Por Leila Sucari

Fotos Tomás Linch y Guadalupe Gaona

 

A lo lejos hay un hombre. Tiene un sombrero de cuero marrón estilo cowboy. Tiene el pelo medio crecido, la barba medio crecida, un guante en la mano izquierda –también de cuero marrón– y la mirada fija en el cielo. El hombre sigue con la vista a su halcón peregrino. Laomedonte, que alguna vez fue el rey de Troya, ahora es el rey del aire. Sobrevuela la inmensidad del campo y observa todo desde su trono. Abre las enormes alas y flota.

El hombre silba. El sonido es breve y preciso, como el corte de un cirujano. Quiebra su brazo izquierdo a la altura del corazón y espera. Laomedonte no tarda en comprender el llamado. El halcón clava sus ojos en el guante y se desliza por el aire como si fuera un tobogán. A los pocos segundos se posa con firmeza sobre su compañero, quién ya prepara un trozo de pollo crudo que el ave desgarrará con su pico.

“Buen lance”, se escucha del otro lado de la tranquera. Algunos aplauden. Ricardo Soulé –el hombre– se arrodilla con Laomedonte y permanece inmóvil. Se miran y el tiempo se detiene entre los dos.

El viento los amontona

Son las cuatro de la tarde. Hace frío y el campo parece un mar de oro. Los pastos crecidos se contornean por el viento y al chocar simulan el sonido de la lluvia. Una lluvia suave y calma debajo del cielo de la bonaerense Junín, donde se realiza el Primer Encuentro Argentino y Latinoamericano de Cetrería, el arte de cazar con aves rapaces que existe desde hace más de 10 mil años en el lugar desde el cual se lo cree originario: China y Japón. La actividad tuvo su esplendor en la Edad Media. Reyes y señores la practicaban con pasión, tenían grandes halconeras e intercambiaban técnicas de entrenamiento. En 2010 la Unesco declaró a la cetrería Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por ser uno de los métodos de caza más antiguos, por no contaminar y por generar una relación de simbiosis y beneficio mutuo entre el animal y el hombre.

En nuestro país, la Asociación Argentina de Cetrería –fundada en 1974– se encarga de conectar a los practicantes, difundir la actividad y organizar este encuentro. “Es muy importante para nosotros realizar el encuentro para conocernos y discutir sobre la creación de una Asociación Latinoamericana de Cetreros. La idea es trabajar juntos y compartir la pasión por esta actividad. También mostrarles a aquellos que mucho no conocen cómo es salir a volar aves rapaces y contarles acerca de los principios básicos de la cetrería”, dice Daniel Abarquero, presidente de la Asociación Argentina de Cetrería.

Ahora, en la Estancia Don Alejandro –a 30 kilómetros de la ciudad de Junín– somos más de cincuenta: treinta personas, un águila mora, cinco águilas de Harris, cuatro halcones peregrinos y un halcón gris. Hay cetreros de Brasil, de Uruguay, de La Pampa, de Quilmes, de Necochea, de Lincoln, de Junín y hasta del barrio porteño de Belgrano. Mañana, entre cetreros experimentados, novatos y curiosos, llegaremos a ser 100.

Estamos en el aire

La cumbre cetrera comenzó el 27 de julio a la mañana. A las nueve llegaron los más puntuales al Hotel Piedramora, lugar designado como centro de reunión y punto de partida para salir de caza. A las once, en el jardín trasero del hotel, alrededor de la pileta, las aves rapaces descansan y sus dueños conversan. Al mediodía comienza la charla de apertura. En el salón también está Timoteo, el halcón peregrino de Luis Linguido, uno de los organizadores. Timoteo sirvió de modelo para enseñar a los participantes los accesorios que debe tener un buen cetrero: desde una caperuza –capucha que impide la visión y sirve para tranquilizar al animal– hasta un equipo de telemetría –una antena que se conecta con el ave y que suena cuando está cerca, evitando que se pierda.

Durante la conferencia, Abarquero hizo hincapié en la declaración de la Unesco: “Es un gran cambio porque al fin se reconoce el valor que tiene la cetrería en la historia. Desde que los Emiratos Árabes tomaron la iniciativa y propusieron que la actividad fuera Patrimonio Cultural, pasaron muchos años de trabajo, de recolección de material histórico, arqueológico, literario y pictórico hasta lograr que se reconociera su valor. Esperamos que sirva para generar un mayor interés y una mejor legislación de la actividad. La cetrería en sus inicios tenía un valor casi absolutamente dedicado a la caza. Hoy está muy emparentada con cuestiones de medio ambiente, de control de plagas y de cría en cautiverio”.

