Leonardo Horacio Walantus empezó su derrotero en la seda hace 11 años. En 2004 logró que la producción de gusanos, que funcionaba sólo como un tema de investigación en la Universidad Nacional de Misiones (UNaM), de donde es profesor, encontrara su aprobación en el Consejo Directivo de esa casa de altos estudios. Lo denominó con el modesto “Proyecto Seda Misionera”. “En Tucumán, en La Pampa, en Córdoba, en Jujuy, había productores. Y decidimos juntarnos. Se hicieron unas jornadas en Realicó en 2002, otras en Tucumán en 2003, y se propuso formar una red de trabajo nacional”, relata Walantus. Por entonces, salvo Tucumán con su Facultad de Zooctecnia, no había un desarrollo decidido. Misiones encabezó las terceras jornadas nacionales y logró formar un equipo de trabajo con la consigna de agruparse: el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), cinco universidades nacionales, textiles privados, y el apoyo de la Red Andina de la Seda (encabezada por Italia, que hoy la forman 10 países). “El intercambio nos permite ir creciendo. Colombia tiene una producción importante a pesar de que hace 15 años empezó en producción de sericicultura desde cero.”

Agruparse, aprender, producir

La sericicultura tiene dos niveles, industrial y artesanal, determinado por la cantidad de productores. Pero la ausencia de una producción masiva de los pequeños frena la elaboración en grande de la industria. “Hasta que no haya un grupo numeroso de productores no vamos a poder pensar en materia prima en cantidad, porque la seda depende de pequeños productores. Brasil sorteó esta etapa y tiene un desarrollo muy importante en seda: es hoy el tercer productor mundial. Y la seda que conocemos como italiana es brasileña”, revela Walantus. Para alcanzar ese sueño, además de la articulación con el INTI, Walantus dice que se necesitará al menos de una década de formación de productores. “La devanadora de la seda es muy costosa, pero ingenieros de la Universidad de Buenos Aires trabajaron con técnicos del INTI y diseñaron una máquina única en el país, que ya funciona en Realicó (La Pampa) y Tucumán y en poco tiempo nosotros tendremos una en Misiones. Son máquinas hechas en el país y nos van a permitir competir en el mercado internacional”, se ilusiona.

Misiones, la tierra de la seda

Walantus y su equipo son emergentes de un lugar apto, tal vez el mejor, del país para producir gusanos de seda que rindan en calidad. Humedad y temperatura ideales le dan sustento a la idea. “Tenemos la ventaja de tener hojas de mora todo el año. En otros lugares tiene hojas dos, cuatro o seis meses. Hoy, en invierno tenemos variedades de hojas. El productor puede darse el lujo de criar gusanos todo el año. Al gusano le hacen muy bien el calor y la humedad y acá en Misiones nos sobran ambos factores. Tenemos que aprovechar esta oportunidad”, dice.

No sólo el clima tiene viento a favor en la provincia. Las chacras de 25 hectáreas favorecen la diversificación de producciones. “La seda requiere de muy poca parcela de tierra (una hectárea), un sistema de riego para las moreras, uy poca mano de obra y un galponcito seguro y ventilado para criar al gusano. Con el gusano queremos encontrar un alternativa al tabaco, tan arraigado culturalmente en nuestra gente, que esclaviza, enferma y condena a las personas a vivir mal”, enfatiza Walantus.
Articulan con el INTI, la Red Andina, se capacitaron en Italia, Perú, Ecuador, Colombia, se unen con las otras universidades que trabajan el tema. De Venezuela tomaron un ejemplo: trabajar con comunidades aborígenes. “Tienen una seda lujosa. Participaron en exposiciones en Frackfurt y en Milán y ganaron premios importantísimos. Son comunidades aborígenes que hacen lo que siempre hicieron, pero en seda”. 

Otra ventaja: no se compara cómo crece la mora en Misiones a cómo se desarrolla en otros lugares. Aquí se desarrollan en un año lo que en otras tierras demoraría tres. En esta planta piloto tienen seleccionadas 12 variedades de moras con condiciones distintas: difieren por ejemplo en el rebrote, en la fruta, en la calidad nutritiva de la hoja. Y articulan su tarea con la biofábrica, una productora masiva de plantas en tubos de ensayo, una suerte de vitroplantas, a modo de plantines que podrían suplantar las estacas que usan en la actualidad. Mejoran los tiempos de enraizamiento y es ideal para mantener la densidad de plantas de una por metro cuadrado sin tantos costos.

Los cursos

La sericultura precisa de mano de obra en todas sus etapas, desde el cultivo de las moreras, hasta el devanado, teñido y la fabricación de tejidos. La buena noticia: los trabajos realizados no precisan de mano de obra calificada, por lo cual son una fuente de trabajo para ancianos, mujeres o personas con capacidades diferentes. Además, no requiere de gran inversión inicial. La cuestión a resolver es la disponibilidad de tierra para soportar la carga de moreras con las que se alimenta el gusano. Es una producción de zonas rurales o suburbanas. La limitación está en las hojas de morera. Pero es una producción saludable, pues no genera productos contaminantes, ruidos, ni olores.

En Misiones le dan a los productores un primer curso básico de dos jornadas y unos gusanos para entender su ciclo de vida, criarlos en condiciones controladas y familiarizarse con los capullos. El objetivo es llegar a capullos de calidad, no importa la cantidad. “Entre tres y seis meses lleva como mínimo entrar en ritmo productivo”, dice Walantus. Mientras eso ocurre, las plantas de morera van creciendo. El curso instruye no sólo en el manejo del gusano. “Es una capacitación completa que incluye la comercialización del producto, el desarrollo de la fibra, la confección de la prenda. No se le enseña sólo a alimentar al gusano”, dice.

Planta Piloto de Sericicultura
Parque Tecnológico Misiones (Ruta 12 – Km 7, Misiones)
(0376) 459-9614
Correo electrónico: cieptmi@gmail.com