Fotos Juan Carlos Casas


El pulso del pincel se afianza a la chapa, la calienta en esa danza que teje el comienzo de las formas bajo sus pelos. Los dedos lo acompañan en la aventura de resbalar en la pintura. Desprende un sonido casi imperceptible mientras la nada se convierte de a poco en dibujo, cuando el trazo se vuelve filigrana, un punto luego, una línea después, un botón más tarde. Se llenan de sombra las formas, se arrebatan de colores, se salpican de luz. La mano que va y viene tiene una particularidad, algo impensado poco tiempo atrás: es la mano delicada de una mujer la que desprende cintas que se cruzan, banderas argentinas que flamean, letras que se llenan de fantasía, figuras que empiezan a vivir. Caras y formas, tigres y dragones, pájaros y letras, el fileteado porteño es la insignia del arte popular del país y la marca identitaria de la ciudad, que ahora se resignifica gracias a la mirada femenina puesta al servicio del arte mayor de Buenos Aires.

 

El juego de las luces


Susana Mitre habla de luces y de sombras. Algunas profundas, otras apagadas, algunas tenues, como la de los callejones, otras poderosas, igual a las de las avenidas. Habla pausado y define el fileteado. “Es un eslabón perdido entre un arte y un oficio”, dice. Fileteadora por casualidad y maestra de fileteado por elección, trabaja sólo por pedido, restauró fileteados en la casa de Isaac Fernández Blanco, pintó mesas, vidrieras, sillas y frentes de varios bares porteños y hasta un auto de colección.

 

En 1996 cuando no tenía idea de que iba a ser fileteadora, montaba escenografías. En una de esas tareas debían armar un bar antiguo y ella tuvo la idea que años después le marcaría la vida; lo fileteó. “Hice algo que parecía un fileteado y esa técnica me sedujo. Es verdaderamente mágico cómo los ornatos van tomando volumen y se llenan de luz y de sombra. La clave es lograr con ese juego de luces y sombras, la sensación de volumen, eso que hacían nuestros maestros en los carros a principio del siglo pasado”, rememora.

 

Los años cambiaron mucho, pero no las técnicas. De hecho, Susana Mitre enseña con los mismos elementos que usaban los viejos fileteadores. “Cuando las alumnas dominen la técnica del fileteado pueden volar; usar otra superficie, otro soporte, otros materiales. El paso obligatorio es aprender la técnica tal cual era. Quiero que sepan que no están aprendiendo una técnica de decoración para pintar cajitas; el fileteado es algo que tiene que ver con nuestra identidad urbana, por eso yo le digo arte popular urbano. Cuando aprende, el alumno se está apropiando de un rasgo identitario, no se trata sólo de la destreza para usar el pincel”.

 

En sus talleres enseña primero dibujo, reglas básicas de composición, uso de colores y luego avanza en la técnica. Dice que les hace moldear formas en arcilla a sus alumnas para que vivencien el volumen del ornato y puedan lograrlo luego en una superficie plana. “En el fileteado no hay quiebres, es una danza”, dice y dibuja sinuosidades en el aire. Pero el volumen no es lo único. “La luz es muy importante”, advierte. La clave es que todo tiene que estar engamado en colores, en luces y en sombras, pero es la luz la que manda el tema de los colores, la que, en otras palabras, ordena los tonos.

“Se usan pinceles de pelos largos que permiten, de un trazo, hacer la línea entera. El pincel usa todo su cuerpo, eso permite hacer todo tipo de trazos curvos y de líneas largas con la idea de no detenerse. Desde lo plástico, el fileteado tiene ciertos patrones, uno es la simetría, el otro es el marco que está contiendo algo, no se trata de una cosa suelta”. Por eso va más allá Susana. Su obra despega del fileteado, lo resignifica, le quita algunos colores y le agrega formas. Tiene la idea de que deje de ser considerado sólo un arte decorativo. A sus cuadros los trabaja en pastel al óleo y pintura tipo esmalte. “No quiero que se pierda la esencia del fileteado, pero lo pienso monocromático, sin abandonar la idea de que el fileteado es esa mezcla incompresible de lo que somos, de ese personaje tan particular que es el porteño. El fileteado es una síntesis de la identidad”.