La cetrería del mundo está en gran medida financiada por los países árabes, aunque en este caso las empanadas del almuerzo fueron pura casualidad. Con la panza llena, partieron hacia la estancia en una caravana de autos y camionetas para inaugurar el encuentro como se debe: volando.

Ahora son las seis de la tarde y el campo se apacigua. Ya volaron halcones y águilas. Ninguno cazó pero eso no importa: todavía quedan dos días. Los cetreros regresan a sus camionetas y guardan las aves en cajas oscuras para que el animal esté calmo y deben tener un posadero –un arco de pasto artificial- para que esté cómodo. Lo que sigue es ir a los hoteles a descansar. Mañana el día comienza temprano.

Entrenar a tu halcón

Para volar hay que leer. Quien quiera transformarse en cetrero debe empezar por estudiar. Existe una gran cantidad de material en Internet, pero todos los profesionales coinciden en que la lectura que no puede faltar es “El arte de la cetrería”, del español Félix Rodríguez de la Fuente. El libro resume los aspectos biológicos, zoológicos y prácticos necesarios para comenzary define a la actividad como “la primera vez en que el hombre no sometió al animal al yugo y al látigo”.

Lo siguiente es conseguir un ave rapaz. En la actualidad hay visiones contradictorias al respecto. Se discute si los animales pueden “trampearse” –capturarlos con trampas– o si sólo deben adquirirse a través de un criadero. En nuestro país, uno de los criaderos más importantes es “El Niego” y está en Las Toninas, en la costa atlántica bonaerense. Allí se orienta a los interesados, se ofrece bibliografía y asesoramiento personalizado. Antes de adquirir el ave hay que pasar una prueba sobre conocimientos de cetrería y rapaces. Una vez aprobado se hace entrega del animal –hay variedades de halcones y águilas para elegir- con el anillo de certificación y toda la documentación correspondiente.

Ahora que ya tiene a su ave y ha leído, deberá comenzar con el entrenamiento. Para eso ármese de un buen kit cetrero (ver recuadro), pero no se olvide algo: lo primero es crear un vínculo y acostumbrar al animal al contacto con los integrantes de la familia. Deberá alimentarlo con la mano –guante cetrero de por medio- y enseñarle a que se pose sobre su brazo. Nunca debe usar la agresión: el adiestramiento se basa en el refuerzo positivo. Luego viene lo más divertido: volar. Con paciencia y con el equipo correspondiente, usted y su ave comenzarán la aventura de cazar de a dos. Algunos cetreros usan un barrilete para enseñarle al animal a tomar altura de vuelo: se engancha un señuelo a la cometa y cuando el ave está a unos 50 metros de altura se le suelta una presa de escape –por ejemplo una paloma- para que la atrape y el entrenamiento tenga un final feliz.

La pájara

El casco de la Estancia Don Alejandro está rodeado de caballos y de vacas Aberdeen Angus. Son las diez de la mañana y el asador ya prendió el fuego. Los cetreros clavan los posaderos en el parque y se sacan fotos con sus pájaros.

Arturo Solaro y Alicia “La Flaca” Dicola, una pareja de cetreros de Colonia Barón, La Pampa, suben con Cleta, su águila de Harris, a la camioneta de Linguido. Vamos con ellos en busca de patos. El guante de Arturo tiene el dibujo de un águila grabado sobre el cuero. Cleta se posa sobre su brazo y observa el campo en busca de alguna presa. Arturo también observa. Los dos están atentos y tienen la mirada perdida en los pastizales, como si lo único que importara en el mundo fuera encontrar un pato. “Estoy más nervioso yo que el águila“, dice. “Se pone muy ansioso, como si él fuera el que tiene que comer”, agrega La Flaca y sonríe. Para buscar a su presa, el ave debe tener el peso exacto de caza. El ave sale a cazar sólo si está motivada por el hambre. “A Cleta la tenemos desde marzo del 2011”, cuenta Arturo. “La compramos en un criadero. Siempre me gustó la cetrería, leía mucho sobre el tema pero ella es nuestra primera águila. Habíamos tenido una hembrita de halcón aplomada. Nos la dieron porque yo soy veterinario y el ave estaba herida. Con el tiempo se recuperó y nos dimos cuenta de que era posible, que podíamos tener un ave rapaz y ser cetreros.”

Paramos en medio del campo. Hay una laguna; lo demás es cielo y pasto seco. Tres flamencos sobrevuelan el terreno y una pareja de liebres se pierde entre los yuyos. Comienza la caza:

–Vamos a buscar a las liebres –grita Diego, un joven cetrero de Lincoln.

–Pero mi Cleta nunca cazó liebres –conwwwa Arturo.

–No importa. Nunca es tarde –responde Diego.

