Desde una de las calles embarradas de Paso del Rey, se asoma al galope montando a su bayo, dando indicaciones por teléfono para llegar a su casa. Retumban los cascos del montado de Claudio Agrelo, surero de pura cepa, hombre que cree que todos los caballos de los alrededores son pensionados: los guardan en garajes en donde los conservan hasta que sus dueños llegan los fines de semana para correrlos. Al lado de la casa de Agrelo hay una pista de equitación. Desde su morada pueden verse a los jinetes, suspendidos en el aire, por efecto de la pared medianera tapando la visión. “Nosotros -involucra a su familia- somos más criollos. Vamos al centro tradicionalista El Rodeo, de Puente Márquez, un campo de siete hectáreas donde hacemos jineteadas. Hay algunos que juegan y hay otros que tratamos de ser auténticos”, se diferencia. Es que lo suyo no es una postura, sino una forma de vida: el hombre anda de a caballo en la ciudad. El 20 de junio celebró el Día de la Bandera montando su pingo con un grupo que salió desde Avenida Belgrano y Defensa, en el corazón de San Telmo, hasta su casa, en Paso del Rey, al oeste del conurbano bonaerense. El 17 de agosto hará una travesía similar con punto de salida en Plaza de Mayo.
En el fondo de la casa descansan sus caballos, algunos obsequiados por sus mejores amigos. El fotógrafo aprovecha los últimos rayos de sol de una tarde fría, y Agrelo se dispone a posar cerca de su criollo, al que por las dudas le peina las crines. Mientras, sus tres perros revolotean por la presencia ajena y buscan ganarse unas caricias foráneas a cambio de lamidas furtivas. El se saca la pelusa de la pilcha -otra tradición que conserva orgulloso, porque es coqueto- y confiesa: “No pierdo las esperanzas de que ‘Patrón’ alguna vez me diga ´buen día´, por lo inteligente que es”. Patrón es uno de sus tres Border Collie.

GUITARRA VAS A LLORAR. En el living de su casa, hecha con sus propias manos, cuelgan decenas de rebenques. Unas de las piezas resulta invalorable: es de 1840. “Voy a La Rural todos los años, junto cucardas blancas. He ganado un par de premios Santos Vega por mi música también, pero al final todo es muy costoso, no hay premio en dinero, y cuando reparo en los costos que significa participar, me doy cuenta que me gusta, pero no es joda lo que vale todo esto”, señala al voleo. En un rincón el fuego se consume sin rencor, como la tarde, y la pava que cuelga sobre el hogar a leña pide más calor para los mates que se vienen para acompañar una torta de mandarina y nuez, creación de su mujer, Patricia. En una esquina, la guitarra espera, pero Agrelo la arrebata de su silencio con un manotazo y la apoya contra su falda. Descendiente de una tradicional familia de criollos y artistas destacados (es sobrino nieto de Don Juan Alais, primer compositor y guitarrista argentino que interpretó música criolla en el Teatro Colón), su formación musical es netamente intuitiva, tiene un estilo propio, personalizado e intransferible. Acaba de editar “La huella larga” (ver recuadro). Entre sus obras se encuentran la mazurca “Changa noble”, la ranchera “Vivo como canto” y la milonga “Destino trovero”, entre muchas otras.
-¿Cómo empezó en la música?
-Tenía 15 años cuando hice actuaciones en distintos programas radiales, como “Un alto en la huella”, del recordado Miguel Franco; a partir de 1981 ocupé un espacio estable en “Folklore en 870”, el programa de Horacio Alberto Agnese por Radio Nacional, durante cinco años.
-¿Cómo ve a la música surera?
-He visto que en El Federal han sacado una tapa sobre música surera y eso es muy importante para la difusión. Pero no hay muchos músicos sureros nuevos. Facundo Picone, ponele, que es un discípulo de Omar Moreno Palacios, pero no hay cantos sureros de la juventud. Por supuesto que Omar es un referente, como José Larralde, como Lucía Ceresani en las mujeres. Pero ya no tenemos a Suma Paz ni al Negro Luna. Necesitamos una línea nueva: hay un espacio vacío a cubrir, y yo estoy dispuesto a hacerlo en los festivales grandes. Hay que refrescar la sangre surera. Yo, sin pedantería, estoy para cubrirlo; como dice Mirtha Legrand, hace mucho que vengo remando. Empecé a los quince y tengo cincuenta y tres.
-Pero, ¿qué pasa en los festivales?
-¿Qué va a pasar? Que quieren “palmas, palmas, palmas”. En Cosquín invitaron este año a Omar (Moreno Palacios) luego de cuarenta años. El dijo: “Miren que dentro de cuarenta años voy a estar de nuevo de gira, ¿eh?”. El músico surero es un músico solitario, que vive en la llanura. No es como el correntino que grita ¡sapucay! y tiene eco. Nosotros somos nostálgicos y no tenemos nada. No tenemos refuerzos. Fijate el ejército que tiene el Chaqueño (Palavecino) cuando sube al escenario y Peteco (Carabajal), que hasta saxo tiene.
-¿Cuáles son las excusas que ponen los organizadores?
-Las mismas que te dan las discográficas: que no vendemos. ¿Cómo lo van a vender si nunca lo muestran? Hay gente que no sabe qué es un prado, un triunfo o una huella, danzas sureras, una danza lenta y nostálgica. Mi viejo decía: “Bajo de mí, mi caballo; sobre de mí, mi sombrero; y sobre mi sombrero, Dios”. El negro (Argentino) Luna se subía con su guitarrita. Es como decía Ringo (Oscar Natalio Bonavena): “Estás tan solo que hasta el banquito te sacan”. No hay Yupanquis, no hay Larraldes, pero cuando Larralde toca, te llena un teatro él solito.
-Su árbol genealógico es bien criollo, ¿qué es la identidad para usted?
-La autenticidad. Desgraciadamente, el sistema de progreso de hoy no le da pelota. Acá en mi casa no tengo gas natural, yo me caliento con fuego a leña. Yo vivo a la usanza porque me gusta. Atahualpa decía: “Aunque sea gaucho no me tengo que limpiar el culo con la espuela”. A mí me gusta vivir así y me gusta vestirme así; no lo hago para la foto, voy así a todos lados. Si voy a una fiesta me pongo el chiripá, llevo el cuchillo, las galas, como le digo. Me gusta tener la mejor pilcha. Hoy fui a Sadaic (Sociedad Argentina de Autores y Compositores) y me fui vestido como me ves. Mi mujer me dice “cambiate que te van a sacar cagando”. Y yo le digo: “Me van a sacar fotos”. Mi abuelo y mi padre eran iguales a mí. Los genes tiran. Será la magia de la guitarra.