 

Una pasión de antaño

 

Pasó una pila de años desde la travesura de Vicente Brunetti y Cecilio Pascarella dibujando en una carrocería de avenida Paseo Colón las primeras formas de lo que más tarde tendría el nombre de fileteado. Pasó el pincel siciliano de Carlos Carboni, la inventiva de León Untroib, Luis Zorz, Jorge Espinosa y tantos más. Más acá, Jorge Muscia, Elvio Gervasi, Ricardo Gómez, Martiniano Arce y Sergio Menasché, entre muchos maestros que quedan sin nombrar.

 

El siglo XX recién nacido le hizo andar los primeros pasos al arte plástico de la ciudad portuaria. Así como en la danza floreció el tango y en el teatro el sainete, la poesía tanguera se salpicó de lunfardo y la plástica se vistió con las filigranas del filete. Fueron los inmigrantes quienes le dieron el tono al fileteado, tanto que algunos ubican su origen en Sicilia. La mixtura hizo el resto. En los conventillos de La Boca se cruzaban italianos, polacos, españoles, eslovenos, rusos. Compartían trabajos, horas de nostalgia, angustias sepultadas y sueños nuevos. “Para Enrique Santos Discépolo el tango era un pensamiento triste que se baila, a mí me gusta decir que el fileteado es un pensamiento alegre que se pinta”, dice Ricardo Gómez en el libro “Los Maestros Fileteadores de Buenos Aires”, de Esther Barugel y Nicolás Rubió.

 

Tomó de los pintores franceses los pinceles de cerda larga y el espúlvero, o sea, la matriz con que transferían el dibujo en los carros. Se apropió de las formas de la arquitectura: curvas, espirales, flores. Le robó los diseños a las rejas y los grafismos a los billetes y luego impuso su propio lenguaje. La palabra filet es impuesta por los pintores franceses hace un siglo y se traduce como hilo, ribete o borde de una moldura.

 

Lo cierto es que de esa fabulosa mezcla nació su propia identidad, esa que lo hace ser tan propio a la ciudad como el tango, el obelisco, Caminito o Carlos Gardel. “El fileteado porteño tiene una impronta nueva que tiene que ver con esa mixtura de principios de siglo”, dice Susana Mitre. Tal vez por ese mismo origen tan particular, el fileteado está lejos de las corrientes. Los estilos están más relacionadas con la impronta de cada uno y menos con movidas conjuntas que marquen un rumbo a seguir.

 

Patricia pinta su aldea  

 

En la puerta de su guarida creativa dice “Mi bulín”. Suena un tango y hay un fuerte olor a pintura sintética. Ella dice que sin el tango se pierde una parte del filete. Los compases de la orquesta de Francini y Pontier se mezclan con la escena de pinceles, infinitos tachos de pintura, lámparas de luz, aguarrás, carteles que esperan letras y otros que esperan secarse. Es el ámbito en el cual Patricia Berman pinta las obras que vende en la feria de San Telmo cada domingo.

Pinta de noche, cuando los ruidos son mudos, y pinta de día, a la tarde, cuando el sol se empieza a poner naranja. Con la mano que eleva para explicar su trabajo, le dio vida a “La Gran Argentina”, un fileteado que luce el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, en su quincho. Dice que una vez definidos los colores, solas, aparecen las luces y las sombras. Luego la fantasía de las letras a las que se agregan las filigranas, las flores de acanto, los ornamentos que hacen vivir a los cuadros. “Estoy logrando mi propio estilo, sin proponérmelo. Siempre quise hacer todo distinto a cómo me lo enseñaban, después me di cuenta, con Elvio Gervasi, que primero debía aprender ciertas técnicas”. Lo dice mientras recrea a los viejos maestros en su técnica. A punta de punzón, agujerea un papel de calcar y, con la muñequita, una bolsita pequeña con tiza molida, hace que se cuele entre los agujeros de modo que le proporcione un molde para el fileteado. 

