– Lo que todos sabemos es que el Instituto Nacional de Tecnología Industrial, como su nombre lo indica, desarrolla conocimientos que apuntan al sector productivo. ¿Cuál es el fin de un centro tecnológico enfocado en discapacidad?
– Básicamente, nuestra responsabilidad es utilizar la tecnología con una orientación puesta en la persona. Así como muchas veces trabajamos para facilitar y asesorar a la industria, en este caso, estamos pensando en los problemas y necesidades de la gente. Montamos un observatorio de problemas y necesidades desde el punto de vista de la salud, y concentrado bastante en la discapacidad, por la discriminación que hay. Y a partir de ahí, buscar soluciones, que estén al alcance de la persona, y lo más cerca posible de su casa. Es decir, sustituir todos los movimientos que hay que hacer con la gente llevándolos, darles el trato debido cuando hay un sistema de salud en el que las obras sociales sólo brindan una atención muy superficial. Más que a inventar, apuntamos a que una funcionalidad y una calidad dada tengan un precio accesible, ya sea para la persona, si es un dispositivo, o para el Estado, para que los hospitales públicos puedan tenerlos. Nos ocupamos de mejorar la vida de la gente, hay que enfocar en las personas, y no en el negocio.
– ¿Cómo se logra ese objetivo?
– El programa fundamental que llevamos desde el Centro de Tecnologías para la Salud y Discapacidad del INTI fue creado hace cinco años. Comenzó con una preocupación de que las personas con discapacidad necesitan dispositivos que el mercado no se ocupa de proveer. Elementos asistivos como un bastón, una silla de rueda, una muleta, un andador, un soporte para entrar a la bañera sin caerse, o sillitas postulares para los chiquitos que realmente no tienen posibilidad de estar atendidos. A estos elementos de discapacidades motrices les incorporamos otros que asisten a discapacidades auditivas, y otros que nos ayudan a prevenir la discapacidad visual. Lo primero que hacemos en el centro es diseñar estos elementos para que estén al alcance de toda la gente.
– El de los discapacitados es un sector social muy numeroso.
– A veces uno se asombra de las cifras: en la Argentina se calcula que hay 4 millones de personas con algún tipo de discapacidad, por lo menos un millón y medio de discapacitados motrices, y casi 800 mil personas con discapacidad auditiva, distribuidos en todo el país. Algunos son sordos muy fuertes, pero muchísima de esta gente necesita audífonos. El audífono no es un elemento barato, y no es fácil de usar, y chifla, y la gente finalmente lo termina usando en el bolsillo, porque muchas veces, además, les da vergüenza ponérselos.También en discapacidades visuales hemos trabajado en prevención y en asistencia.
– ¿Usted dice que el mercado no está en condiciones de proveer dispositivos, o que no están al alcance?
– No hay dispositivos producidos en todos los lugares del país, por lo tanto no hay dispositivos personalizados. Sobre todo, el interior del país tiene que adquirir en los centros urbanos, y especialmente en Buenos Aires. Y la discapacidad es un problema que influye mucho en la salud. Una persona en una silla de ruedas tiene la cabeza para un costado o para el otro, es más gordo o más delgado, etcétera. Es decir, no es tan fácil hacerlos a distancia. Por otro lado, siempre a estos dispositivos les pasa algo, hay que repararlos. Son cada vez más sofisticados, pero más inaccesibles a la gente. Todo esto está pasando en medicina también. Toda la aparatología está conduciendo a equipos cada vez más caros, se supone que más precisos, pero cada vez más difíciles de mantener.
– Maquinaria que puede fallar, y diagnosticar mal…
– Exacto. Termino de leer un artículo donde la Comisión Nacional de Médicos de los Estados Unidos dice que, por errores de los médicos derivados de los errores de los equipos que usan para diagnosticar, mueren 100 mil personas por año. Quiere decir que cuando tomaron información de un electrocardiógrafo, o midieron valores en ciertos análisis clínicos, cometieron errores importantes porque los equipos no estaban bien calibrados.
– ¿Qué ocurre aquí?
– En nuestro caso, me parece un disparate total la situación con equipos electromédicos como el cardiógrafo, o como el desfibrilador, que es el dispositivo que se usa para resucitar un muerto, digamos. Estos equipos cada tanto se descalibran. No sólo por golpes, por caídas, por mal uso, por tiempo… Hay que calibrarlo.
– ¿Cómo se calibran los desfibriladores?
– Con un aparato que se llama analizador. Cuando yo preparo un curso de capacitación a distancia para el mantenimiento de estos equipos, me doy cuenta de que realmente no hay a quién capacitar, porque está destruido todo el parque de equipos de mantenimiento del sistema hospitalario. Advierto que los analizadores son vendidos por una única firma, que da una garantía de un año. Eso significa que al año hay que mandar al analizador a los Estados Unidos, para calibrar el equipo, y poder seguir usándolo. Me pareció muy raro eso. Entonces, salgo a averiguar qué pasa, y descubro que casi nadie lo manda a calibrar. Por el tiempo, por el costo, por el trabajo. Entonces, desde el INTI abro un programa de calibración y control de estos equipos, que nos permita mantenerlos aquí, sin necesidad de mandarlos al extranjero.
