En febrero el río Pilcomayo tuvo una crecida histórica, inundando miles de hectáreas de la región chaqueña, una de las zonas donde más impacto causó fue en el oeste formoseño. Hoy la realidad muestra su peor cara, con el retroceso del agua, dejó casi un metro de sedimento y barro, enterrando viviendas, escuelas y vehículos. “La situación es desesperante”, alertó Luis María de la Cruz, investigador de la cuenca del río.

La escena es dantesca, una alfombra marrón de barro y sedimento cubre esta pampa castigada. Viviendas, camiones, escuelas, iglesias y emprendimientos comunitarios agrícolas han quedado sepultados con una capa de 80 centímetros de lodo y material orgánico que algunos creen tardará años en irse. La situación no es visualizada por las autoridades, ya que cuando el agua se retiró las asistencias desaparecieron.

Los poblados más afectados son El Churcal y Sombrero Negro, del Departamento Bermejo. Allí viven comunidades de pueblos originarios en el más absoluto abandono.

“La crecida pasó, pero queda lo peor, el sedimento del río. En tiempos de creciente, los sedimentos en suspensión superan el 30 por ciento del volumen desplazado. O sea, entre 60 y 70 por ciento es agua y entre 40 y 30 por ciento respectivamente, es barro”, explicó de la Cruz.”Cuando el agua baja, sin velocidad o muy lentamente, los gránulos de arcilla se depositan y dejan esta situación, que coloquialmente llamamos enlame‘”, agregó.

Lo que deja la bajante no es solamente barro, “también puede haber palos, vegetación, por la fuerza del arrastre; pero en el caso de los desbordes laminares, en general es solo tierra”, detalló. La situación ha dejado sin recursos, trabajo ni viviendas a miles de personas, aún permanecen 1500 damnificados que un centro de evacuados. “Algunas familias están volviendo a sus lugares de origen buscando nuevos sitios para asentarse”, afirmó De la Cruz.