Los ruidos de “Kaplún”, texto que estudian los alumnos de comunicación en las universidades, se repiten en cada situación de la vida. Al final de cuentas, es la comunicación uno de los ejes de las relaciones humanas. Por eso es tan sorprendente recorrer el país y ver que quizás el mismo ruido es el que interfiere al analizar una circunstancia que ocurre a 1.200 kilómetros de distancia de Buenos Aires. Lo mismo ocurre si uno está, como en este caso, en el corazón del Impenetrable e intenta comprender lo que se dice en los cien barrios porteños. “Debe haber costado más levantar toda la basura que se acumuló en el recital de Fito Páez que hizo para juntar botellas de plástico por la ecología, que lo que debe haber recaudado con esas botellas, que creo que eran cinco mil”. La frase despierta sonrisas en medio del Chaco. Pero hay que estar con 45 grados de calor en el Impenetrable chaqueño, a media mañana, para saber lo que es trabajar la tierra en condiciones extremas. “Bueno, extremas comparadas con la Pampa húmeda”, dice con lógica el director de Bosques de la Provincia del Chaco, Miguel Ángel López, que entre otros temas es consultado por “El Federal” en torno al nuevo polo ganadero que pareciera despertar en el oeste de esta provincia. “Tienen que venir a invertir”, incita entusiasmado, y eso que en realidad es porteño de nacimiento y hace más de treinta años que vive aquí. Incluso, alude a su ciudad de residencia y dice: “Si te gustó Sáenz Peña, Charata, que es donde vivo, te va a encantar”. 
Hay orgullo por la tierra y desmitificación por la misma tierra. No se puede comparar con Buenos Aires, que es la Pampa húmeda. Jamás. Pero la diferencia de agua entre el noreste chaqueño y el Impenetrable es que en el primero llueven unos 1.000 milímetros anuales y en el Oeste, unos 700. Y esto determina el precio también. En el Este, entre 5 mil y 6 mil pesos la hectárea y en el Impenetrable, 2 mil dólares.
“Lo importante -recalca el director de Bosques- es que la tierra es fabulosa, el agua no es problema. Pero quizás esté frenada la compra por la cuestión de la titularidad de tierras.”
Desde el área de Bosques de la provincia (el único descentralizado y que funciona desde Sáenz Peña), se dirime el desmonte, las barreras, los alambrados, todo significa sacar planta y árbol, y se verifica qué especie está mejor y cuál conviene. “En general, lo que se desmonta es de escaso valor, sólo sirve para carbón y postes”, explica. También es imposible recorrer diariamente los kilómetros y kilómetros de tierra que significan los caminos vecinales que circundan al Impenetrable. “En caso de desmontes no autorizados, actuamos sobre hecho consumado. Es imposible adelantarse.” De todas formas, para quien aún no ha ido a conocer el Impenetrable, lejos está de la postal en la que el expedicionario va machete en mano haciendo camino al andar. Bueno, no hay avenidas como la 9 de Julio. Nada que ver. Hay ruta de asfalto hasta Castelli, “portal del Impenetrable, con cómodos hoteles boutique y luego, sí o sí, hay que estar sujeto al pronóstico del tiempo porque cuando llueve, llueve. La tierra sedienta se transforma en río y es posible mantenerse un día en el sitio hasta que merme y seque el suelo. 

Los nuevos colonos. Es una jornada entera la que lleva escapar de la tormenta que pone de color azul y negro al cielo del Impenetrable lo que nos llevó desde Nueva Pompeya hasta Castelli sin parar. Allí, también estaban los nuevos ganaderos. La avanzada, la vanguardia. Alejandro Canue, desde Brandsen, provincia de Buenos Aires, junto con Gerardo (Santa Fe) y Víctor (Córdoba), se conocieron así, en el mismo hotel tras unos días de lluvia cuando iban a ver el campo que acaban de comprar. “Lo que en otros lados costaba 20 mil dólares, acá costaba 1.000”, coinciden. Y recuerdan que años atrás, cuando llegaron para ver lo que habían comprado, tuvieron temor. “Nos señalaban cuál era el campo y no había diferencia ni manera de identificar cómo llegar.” Al final, con las mediciones y los permisos respectivos han logrado desarrollar el campo que ya casi está listo para la cría. Para Alejandro, “no había ni calle para llegar. Tuvimos que abrir la calle. Tuvimos que hacer la mensura de todo, el agua, los corrales, el alambrado, las represas, llevar el grupo electrógeno. Todo eso es tiempo, trabajo, ir y venir”, y explica que de cada alternativa, “cada una con su respectivo permiso y autorización, te asegurás que salga bien. Ojo, algunos se sabe que van y desmontan y ponen el alambrado. Pero con los permisos, te asesoran y te lo hace la gente que sabe. Porque es un desmonte selectivo. La vaca acá come de todo, la pastura natural, la chaucha del algarrobo, y se ayuda con la siembra de pastura Caton Palis, que es la misma que crece aquí”. Se calcula que la carga que soporta el suelo es un animal por hectárea, con pastura. Y sin pasturas, un animal cada cuatro hectáreas.