Los dos hombres largan a sus aves. Las águilas vuelan y las liebres desaparecen. Cleta descubre un pato y hace un lance hacia el agua. No lo alcanza. Sube a un caldén, se mete en un nido de caranchos y comienza la pelea: los caranchos defienden su hogar. Arturo corre, grita, hace señas y, al fin, la pájara –como le gusta decirle– regresa a su guante. Nosotros volvemos al casco: el asado nos espera.

En el almuerzo hay más de 100 personas. Es el punto cumbre del encuentro. Los cetreros hablan de chinos que cazan con patos, de indios que cazan con gavilanes; hablan de lances, de águilas, de halcones y de lo bueno que está el vacío. Después de comer salimos en caravana hacia lo profundo del campo. Hay mucha expectativa: le toca volar al águila mora, un ave enorme y plateada que pesa más de dos kilos y tiene alas tan grandes que podrían abrazar a dos personas juntas.

Algunos cetreros cruzan el alambrado con sus aves en el brazo. Los demás esperamos sobre un terraplén y observamos el espectáculo. Abarquero escucha a su maestro, el ex vocalista de Vox Dei, Ricardo Soulé (ver columna), y luego revela: “Yo empecé de niño, tenía siete años y ya me gustaban los halcones. Lo conocí Ricardo a esa edad: él era el pionero de la cetrería en la Argentina. En esa época no se sabía casi nada de la actividad y él tenía sus halcones. Fue mi maestro. Después hice mi propio camino”. Es común que la cetrería se aprenda como oficio. La experiencia es lo más importante y los secretos se transmiten de generación en generación.

El público comparte largavistas, se sube a los capots de los autos y se ataja el sol con las manos. Todos esperamos el momento de la acción. Queremos verla volar alto, queremos verla en plena caza, queremos ver cómo se devora a su presa. Pero el águila mora no tiene ganas de cazar. Da una vuelta y pronto regresa a posarse sobre el brazo de Luis Linguido.

Gol en contra

Son las cuatro y media de la tarde y es el turno de Laomedonte, el rey del aire, el halcón de Soulé. La escena se repite: la gente comparte largavistas, se sube a los capots de los autos, se ataja el sol con las manos. Soulé se aleja por el campo con su halcón. Sólo se oye el canto de los teros y de algún chimango que está de paso. El resto es silencio. Los espectadores se pegan al alambrado como si fuera la valla de un recital. Todos quieren estar en primera fila.

Alguien grita: “¡Cazó, cazó!”. A las cinco de la tarde Laomedonte cazó. Pero el hecho no es digno de ser festejado: Laomedonte atrapó una lechuza. O lo que es igual: Laomedonte metió un gol en contra. “No es muy bueno agarrar una lechuza. No es lo que buscamos. La lechuza también es un ave rapaz y muchos cetreros comienzan con ellas. Pero bueno, Laomedonte tiene 40 kilómetros de andar en auto y está cansado. No es un situación normal de caza”, explica Soulé mientras alimenta al ave con pollo crudo. Comienza a oscurecer. El cielo está rosado y la jornada de caza se da por concluida.

Ahora vamos a comer torta casera, a tomar café y a conversar sobre los vuelos del día. Ahora Linguido va a entregar diplomas a los participantes y va a rifar banderines y calcomanías. Ahora los cetreros se abrazan, se agradecen y se emocionan. Son una gran familia que se despide luego de compartir un asado dominical. Aunque es sábado y muchos acaban de conocerse.

Una tipa rapaz

El domingo a la mañana, después de desayunar y de cargar el termo para el mate, la mayoría emprende el viaje de regreso. El encuentro se va apagando y a las dos de la tarde quedamos 20 personas. Hace frío y caminamos hasta una laguna para que Cleta atrape al deseado pato. Arturo suelta al águila y sigue su vuelo con la fascinación de un enamorado y la concentración de un matemático. Casi nadie presta atención cuando al fin sucede: Cleta hace un lance perfecto y atrapa a una gallareta o un “falso pato”, como le dicen en el campo. Arturo corre, se mete en el agua helada, atraviesa los juncos, rescata a la presa y vuelve empapado y feliz con el águila en el brazo y la gallareta en la mano.

El encuentro ha terminado. Tres días intensivos de caza con dos presas. La mayoría de los participantes se fue sin haber cazado. La mayoría de los espectadores se fue sin haber visto cazar. Pero eso a nadie le importa.

La cetrería es un arte y, como todo arte, es un fin en sí mismo. El sentido está en sostener la presión de las garras sobre el brazo izquierdo, confiar en que el ave va a regresar, disfrutar del campo. Lo que importa es aprender a mirar el cielo y a seguir el vuelo. “Todo lo demás deja de existir. Cuando uno sale a volar el tiempo se detiene”, dice Abarquero. Y tiene razón.