Texto y Fotos: Leandro Vesco

Gardey nació a partir de una esquina. Siempre fue un pueblo bien ubicado, y rodeado de campos fértiles y aires hacendosos que desde los primeros días atrajeron a las familias que tenían ganas de comenzar aquí las historias de sus vidas. En 1890, don Juan Gardey, un francés que tenía almacenes en Tandil, levantó uno aquí y sentó las bases del pueblo, que recién se fundaría en 1913, cuando el tren y un importante caserío ya estaba establecido.

La zona no puede ser más bella. Asentado en uno de los valles tandilenses, los cordones serranos abrazan al pueblo. Es una comunidad de 600 habitantes que vive una vida soñada. Las bicicletas están estacionadas en las veredas, los autos tienen las ventanillas bajas y las puertas están siempre abiertas. Los vecinos andan por el pueblo como si fuera el patio de todos. “De a poco estamos recibiendo gente de Buenos Aires, y otras partes que eligen el pueblo porque acá vivimos con total tranquilidad”, la historia de Edgardo Zubigaray refleja hasta qué punto las cosas en los pueblos se dirimen de una forma tan simple. Cuando el Intendente necesitaba un Delegado, Edgardo fue cargar nafta y un vecino que pasó que tenía la orden de hacer la búsqueda, le ofreció el puesto. “Primero le pregunté a mi padre, y recién conteste” Aceptó. Enseguida se puso a trabajar.

Gardey tiene todo lo que un pueblo debe tener para ser una localidad perfecta. Las calles arboladas, gran parte de ellas de asfalto, comercios de todo tipo, las carnicerías, verdulerías y panadería venden los productos del territorio. No faltan los polirubros que aseguran la presencia de cientos de artículos ordenados en un desorden que sólo el dueño del local comprende. Hay escuela, primaria y secundaria. Está la estación de tren que hace poco dejó de recibir el tren, dos clubes, el Museo de Malvinas, que guarda reliquias únicas de la guerra, con objetos personales de ex combatientes. La plaza invita a sentarse para ver pasar la gente que va y viene haciendo mandados. La persona que visita el pueblo puede optar por conocer el almacén Vulcano, el decano de los almacenes en Tandil, eje de la vida pueblerina y oasis gastronómico donde se pueden probar los fiambres de la zona, conocidos en todo el país. La picada en el almacén es una experiencia que no se olvida jamás. “Nadie puede decir que estuvo en Gardey sino probó nuestras picadas”, nos cuenta German Christensen, quien lo atiende.

La caminata por el pueblo ayuda a sentir el espíritu comunal. Gardey tiene un ritmo lento que atrae, algún que otro perro acompaña en el paseo y por la siesta el silencio es ley. Algunas casas son modernas, otras están en construcción. La cercanía a Tandil y el acceso de asfalto han vuelto atractiva la vida aquí. “El progreso nos vino de repente”, afirma Edgardo. “Nosotros mantenemos el pueblo limpio, eso es lo más importante”, piensa en voz alta. El hecho de que lo esencial no cambie, es lo más positivo que puede pasar en lugares así. La caminata culmina en un bosque de tupida arboleda, en el medio de él, está el único hospedaje del pueblo, el Ota Club Campestre. La sinfonía de aves despierta la curiosidad, el aroma al sotobosque sofoca pero calma a la vez. El lugar tiene cabañas inmersas en el mundo forestal, donde el descanso está asegurado.

Tandil es un destino consolidado en el turismo nacional, pero hay un circuito alternativo que se comunica por caminos de tierra que invita a la aventura y que propone recorrer y conocer emprendimientos que están nucleados en el grupo Turismo Rural Tandil que aquí asesora María Elena Valdez  de Cambio Rural INTA, quien logró crear una red de emprendedores que motoriza la recuperación de los pueblos.

“Yo tuve una maestra particular en el campo, pero los últimos años venía a caballos todos los días al pueblo, dejaba la petisa en el almacén y entraba a la escuela. Al pueblo lo tenemos en el corazón, por nada en el mundo me iría de acá”, comenta Edgardo, reflejando el rasgo que identifica la vida en estos lugares: la pertenencia a un lugar en el mundo que contiene y donde la vida se desarrolla a escala humana. Las bicicletas, mientras tanto, siguen en las veredas.

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