que surca la Cordillera a cuatro mil metros de altura y conecta el país trasandino con los siempre bellos paisajes salteños. También estamos pegaditos a Bolivia, a unos cincuenta kilómetros del paso Hito Cajon.

Atacama 360 grados. Luego del paseo matinal por el centro y un suculento almuerzo nos dirigimos a la Laguna de Chaxa, a unos sesenta kilómetros, donde esperan flamencos señoriales y atardeceres de ensueño, previo paso por el poblado de Toconao. La ruta atraviesa la Quebrada de Jere y en el camino se puede ir apreciando la cadena volcánica que rodea Atacama. El omnipresente Licancabur, guardián de estas latitudes, el Jurique y el Toco, luego el Pili, y más adelante el Láscar, que está activo y cuya fumarola se puede ver, sobre todo, por la mañana. Sofía Mardones, la guía que nos acompaña, explica que son varias las comunidades que viven al pie de este volcán. “La gente no quiere dejar su hogar, porque son tierras que han pasado de generación en generación. Un par de años atrás se pudo mover el pueblo unos cinco kilómetros más abajo. Así, en caso de algún cataclismo, te da cinco minutos más para arrancar”, bromea. Toconao es un pueblo mínimo, casi fantasma a la hora de la siesta. Una pequeña y prolija plaza, la Iglesia y el Campanario de San Lucas. El santuario conserva su estructura original en piedra liparita -piedra volcánica, típica del lugar-, sus techos con vigas de chañar y una escalera caracol hecha de madera de cardón. El campanario fue construido en frente como en todos los pueblos atacameños. Esta era, en cierta manera, una forma de revelarse ante los españoles, que venían a imponer el culto católico. El resto del pueblo, a diferencia de San Pedro donde todo es adobe, fue remplazando el viejo material por chapas de zinc, por una cuestión de costos.
Poco después de romper con la siesta pueblerina seguimos rumbo a la laguna de Chaxa, ávidos por ver a las estrellas del altiplano: los rozagantes flamencos. Aquí habitan tres especies: el andino, el chileno y el de la Puna, que es una mezcla de los otros dos y el más chico de los tres. El chileno es conocido cono el “flamenco bailarín” porque sus patas, que se diferencian por tener un dedo más que las de sus primos, revuelven el barro para encontrar el alimento, y al escarbar van girando sobre sí mismos. Comen un bicho llamado artemia, un pequeño crustáceo, como un camarón pero muy pequeño, apenas mide un centímetro.
“Como verán, estamos encerrados”, dice Sofía al llegar. Sí, estamos rodeados, pero de hermosas montañas. Son 360 grados de picos montañosos y volcanes “encierran” este salar, el tercero más grande del mundo y el que posee el 40 por ciento de las reservas mundiales de litio. Nos detenemos en un ojo de agua donde viven las famosas y hasta ahora ignotas artemias.

Deja vu. Como todas las mañanas aquí, está soleado. Hoy toca la laguna Cejar, donde, dicen, se puede flotar como en el Mar Muerto, dada su alta concentración salina. Al llegar, son dos las lagunas de aguas celestiales, aunque sólo está permitido bañarse en una de ellas, mientras que se puede caminar por el sendero demarcado alrededor de la otra, que, al parecer, es la Cejar verdadera. Aunque el sol pega fuerte, es invierno y hace frío, y son pocos los que se le atreven al agua sin pensarlo. Algunos osados que ya están haciendo la plancha sin ningún esfuerzo juran y perjuran que una corriente cálida pasa por debajo de ellos. Luego del almuerzo vamos hacia el Valle de la Luna atacameño, aquellas geoformas que los guías y pobladores a uno y otro lado del mundo se empeñan en nombrar de manera similar: aquí están Las Tres Marias, El Anfiteatro, la Duna Mayor, y las Cuevas de Sal. El primer punto al pasar es la formación de las Tres Marías, que originalmente se llamaban Los Vigilantes, pero Le Paige les cambió el nombre. Ya no son tres sino dos porque un turista se subió para la foto y derrumbó la piedra en cuestión. Luego el Anfiteatro, y las cavernas, donde necesitamos encender las linternas, o en el caso de no tenerlas, los celulares, cámaras y hasta Ipads, y andar a gatas. El recorrido desemboca en un cañadón desde el cual hay una hermosa vista del valle. Antes de que caiga el sol, hacia el Mirador de la Piedra del Coyote, desde donde hay una espectacular vista a un anfiteatro natural y a los volcanes y esperamos por un  nuevo y alucinante atardecer atacameño.
Ensueño de altura. Tercer y último día. El indicado para la travesía más larga y esperada, la excursión a los géiseres del Tatio, un complejo geotérmico que abarca un área de diez kilómetros cuadrados, el grupo de géiseres más grande del hemisferio sur y el tercero más grande del mundo. Hay que partir temprano para poder llegar entre las seis y las siete de mañana, la hora en que las fumarolas son mas intensas. Es difícil moverse con casi 15 grados bajo cero. Abrigados hasta la médula, disfrutamos como niños del paisaje indómito, bromeamos a pesar del sueño y la boca entumecida, hacemos fotos a pesar de que, aún con guantes, cuesta sacar las manos de los bolsillos. El agua aquí brota a unos 85 grados, por lo tanto es riesgoso acercarse demasiado a los “hornos” del géiser, que se van formando a medida que expulsa el agua. Más allá, hay unos piletones termales donde unos pocos valientes se atreven a bañarse. Por la forma en que se zambullen y el largo tiempo que se quedan disfrutando del baño, en uno de esos lugares irrepetibles, mágicos, casi casi de otro planeta. Por suerte pertenece al nuestro, y está aquí nomás, cruzando la Cordillera de los Andes