La gente junta agua de lluvia en lo que se llama “sudaderos” y que otros denominan reservorios. Desde tiempo inmemorial se hacen las perforaciones para buscar los ríos subterráneos que hoy se encuentran para la mejor agua a 300 metros de profundidad y puede costar su construcción alrededor de los 400 mil pesos, según la zona y la calidad de la perforción.
Los ejes problemáticos para la cría de ganado en Chaco, en el oeste donde está el Impenetrable, es el agua y la tenencia de la tierra. Las familias que habitan la zona son crianceros y puesteros que se han quedado luego de que se terminó la producción de tanino en el siglo pasado. Pero en los últimos cincuenta años, se ha ido capitalizando la producción ganadera, en especial vacuna, y si son condiciones “extremas” las que parecieran a un citadino acostumbrado al aire acondicionado particular y laboral, es para la gente de campo algo normal. “Extremo era cuando yo era chico”, dice Francisco Ale Reuter, que vive en Tucumán y desde la época de su abuelo que trabaja en el Impenetrable. Lo que hoy recorre en una hora y media con su 4×4 por camino de tierra, lo hacía en su adolescencia en cinco horas con las “primeras camionetas Chevrolet o Ford que se usaban. Y ni hablar en la época de su padre y su abuelo. “Era interminable llegar al campo desde Tucumán”, dice. Francisco se crió en el campo del Impenetrable hasta los 14 años, cuando fue a estudiar. Alemanes de Hamburgo por el lado materno, se habían radicado en Monte Quemado, con una explotación de tanino. “Mi abuelo entró a machete”, dice como si uno comentara qué lindo día. Y con respecto al crecimiento de los campos de soja, Francisco exclama: “Somos fanáticos de la ganadería. “Hubo gente que se desprendió de vientres, indemnizó a los empleados y ahora no puede volver”, cuenta en relación al que se volcó a la soja, por ejemplo en campos cordobeses. Desde Tucumán son 550 kilómetros hasta el campo, y en los viejos tiempos “no había teléfono, no había celular, no había nada”, dice y calcula en dos días la travesía para llegar. El padre, Julio Alé, desde chico trabajó con el ganado acá y dedicó toda su vida a la compra y venta de hacienda. “Fuimos los primeros en trabajar con genética, los primeros en traer cebú y los primeros en hacer trasplante embrionario”, dice y todos saben que llevan los primeros premios en la rural cada año. A la mejor tropilla de vaquillona en 2011 y el mejor grupo de hembras, también en 2010. “En la época de mi abuelo y de mi padre, no había alambrado, recién con el plan de colonización en los 70 se pudo dirimir con agrimensura los límites y poner alambrado. Pero antes, los toros se iban hasta 200 kilómetros, hasta Pampa del Infierno teníamos que irlos a buscar”, recuerda. Y claro, puesteros los atraían con agua para que le sirviera a sus vacas. Había que, como se dice acá, “aquerenciarlos” a los toros para que no se fueran. “Era muy duro”, dice. Francisco es como un GPS para El Federal y le cuenta con un mapa imaginario que, desde Tucumán, entraban al Impenetrable desde Santiago del Estero. “Ruta 16, Pampa de Guanaco, Los Tigres, Monte Quemado, Nueva Pompeya, Juana Azurduy, Fuerte Esperanza, Joaquín. V. González. Estamos justo a 150 kilómetros de tierra de cualquiera de las localidades, estamos en el Corazón del Impenetrable”, explica y añade que la carne que producen es categoría B y que con los nuevos tiempos lograron entrar los alambres y el cemento para construir la casa, para el baño de hacienda. ¿Tienen huerta? Todo, invernadero y huerta. Pero hay puesteros en medio del campo que siguen haciendo su pozo de agua con máquinas más sencillas y en parte a mano.

