A pesar de que lleva 250 años en nuestro país, después de que el jesuita Ramón María de Termeyer la iniciara como industria, la producción de seda natural de origen animal tuvo vaivenes. Dos impulsores: Tomás Godoy Cruz, gobernador de Mendoza y Domingo Faustino Sarmiento en San Juan, trajeron huevos desde Chile en 1821, pero tres décadas después el gobierno le restó apoyo.
En el siglo siguiente, por la necesidad de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, compraba seda en América para fabricar paracaídas. Por eso, se crea en 1942 un Registro Nacional de Fiscalización de huevos y la Dirección de Enseñanza Agrícola. La Universidad de Tucumán funda el primer laboratorio de Sericicultura. Pero las fibras sintéticas (nylon y rayón) más baratas en su producción, obligó al cierre -por falta de seda- del Centro de la Seda, en Jesús María y Colonia Caroya (Córdoba). El gobierno de Juan Domingo Perón los repartía en las escuelas y algunos de esos chicos que daban los huevos a sus padres los siguen criando hoy.
En 1993 se reinicia en la Universidad Nacional de Tucumán, con el ingeniero Luis Pailhé, la cría del gusano. Detrás de ese puntapié, se suman dos casas de altos estudios, La Pampa y Misiones, además del Centro de Desarrollo textil del Inti, el Inta, la UBA, la Red Andina de la Seda (formada hoy por diez países).
A pesar de cierto olvido político en la producción de seda, en junio de 2003 fue promulgada la ley 25.747, que prevé la creación de estaciones sericícolas para estudiar la producción: propagar el cultivo de la morera, determinar las mejores variedades del gusano; promocionar la venta e industrialización de los capullos y potenciar el cooperativismo de los productores. A eso apunta el trabajo de los misioneros, el empuje de los pampeanos y el sueño de los tucumanos. Les sobra argumentos como para pensar que no puedan tejer ellos una realidad con la misma sapiencia con la  que el gusano urde la preciada seda. 

Mercado asegurado

Un artesano colombiano hace apliques para vestidos de novia y joyas en capullos de seda natural. Una pareja trabaja en un departamento: compra capullos para hacer escarpines que vende a Estados Unidos y Europa. Un industrial comercializa pashminas a la India, con valores increíbles: una de pieza cuesta 1400 dólares. En Quilmes compran capullos y devanan la fibra con una rueca para vender las madejas a 800 dólares el kilo. Muestras de que el mercado de la seda está activo y demanda seda que no existe -aún- en el mercado. «El mercado es muy grande, desde Tierra del Fuego hasta La Quiaca y no hay producción industrial de seda natural en la Argentina: se importa de China, Brasil, Italia, Francia, a valor dólar. A las jornadas de la seda van privados a buscar productores de hilo o de, mínimamente, el capullo», dice Walantus. Y es cierto. María Dubini, diseñadora de vestidos de novia hechos enteramente en seda natural, se ve obligada a pagar 100 dólares por metro de seda o a esperar un remate de sederías.

El gusano teje una solución en humanos

Walantus tiene un equipo con quien implementa cursos de dos días de duración una vez al mes, a cargo de capacitadoras que viajan para saber lo que ocurre en el mundo. El secreto no existe: hay trabajo, mucho trabajo, como clave manifiesta de los investigadores misioneros.
Tres de las compañeras de proyecto de Walantus calificaron para dos proyectos. Una de ellas Lucía Acuña consiguió una beca del IILA (Instituto Italo Latinoamericano) para realizar una capacitación en la Universidad de Trento, Italia, donde investigan las propiedades de las proteínas de los capullos de seda para aplicaciones biomédicas, como por ejemplo para reconstruir tejidos. Estamos proyectando iniciar líneas de investigación conjuntas con la Universidad de Trento, aplicando nuestros conocimientos en insectos (entomología). Por ejemplo investigamos si los capullos de las otras tantas especies de mariposas que tenemos en Misiones tienen aplicaciones biomédicas. No queremos que los conocimientos queden en una revista científica, sino que sean aplicables a la sociedad», enfatiza Walantus.      

Morera: plantación

Selección y manejo del terreno. La plantación debe estar cerca del lugar de cría, lo más alejada de otros cultivos con aplicación de agrotóxicos. Las hojas se cortan el mismo día que se alimenta a los gusanos. Si alrededor hay tierra, es aconsejable plantar árboles que hagan de cortina, para disminuir el polvo que llegue a las moreras.

Clima: la morera crece en climas tropicales y templados. En la zona sur del país, también crece, pero las condiciones ambientales dificultan la actividad sericícola.

Lluvias. Lo ideal es el rango que va desde los 600 milímetros anuales en adelante, distribuidas uniformemente a lo largo del año.

Temperatura: Entre los 13 y los 38 grados. El valor óptimo oscila entre 22-30 grados.

Humedad: la ideal oscila entre 65-80 por ciento.

Luz. Entre 9-13 horas de luz por día, aunque se puede modificar con el manejo del cultivo especialmente en zonas tropicales. Las altas temperaturas disminuyen la calidad de los brotes.

Suelos. Se adapta a una gran variedad de suelos., se desempeña muy bien en los sueltos a granular, profundos (al menos 60cm.), con buen drenaje. En los suelos pedregosos el crecimiento merma.

Densidad de plantación. Si se desmaleza con tractor, deberá dejarse entre hileras una distancia de 3 metros y un espaciamiento entre plantas de 2,5 metros o de un metro si se lo hace en forma de arbusto. En cultivos de 15.000 a 20.000 plantas/ha se obtienen hojas en dos años.