– Usted hablaba antes de aportar soluciones. ¿De qué manera el INTI está aportando soluciones concretas a personas concretas?
– Cuando empecé con la dirección del centro, hace ocho años, enfoqué en la discapacidad. Me encuentro con un 10 por ciento de discapacitados, más de tres millones de personas en aquel momento. Y estaba yo solo. ¿Qué hacemos? Uno no sabe por dónde empezar. Acordamos con el presidente del INTI de entonces que íbamos a crear este centro de tecnología para la discapacidad. Después le agregamos todo lo vinculado a salud, porque el INTI no trabajaba aún con este tema. Con mi historia de pymes, pensé que lo que teníamos que hacer eran pequeñas pymes para fabricar las sillas de ruedas, los elementos, en Formosa, en Santa Cruz, donde la gente está. Cuando empecé a hablar con mis colegas amigos, me dijeron: “Rafael, esto no es negocio. ¿Hacer dispositivos para pobres, y discapacitados, y del interior del país, y encima para obras sociales, que generalmente no pagan?”.
– Ningún empresario en su sano juicio emprendería algo así.
– Y, claro. Me quedé duro, me pregunté: “¿Qué hacemos? ¿Dónde tenemos gente con capacidad para hacer estas cosas, pero que esté en todo el país?”. Obviamente, la respuesta era, de cajón, la escuela técnica. No hay escuela técnica que no haya hecho algo para un hospital, para arreglar la cama, o una silla de ruedas. Entonces, acordamos con el entonces ministro de Educación, Daniel Filmus, pero fundamentalmente con la directora ejecutiva del Instituto Nacional de Educación Tecnológica (INET), María Rosa Almandoz, que por suerte continúa y tomó el tema con mucho entusiasmo, hablamos con la Comisión Nacional Asesora para la Integración de Personas Discapacitadas (CONADIS), y empezamos a pensar en este programa social, tecnológico y productivo.
– Entonces, ustedes diseñaron la tecnología, hicieron los planos, los pusieron a disposición de los chicos…
– No los ponemos a disposición, porque no lo agarran. Hay que mo-ver-se. Tener contacto con los directores de las escuelas, con los directores regionales de educación técnica, de educación especial… Hasta que una escuela se decide a hacer, y tímidamente hace, una muleta, pasa mucho tiempo. Y empezaron a aparecer los problemas. A la primera convocatoria, vinieron cincuenta escuelas técnicas del país, dispuestas solidariamente, la gente estaba muy entusiasmada. Pero cuando volvieron, no había demanda. Nosotros pensamos que los hospitales iban a hacer pedidos, pero nos decían que ellos ya tenían sus propios proveedores… De todos modos, aparecía alguien que pedía. Cuando esto pasaba, la escuela se movilizaba, miraba pieza por pieza los planos del INTI, y cuando salían a comprar, en Tucumán, por ejemplo, en ningún lugar se conseguían los elementos. Y olvidate de responsabilidad social empresaria, los proveedores pasaban precios diez veces más caros que acá.
– Bastante frustrante, como inicio.
– Sí. Hubo que superar todas estas cosas, y por suerte se encontraron caminos muy importantes. El ministro de Educación actual, Alberto Sileoni, escuchó los relatos de los chicos que habían hecho dispositivos para otras personas, y entendió lo que estaban haciendo, y para quiénes lo hacían. Le contaron que entregando estos equipos a personas con gran necesidad se dieron cuenta de que todo lo que estudiaron no era en balde. También que se emocionaron con los chicos beneficiados, y que lloraron con sus madres. Sileoni lagrimeó.
– Es que todo esto es mucho más que fabricar y entregar una silla de ruedas.
– Totalmente. Esto apunta a darles un sentido a su vida. Ven que lo que ellos hacen, sirve para algo. El ministro dispuso una convocatoria a todas las escuelas especiales donde asisten alumnos discapacitados. Les hizo llenar un formulario diciendo no qué necesita la escuela, sino cada alumno que asiste a ella. La verdad, la valentía de un funcionario, de querer saber qué hace falta, no es común, porque la mayoría tiene miedo. La respuesta fue que 400 escuelas especiales del país llenaron las solicitudes, diciendo: “Bueno, yo necesito tres sillas de ruedas, dos sillas postulares, diez bastones”, y a partir de ahí, apareció la demanda clara. Ubicamos las escuelas técnicas cercanas a esas escuelas especiales, las hermanamos, y el año pasado empezó un proceso donde esto comenzó a marchar. Aunque el INTI no puede financiar, para reforzar compramos elementos en forma económica, controlamos la calidad y enviamos el paquete a los lugares donde no pueden conseguir los materiales. Recorrimos todo el país, y el trabajo está en pleno funcionamiento. Estamos muy orgullosos.
– Se puede considerar satisfecho.
– De ninguna manera. En realidad, apenas comenzamos. Hay demasiada necesidad a nuestro alrededor.