“Hay que industrializar la ruralidad. Si logramos eso, la industria se federaliza sola. Hay que pensar en un desarrollo industrial de las producciones de la provincia: leche, mandioca, banana, pomelo. El caso de la mandioca es un caso wwwigo. No se produce hoy en Formosa, se trae desde Paraguay y desde Misiones. Los productores formoseños venden la mandioca fresca”, dice Mario Jarzinsky, el responsable del INTI Formosa.

A la frase de Mario la acompaña la escucha atenta del equipo que comanda: Darío Vergara (ingeniero industrial de la UTN Santa Fe. Se encarga de generar proyectos, capacitar en planes de negocios y evaluar proyectos de inversión) asiente con la cabeza, ceba mates Clíber Rivarola (pasante, estudiante de ingeniería, hace la asistencia administrativa y se encarga de los diseños de las obras: diseñó hace poco un carro recolector que todos elogian); apunta Ricardo Velazco (ingeniero en alimentos). El INTI Formosa se toma un rato para explicarle a este cronista cómo es la tierra que está pisando, cua´les son sus fortalezas y debilidades, cuáles sus objetivos y, sobre todo, cuáles sus sueños. “Formosa tiene Pymes familiares muy pequeñas y un desarrollo muy incipiente en lo industrial. Nosotros recepcionamos diferentes demandas. El estado provincial se apoya en nosotros para controlar estaciones de servicio, controles de las balanzas comerciales, pero también estamos abiertos a empresas pequeñas que ya empiezan a acercarse, como las pymes de alimentación”, completa Mario. 

Se paran y apuntan en el mapa de Formosa que está en la pared: la provincia mide 72000 kilómetros cuadrados (Entre Ríos mide 78000, Misiones 29000), pero tiene el 80 por ciento de su población concentrada en su ciudad capital. En la provincia viven 527.895 personas según el Censo 2010. Eso implica una gran región con pocos habitantes que carecen de servicios básicos y llevan décadas en un economía de subsistencia. De esa encrucijada se propone salir el INTI. 
 
Un modelo de provincia

“El 85 por ciento de lo que hay en la heladera de los formoseños viene de afuera: leche, pollo, carne roja, tomate. En Formosa tenemos que producir lo que consumimos. Creemos que hoy están dadas las condiciones para empezar ese proceso. Pero se trata de pensar en concepto: ¿Queremos corporaciones que lo hagan o queremos revalorizar nuestras economías regionales?”, se pregunta Mario.

“A nosotros se nos plantea la disyuntiva asistencialismo tecnológico versus servicio tecnológico. ¿Qué hacemos con el ladrillero que trabajo en medio del monte?”. Esa pregunta distingue a este equipo de cualquier otro. Y es la máxima que los lleva a sostener un grupo  de trabajo sólido que anda por lugares inhóspitos dando talleres de teñido con fibras naturales (en Ramón Lista y Mataco, distritos del extremo Oeste de Formosa, en el límite con Salta), montando una panadería en Juárez o trabajando con pueblos originarios de Bermejo.

La tienen complicada los muchachos porque tienen que despabilar a una provincia con pocos recursos y una escasa historia en la industrialización de sus producciones. Pero no se achican. Trabajan con comunidades aborígenes tobas (que usan lana) y wichís (usan a fibra de chaguar), nueve en total, distribuidas en diferentes regiones de difícil acceso por la severa falta de caminos. Así y todo, asociándose con la Fundación Gran Chaco, lograron implantar 1000 hectáreas de algarrobo como parte del plan provincial y nacional, con el fin de hacer un uso maderable de ese recurso, pero también con el objetivo de hacer un uso industrial de la algarrobo, esa chaucha bendecida de la que se extrae una harina con presencia de minerales, carbohidratos, proteínas, fibras y vitaminas en altas dosis.

La semilla que pone en tierra el INTI tiene una maduración de cinco años, planean. Ese es el plazo en el que, creen, los proyectos que hoy tienen en forma experimental, en mente o en una carpeta verán sus frutos. Serán flores perfumadas para la olvidada Formosa.