El desmonte. Hay zonas que tienen ríos que lindan con los campos y cuando uno va por el Impenetrable cruza cauces secos que forman barrancas. “Nosotros tenemos ríos muertos, que le dicen acá a estos cauces de hace miles de año.” Para Francisco, con la autoridad que da la experiencia familiar de medio siglo de cría de ganado, el verdadero problema del impenetrable es “que no nos saquen el sistema Silba Patoril”, dice y suena híperserio. Se trata de desmontar el campo en parte, y mantener la cría de ganado con la pastura natural e incluso sembrar pastura debajo del monte limpio. “Desde los años 70 que sabíamos y hacemos el desmonte sólo en un 30 por ciento, que dejamos las cortinas de monte para que sean productivos. La gente no tiene ni idea. Es distinto que la soja, que limpian todo. Nosotros acá necesitamos del monte para proteger del viento y porque el ganado debe protegerse del calor, mantiene la humedad, es necesario. Nadie va a sacar el monte”, subraya. Los campos nuevos de entre 400 a 700 hectáreas en la que los dueños comenzaron desde cero en 2002, hoy están a punto para la cría de ganado. Son alrededor de cinco años los que les llevó desarrollar el campo, lo mismo que quien compra unas tierras y planta viñedos, la primera cosecha es a los cuatro años. El monte en el Impenetrable, cuando uno pasa del asfalto a la tierra, se convierte en un paisaje distinto a todo lo conocido. El calor es abrasador. La tierra guarda un color opaco y los cactus, como si fueran un candelabro, alzan sus brazo como torres, tienen la dimensión de un edificio. Y como en la selva, hay floraciones diferentes. Pero en octubre, el naranja, amarillo y el rojo reinan en la vegetación. Los palos borrachos son gigantes. Y el ritmo del tránsito de tanto en tanto es de gente en motocicleta, bicicleta y alguna camioneta. Cabras y burros cruzan por el camino que a dos metros muestra el monte cerrado, espeso, virgen. Que es lo que le da el nombre de Impenetrable. Distinta es la zona del noreste chaqueño. La gente del INTA dirige una veintena de establecimientos que abren sus tranqueras al visitante desde su programa de Turismo Rural. Mercedes Sampayo condujo a “El Federal” por el noreste chaqueño, en Libertador San Martín, entre ríos marrones, esteros y lagunas. Donde la humedad mancha la tierra de color oscuro y donde los algarrobos, quebrachos, los guayacán, cardos y tunas forman el monte tupido, pero accesible, donde el ganado puede entrar y refugiarse del verano abrasador o del invierno que congela. “Con más pampa -dice Mercedes-. Los gauchos por ello encuentran mas fácil la tarea al entrar al monte a buscar el ganado. En San Martín igualmente hay algunos arbustos espinosos, pero usan el guardamonte, una especie de cuero que se ponen sobre la bombacha de campo para que las espinas no los rasguñen. Los campos aquí son más amplios, más abiertos, con más pampa.” Y abre la tranquera de “Doña Elda”, el campo donde Miguel Cabral da la bienvenida con un asado y empieza la jornada . Y dice, más tarde, cuando por teléfono atiende a “El Federal”: “No sabés el calor que hace acá. Estoy en la habitación con el aire acondicionado tratando de concentrarme en hacer unas cuentas”. Miguel es correntino, acostumbrado al campo y al calor. Incursionó en el Sur cuando recaló durante 14 meses en María Behety, en Río Grande, Tierra del Fuego. Pero acá, en Libertador general San Martín, la cría de ganado es parte del trabajo y la destreza criolla que muestra a las visitas que llegan con el programa de Comarca Bermejo, de turismo rural. No está solo, su compañera, Fanny, se crió aquí, en el campo. Y sus ayudantes manejan el lazo como un dibujante el lápiz. Ramón Luciano López y Miguel Vallejos van con los caballos pampa, como le llaman aquí al criollo bonaerense. Y enlazan los terneros que hay que “desbichar”. La jornada dibuja una pampa verde, unos quebrachos al fono y los algarrobos. El sol es una aplanadora. Pero el trabajo se hace sin problemas. Son ganaderos de siempre, aunque San Martín, la localidad, nació como paraje con una plantación de zapallos que le dio el primer nombre: El Zapallar. Rebenque, botas y apero. Se viene el Chaco.