Nikita, un amigo de su padre, le dio un vodka para probar. Alberto era un chico pero se afirmó en ese gusto que le recorría el paladar. Después, los años lo condujeron a estudiar ingeniería industrial: quería trabajar en la producción de lana de la estancia familiar de estas tierras indómitas que a él le encanta recorrer a pie y trepar. No terminó la carrera y supo que hiciera lo que hiciera, el gusto de ese vodka iba a quedar para siempre en su memoria.

En el medio leyó, se instruyó, probó cientos de bebidas que fueron quedando en su archivo personal: su tío le traía desde Europa, sus amigos sabían que el hombre era un fanático de las bebidas y entonces le aportaban. En 1998, a sus 18 años, le regalaron un alambique, pero no le dio la importancia que sí le daría unos años después. 

Entonces se dedicaba a hacer dulces: de rosa mosqueta, de grosella, todo sin conservantes. Pero claro, Helmich trabaja con fruta en un lugar donde no hay fruta en cantidad. Entonces se dijo que debía aprovechar esa desventaja: secó la rosa mosqueta para mezclarla con los tés que hoy ofrece en su hermosa tienda del centro de El Calafate. “Le ponemos énfasis a lo localista. A todo le incorporamos un ingrediente autóctono”, dice. Los blends de té son naturales.

Vodka que me hiciste bien

Hasta acá tenemos a un emprendedor que sabía que sus productos tenían aceptación: las frutas eran ricas, los dulces salían bien y se vendían -se venden. Pero su cabeza estaba en la bebida. Hizo primero un licor de calafate, una fruta silvestre y agridulce que nombra a este bendecido rincón de la Patagonia. Pero en su corazón latía la idea de hacer un destilado. “Siempre se dijo que el destilado argentino era una basura, pero yo quiero demostrar que no es así”, se dijo entonces Alberto y lo repite ahora, mientras charla con El Federal en su mini fábrica de Santa Cruz. 

Su aventura no estaba revestida de locura, proque no es extraña la provincia ni la Patagonia para Alberto: la trae desde los genes. En 1908 su abuelo recaló en El Calafate. Llegó aquí años antes de que esta ciudad sea tal: la fundaron en 1927. Un año antes, en 1926, su familia se volvió a Europa. En Santa Cruz la oveja era el negocio. Su abuela quedó en Europa y su abuelo debió esperar el fin de la Primera Guerra Mundial para volver.

Por ese registro familia que conserva, después de recibirse sentía el llamado de la Patagonia. “Mi pasión estaba acá”, dice. Por eso, hace unos años se asoció con un amigo de toda la vida con quien pensó que no era una locura montar una destilería artesanal propia en donde Alberto Helmich cumpliera el sueño de fabricar con sus manos su propio vodka. Con ellos hace un proceso de maceración y rectificación y dice que la clave es el agua y el cuidado en el filtrado.

Para Alberto, la cantidad de destilados que los vodkas ofrecen como su mayor capital es puro marketing: él tiene un alambique tradicional, donde cada destilación va elevando la graduación alcohólica. Con eso logra el objetivo: que quede el sabor de cereal de fondo, generando una bebida suave que la que resultaría de mil destilaciones juntas. “Me interesa que quede el trasfondo del cereal. No quiero un destilado extremo que se convierta en alcohol puro en el paladar”.

El primer problema del vodka que lleva su apellido es difícil de sortear: es rico. Alberto manotea unas botellas, camina hacia el salón, los destapa, los sirve y espera. Probamos. El primero, Ice Vodka, nos acomoda en el mundo. El segundo crece en intensidad: Estepvka se llama, hecho con una hierva natural y nativa de la zona llamada paramella. Cuando uno llega al tercero quiere meterse adentro de la botella: se llama Pfeffer y tiene un delicioso sabor a pimientos rojos. 

Esos son los tres vodkas que produce Alberto con agua del glaciar Perito Moreno. “La clave es el agua”, dice como si no hubiera fórmulas. Por uno de ellos -y por la habilidosa mano del bartender Leonardo Saracho- acaba de recibir una hermosa noticia: un trago de Saracho ganó el concurso al mejor del país con la base en el vodka nacido de la paramella, la hierva con que una vez Helmich se tropezó en la estepa, se la llegó a la nariz y sintió que algo debía producir con ese verde resinoso.

Saracho, que es dueño del restaurante La Zaina, de El Calafate, logró el primer puesto en el torneo nacional de coctelería Rosario 2014, usando dos productos de helmich: Estepvka y licor de Calafate Helmich.

El mediodía nos apura el paso y todavía tenemos en el paladar el gusto. Cuando Helmich pide un beredicto sobre sus vodkas producidos con el agua del glaciar, flotamos aún en esa atmósfera en la que toda buena bebida sumerge a quien puede disfrutarla, como si estuviera en ese acto sencillo saboreando también una parte de la naturaleza.

 

 

Más información

Alberto Helmich
Destilería Artesanal Helmich
Dulcería Estancia El Tranquilo
El Calafate – Santa Cruz – Patagonia Argentina
Contacto: 02902-491062
Facebook:  destileria helmich