Por Leo Alvarez

Fotos Carolina Marínez González


El rock está plagado de metáforas relacionadas al calor, al  fuego, a lo ardiente. Pero la noche se presentaba fría en las esquinas de Palermo. Manos en los bolsillos de los sacos, bufandas, pañuelos poco a poco se irían despabilando dentro de Niceto, cuando los brazos de la música y la poesía de Palo Pandolfo y la Hermandad ofrecieran Esto es un abrazo, tal es el nombre del nuevo trabajo de este viejo conocido poeta rockero y su banda.

Con su inconfundible voz -a veces suave y otras de garganta desgarrada- uno a uno fue desgranando Palo el racimo embriagante de 13 temas que componen su nueva producción acompañado por “La Hermandad”, banda destacada por la claridad que imprime a las canciones y por la ejecución de los arreglos de temas viejos de Palo, pero que llegado el momento también sabe lo importante de  la empatía del artista con el público, al que el cantante cautiva pero no esclaviza.

La simbiosis con la banda es tal es tal que desde el campo hablan. Palo conwwwa y viceversa. Sin gritar, como si el espectáculo fuera una tocada en el patio de una casa. “Vos sos el sol”, le grita una fanática que lo sigue desde hace tiempo luego de Soy el sol. Las sonrisas se multiplican.

Pasan aires de reggae, bolero, de tango infaltable, el hardcore pesadísimo de Dame luz, baladas a tracción de guitarra acústica y los invitados aportan acordeón, saxo y voces como la de Leo García, uno de los momentos más emotivos con La misma suerte.

Pero Palo no descansa: se va de viaje por el raggamuffin y el rap; y se mueve como rapero. Y en todas y cada una de las canciones el mensaje es de esperanza, de buena resignación, no de derrota. Y la luz, el sol, el fuego, el calor tiñen el universo poético de este disco, quizá el más sólido de los últimos de Pandolfo. Fiel a su condición, el mensaje no es directo sino cifrado en forma de emociones y entonces se manda un huayno spinetteano con El ángel del suburbio.

La primera parte del show termina. Nadie se mueve en una sala que no da abasto porque todos saben que será el momento de recordar. El retorno a décadas pasadas en forma de canciones de “Don Cornelio y la Zona” y “Los Visitantes” -dos grupos anteriores de Pandolfo que establecieron sendos hitos en la cultura rock- más algunas pinceladas de épocas solistas.

 

La segunda parte abre las puertas de la energía es total. Porque si hay algo que define los shows de Pandolfo y los grupos en que participó es eso: la energía, un espacio vital que no se encapsula sino que estalla a través de palabras y sonido para inundar a los espectadores.

Es cuando el bajo golpea con fuerza, el volumen sube y los estilos vuelven a mezclarse (una marca registrada en Pandolfo). Suenan Ella vendrá, Tazas de té chico, Canción cántaro, Antojo, Playas oscuras, La tapa de los sesos y Sapo, sapo. Allí es cuando la gente más sonríe y se mueve, de la forma más respetuosa, escuchando, sintiendo.

La madurez musical, poética y profesional del artista esta vez hace juego con la madurez del público. Y no hablamos de edades sino de estados.

Para el filósofo Friedrich Nietzsche, el poeta es ilimitado, es exponente de la exaltación porque “no tiene el pudor de sus aventuras; las explotan”. En ese trance de exaltación, Palo Pandolfo tuerce de nuevo –como otras veces en su carrera- las palabras, las juega, las exprime y las expande a su gusto; las desgarra para hacer nacer en ese desgarro la poesía, mundos nuevos, colores que sumados a la música completan en Esto es un abrazo un retorno que paradójicamente no significa un paso atrás sino un salto adelante.

La noche de Palermo seguía fría puertas afuera de Niceto, el viento arremolinaba vestigios de sábado a la noche. Sin embargo, quienes asistieron a la presentación de Palo y la Hermandad -aun recibiendo las ráfagas heladas en la  cara- no las sentían, porque el calor iba por dentro. Se les notaba en las sonrisas.