Fotos: Juan Carlos Casas: “Isleros de las Lechiguanas”.

 

Por Roberto Bó, Biólogo, especialista en Ecología.
Docente – Investigador UBA.
Responsable Grupo Ecología en Humedales (GIEH).
rober@ege.fcen.uba.ar

 

Esta creciente ha sido relativamente sorpresiva, fundamentalmente, por el poco tiempo con el que se manifestó (según lo comentan los expertos del Instituto Nacional del Agua y otros colegas que saben mucho del tema).

Sin embargo, no puedo dejar de señalar, por un lado, que este tipo de “disturbio” (así se lo llama desde el punto de vista técnico) forma parte del funcionamiento natural del sistema.

A lo largo de toda la Cuenca del Paraná-Plata, dominan los ecosistemas de humedal y particularmente los denominados “humedales fluviales”. Como su nombre lo indica, los mismos deben su existencia y sus elevadas productividad natural y biodiversidad a su particular régimen fluvial o hidrológico que implica, anualmente, una época de aguas relativamente bajas y otra de aguas relativamente altas.

En la época de “aguas altas” normalmente se inundan o anegan con profundidad y permanencia variable, sobre todo, aquellos ambientes ubicados en las porciones más bajas del típico gradiente topográfico que caracteriza a los ambientes isleños y ribereños de esta región. Esta particular situación genera una relativamente elevada heterogeneidad ambiental  (tanto espacial como temporal) que permite la existencia de una importante variedad de especies de fauna y flora  que, de esta forma, cubren adecuadamente, sus requerimientos de hábitat.

Por otro lado, también permite el ingreso y distribución en el área de importantes cantidades de sedimentos, nutrientes, semillas, crías de peces, etc. que contribuyen a su “enriquecimiento” y permanencia en el tiempo y que, en definitiva, permiten el desarrollo de actividades humanas tradicionales íntimamente adaptadas a esta particular dinámica.

Tal es el caso de la ganadería de “isla” (que, como su nombre lo indica, tradicionalmente involucraba el ingreso de vacunos en aguas bajas con fines de engorde y el retiro de los mismas en épocas de aguas altas) y también la apicultura, la pesca, la caza de la nutria, etc.

En algunos casos, sin embargo, las condiciones ambientales y, sobre todo, hídricas, tanto en los  períodos de aguas altas como de aguas bajas se hacen “extremas” generando lo que llamamos “eventos extremos de inundación y sequía”, respectivamente.  En este caso, estaríamos hablando de una “gran inundación o crecida”.

Desde ya, es necesario aclarar que si bien la mayoría de los componentes de  la biodiversidad están particularmente adaptados a esa variación hidrológica a lo largo del año, una situación extrema (por ejemplo, cuando las aguas se mantienen excesivamente altas durante un período relativamente largo, o tienen lugar en un momento del año poco frecuente) va a afectar diferencialmente y, en algunos casos, negativamente, a algunos componentes de la biota.

Y lo mismo debemos decir en el caso inverso, como cuando ocurrió el período de “seca extrema” del año 2008 al que se sumo el efecto negativo de los incendios.
Si bien es fácil decirlo pero a veces “duele vivirlo” toda situación extrema genera cambios en el corto plazo, con consecuencias más o menos negativas de acuerdo a qué o a quien nos estemos refiriendo. En el caso de la biodiversidad, por ejemplo, no se va a afectar de la misma manera un pez que un ave que anida en el piso o un mamífero (silvestre o no) que se alimenta de pasto. Lo mismo ocurre con las comunidades humanas de la zona (tanto isleños como ribereños) en términos de sus actividades y modos de vida, para quienes no será lo mismo, al menos en el corto plazo, de acuerdo a la actividad productiva a la que se dediquen y/o donde tengan
instalada su vivienda.  

Sin embargo, la “realidad” del sistema ecológico que habitan y utilizan “es así” y, lo saben. Y también saben que para seguir haciendo lo que hacen y para que la productividad y biodiversidad del ecosistema se mantenga en el mediano y largo plazo tienen que seguir dándose las alternancias de agua alta y agua baja que, a veces, se hacen “extremas”.

Para terminar, no quiero dejar de señalar algo muy importante. Si bien he insistido en estos párrafos en que la ocurrencia “cada tanto” de eventos extremos de inundación  es algo esperable en un sistema de humedales fluviales de la envergadura de un río como el Paraná, hasta hace pocas décadas atrás, estábamos acostumbrados a que los mismos ocurrieran, por ejemplo, una vez cada diez años o más pero… esto no es lo que está ocurriendo en la actualidad.

Por distintas cuestiones que cada vez conocemos más y que se relacionan con el denominado “cambio climático”, estamos viviendo un período de variabilidad climática muy importante que hace que oscilemos, por ejemplo, entre años de seca extrema a inundación extrema con pocos o ningún año “normal” en el medio. Esto pasó, por ejemplo, en el Delta del Paraná en el período 2006-2011 que fue extremadamente seco pero en el que se alternaron inundaciones también
“extremas” en parte de 2007, 2009-2010 y 2011.

Muy probablemente, esta sea nuestra nueva “realidad” en los próximos años, a la que los componentes del sistema natural y las comunidades humanas tendremos que adaptarnos con las consecuencias positivas o negativas que esto implique, según el caso. El tema es que esto  “ya lo sabemos”  tanto  los pobladores locales como los que realizamos estudios científicos en este particular tipo de ecosistemas, como muchos tomadores de decisiones.

A esta altura, no podemos, entonces, ignorarlo y, además de informar e informarnos al respecto, debemos tomar las necesarias medidas de planificación, adaptación y acción tanto desde el punto de vista ambiental como socioeconómico, para prevenir e idealmente reducir los riesgos innecesarios y para contribuir, de la mejor manera posible a la conservación de estos particulares ecosistemas (y su biodiversidad) y al bienestar general de las comunidades humanas que los habitan.