 

Lucero ilumina el fileteado

 

Lucero dice que muchas veces, detrás de su nombre de apariencia masculina, se oculta para escapar al prejuicio de comprender que una mujer puede filetear igual de bien que un hombre. “En el momento que yo empecé había muy pocos cursos. El filete era algo que escaseaba, supongo que me enganchó por eso de ser casi exclusivo, porque era algo que pocos hacían. También la estética del filete me gustó desde que lo descubrí”, dice.

Mientras la crisis de 2001 azotaba al país y le ofrecía a la juventud nada más que un viaje al exterior sin fecha de vuelta, Lucero se encendió. “Mi madre, con lágrimas en los ojos, me invitó a irme del país. Pero yo siempre pensé que este era mi lugar y creo que el filete arraigó mucho más esa idea de patria. Tiene que ver con nuestra identidad, y si en ese momento yo pensaba en quedarme en mi país a pesar de todo, porque es mi lugar, el filete era la estética de mi lugar, lo que mejor lo representa. En mi vida hay un antes y un después del filete”, revela.

Pero no iba a ser fácil meterse en tierra de hombres. Claro que para Lucero, que venía de trabajar en un depósito de zapatos, las difíciles son las más sabrosas. “Me enganché más porque era un oficio de hombres, siempre fui un poco rebelde y desafiante, y si alguien me dice tal cosa no podés hacerla, es probable que yo vaya y la haga. Como diría Ricardo Gomez, que fue mi maestro hace unos años, “cuando te pica el bichito del filete, no te curas más”. Y creo que tiene mucha razón.”

 

Las mujeres al pincel

 

El fileteado tiene en Martiniano Arce a su figura más notable, pero el ámbito femenino carece de un equivalente, aunque sí cuenta con muchas y talentosas mujeres al mando de los pinceles. “Era un oficio de hombres y de hombres que se ganaban el pan. Y la simbología corrió por ese lado: las leyendas que revalorizaban al camión como el elemento que hacía ganar dinero”, dice Susana. Y recuerda su experiencia. “Me sentí mirada, cuando hice trabajos en la calle me pasó eso, porque pareciera ser que el fileteado es patrimonio de varones”, agrega. Patricia acota: “Todos los domingos tengo que explicar que soy yo la que pinta, pero nunca me pasó de encontrarme con alguien prejuicioso, que se fije en que es una mujer la que filetea”.

“En algún momento el fileteado va a ser como una doctora o un doctor, que es indistinto el género. Dejó de ser el fileteado un trabajo masculino. Sólo se trata de saber el oficio, nada más”, dice Patricia ante su dos colegas. “El fileteado está asociado al letrista, pues en la época del auge las mujeres no pintaban. En cambio, ahora tenemos una especie de permiso para hacerlo”, dice Susana. Lucero sale al cruce “Era el ámbito de carreros, camioneros y colectiveros”. “Las frases son machistas, el contenido era masculino. Las únicas mujeres que aparecen son las madres, las vírgenes y las sirenas”, dice Mitre. 

El fileteado es tierra de dragones y seres fantásticos, de flores. Es universo de ribetes curiosos, de curvas caprichosas, de formas nacidas de prodigiosas manos de mujeres acostumbradas al olor del aguarrás, a los trazos sinuosos y las floreos imposibles. ?Del carro al camión, del camión al colectivo, de los cartelitos al cuadro. De la calle a la galería de arte. Del hombre a la mujer. El camino natural de los pasos del fileteado que ahora, también, es tierra de mujeres.