Estamos parados en una esquina. Puede ser un cruce de calles cualquiera, pero no, porque resume la importancia de una mujer para una región. Una es la vieja avenida Pasco, otra la ex Caa Guazú. Ambas cedieron su nombre para homenajear a la mujer más importante de la política argentina del siglo pasado: Eva Duarte de Perón. Por ella es que ahora estamos en la esquina de Eva Perón y Eva Perón, en Temperley. En este cruce es posible resumir el recuerdo de Eva a 62 años de su muerte; su relación con las clases marginales, su apego con los desprotegidos. Y también su relación con esta parte del Gran Buenos Aires.  

Una de las fotos más famosas de Evita en su convalecencia la muestra sufragando en la cama del hospital que había fundado en febrero de ese mismo año en el marco de un plan de desarrollado por el entonces Secretario de Salud, el doctor Ramón Carrillo, con el apoyo de la FUndación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón. En su primera época se denominó Policlínico “Presidente Perón” y su primer director fue el mismo doctor Ricardo Finochietto. En este lugar, en noviembre de 1951 fue operada Eva Perón y el día 11 del mismo mes, desde su habitación del hospital, votó por primera vez gracias a la reforma constitucional de 1949, donde se incluyó el voto de las mujeres. Un año después, Evita moría en la residencia presidencial de Palermo. Pero su nombre ya era parte de la historia grande del país.

Lo que iba a ser el penoso camino de su enfermedad empezó el 9 de enero de 1950: en un acto del sindicato de taxistas, Evita se desmayó. Cuatro días después, la Subsecretaría de Informaciones anunció que iban a operar a la primera dama, pero que esa intervención iba a ser “pequeña”. Por impulso personal y por ganas de responder con el cuerpo a los pedidos de miles de personas que concurrían a su fundación, Evita no frenó el vértigo de su trabajo. Pero el 14 de febrero volvió a desmayarse en la fundación. Como el junco, Evita volvió a ponerse de pie dos semanas más tarde: ocupó su oficina en la Secretaría de Trabajo y Previsión, pero su ritmo debió bajar algunas revoluciones. Los dolores comenzaban a postrarla. Así fue ese largo año de 1950.

El año siguiente la iba a poner en la encrucijada de escuchar a su pueblo y sumarse a la fórmula Perón-Perón o resignarse a la enfermedad que le crecía por dentro. Después de charlas con su marido y de escuchar un sinfín de rumores, en el invierno de ese año ante una multitud que coreaba su nombre en la avenida 9 de Julio, Evita juntó las fuerzas que nunca antes había tenido y se dirigió a la multitud para pedirle cuatro días para responder. El pueblo rugía, pedía por una respuesta inmediata y positiva de Evita, que lanzó la famosa frase: “Renunció a los honores, pero no a la lucha”. Ocho días después en cadena nacional, en tono grave y con la voz apagada dijo: “Quiero comunicar al pueblo argentino mi decisión irrevocable y definitiva de renunciar al honor con que los trabajadores y el pueblo de mi patria quisieron honrarme en el histórico Cabildo Abierto del 22 de agosto”. Un mes después su enfermedad estaba en boca de todos. Se sabía que debía reposar. Se sabía que recibía constantes transfusiones de sangre. Por eso era que abandonó su vida de oradora antes las masas enfervorizadas. Se dedicó a escribir su libro “La razón de mi vida”, que presentó el 15 de octubre de 1951 y del que vendió 300 mil ejemplares de la primera edición.

El 1 de mayo sus asistentes se miraron extrañados cuando les dijo que iba a ir al acto por el Día del Trabajador. Pero nadie pudo frenarla. Aunque deteriorada, era un huracán embravecido. El pueblo, al verla, la alentó a decir su discurso, el último y el más fuerte en su contenido doctrinario en apoyo al ideario peronista. En la multitud se alcanzaba a leer una bandera que decía: “Dios te bendiga”. La gente la oía y lloraba. “Aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”, dijo. La gente estalló, levantó sus pañuelos para saludarla y Evita tomó una bocanada de aire, se dio vuelta y se apoyó en el hombro de Perón.

El 17 de octubre pudo, por primera vez en 24 días, levantarse de su lecho para asistir vestida de negro al acto, adonde habló a pesar de los dolores que la partían en dos. La operaron el 5 de noviembre. El médico norteamericano George Pack desalentó a quienes mantenían la esperanza: dijo que la sobreviva iba ser de entre seis y doce meses. Seis días después de esa cirugía hecha en el hospital Finochietto (hoy llamado Presidente Perón), de Avellaneda, tuvieron lugar las elecciones en las que Perón ganó con el 60 por ciento de los votos. Evita y todas las mujeres del país votaron por primera vez en su historia. Ella desde la cama del hospital, feliz por saber que su obra había tenido éxito y que sería para siempre. Lo que sigue es un deterioro paulatino, triste, días enteros en los que Evita se quedaba en la residencia presidencial de Olivos, a veces levantada, a veces en cama. Recibía gente pese a las indicaciones médicas, pero la fatiga la obligaba a suspender las visitas.

El del 1 de mayo fue su último discurso pero no su última aparición pública. El 4 de junio, Perón asumió por segunda vez la presidencia. Eva, irreverente, insistió pero le dijeron que hacía mucho frío: Ella puso los ojos bravos. Dijo: “Eso se lo manda a decir Perón. Pero yo voy igual: la única manera de que me quede en esta cama es estando muerta”.

Por esa fuerza es que su figura sigue estando en los corazones de quieres se reivindican a partir de su obra; no son peronistas ni justicialistas, son evitistas. Y eso es algo que está no sólo en los movimientos que llevan su nombre, sino en las personas que la recuerdan y en las pintadas que tanto aparecen y que dicen, simplemente: “Evita vive”.