En estos tiempos con tantos problemas para obtener alimentos sanos, donde diversas investigaciones ya demostraron que las frutas y verduras comercializadas en nuestro país contienen residuos de agroquímicos, está claro que la agricultura orgánica es lo único saludable que podemos consumir.

Si no tenemos espacio o tiempo para ocuparnos de cultivar nuestros propios alimentos, hoy diversos espacios en Buenos Aires ofrecen la posibilidad de acceder a productos agroecológicos y orgánicos a precios accesibles, como la Cooperativa de Trabajo Iriarte Verde ubicada en el barrio porteño de Barracas, que fija un precio justo que contempla el respeto por el trabajo del productor, su tarea como distribuidores y la posibilidad de que la población pueda acceder al los alimentos. “Esto implica un cambio de concepto, porque el precio se fija colectivamente y no el intermediario que pone un valor dependiendo de la oferta del mercado”, explicó Lalo Bottesi, miembro de dicha cooperativa.

Iriarte Verde fue conformada como cooperativa en 2010, pero su experiencia como distribuidora de alimentos producidos en forma agroecológica comenzó cuatro años antes, cuando un grupo que desde los ’90 producía sin agrotóxicos en el Parque Pereyra Iraola decidió comercializar sus alimentos.

Por su parte, Juan Vázquez, integrante de Tambito, una distribuidora de verduras agroecológicas del cordón verde de La Plata, explicó la cadena de conformación de precios y cómo se busca romper con esa lógica: “En la comercialización convencional, los quinteros venden a los camiones un cajón de tomates, que tiene unos 25 kilos, a 15 pesos. El camión lo lleva al mercado central y lo vende a 40 o 50 pesos. El mercado central le vende al verdulero el cajón a 100 pesos y en la verdulería el consumidor paga hoy unos 15 o 20 pesos por kilo. Nosotros pagamos al quintero más del doble de lo que se paga el camión, y lo que hacemos luego en poner todas las verduras en un bolsón y establecer un precio accesible que le permita a todos vender por igual y al consumidor poder compensar lo que es más caro con lo más barato“.

Aquí, además de la producción sin agrotóxicos, se proponen generar un acercamiento entre consumidores y productores, y discutir las formas de consumo para que el consumo de estos productos no sea de elite.

La mayoría de los productores de alimentos orgánicos certifican su producción en organismos internacionales para exportar, dejando un remanente para el consumo interno, como lo hace La Orgánica. Algunos, como Tambito, venden la verdura sólo por bolsones, otros con más años y recorrido, como el caso de Iriarte Verde y La Orgánica, pueden ofrecer ya productos en forma individual, aunque siguen sosteniendo el concepto de bolsón o caja por kilos.

Una bolsa de ocho kilos de hortalizas puede variar entre los 120 y los 300 pesos, y contienen las verduras de estación que, en este momento, puede ser acelga, espinaca, berenjena, zapallito redondo y anco, zucchini, morrón verde y rojo, rabanitos, puerro, verdeo, achicoria, rúcula y chaucha, entre otros. En cuanto a las frutas, un kilo de mandarina en una cadena de supermercado en oferta puede conseguirse a 10 pesos, mientras que las orgánicas varían entre 23 y 26; pero las peras y las manzanas en el súper y en los espacios orgánicos tienen similares valores (28 y 32 pesos respectivamente).

La producción agroecológica y la orgánica comparten también un valor: el cuidado de la salud de los productores y trabajadores rurales y la conservación del medio ambiente donde se produce. Recordemos que actualmente según las estadísticas de la Red de Pueblos Fumigados con agrotóxicos en Argentina, en la última década los casos de cáncer en niños se triplicaron en algunos pueblos, los abortos espontáneos crecieron un 400 por ciento y también las malformaciones en recién nacidos. En Argentina 1 de cada 5 personas que mueren es por cáncer, pero en los pueblos fumigados mueren de cáncer 1 de cada 3 personas. Incluso en algunos pueblos como San Salvador, se mueren 1 de cada 2.

Y Aunque el Ministerio de Salud tenga estos datos, prefiere favorecer a la política que dicta las alianzas con empresas multinacionales como Monsanto, las cuales determinan que nosotros tenemos que producir y consumir alimentos contaminados con agroquímicos.