Una fina llovizna acompaña la caminata por una calle del barrio de Barracas enmarcada de árboles, que llevan a la casa de una leyenda del arte argentino. Se abre la puerta y Eduardo Mac Entyre recibe con una sonrisa y un abrazo que disipa el frío húmedo de esta mañana otoñal. Un gesto que de algún modo resume a su obra, sugestiva y cargada de sabiduría, como la charla en la que invita a sumergirse, rodeado por sus pinturas que exhibe en una de las salas de la enorme casa que habita desde hace más de 40 años y en cuyo último piso se alza el taller de donde surgieron las más destacadas obras de uno de los fundadores del “Arte Generativo” que durante décadas encabezaron las principales exposiciones en el exterior.
Eduardo Mac Entyre nació en 1920 en Barracas, y con sólo 13 años ingresó como aprendiz en los talleres de Vialidad Nacional mientras estudia dibujo industrial en la escuela nocturna. Con 18 años comenzó su carrera como un artista realista y sus primeros bodegones recuerdan a la obra de Zurbarán. En la década del 50 conoció a Rafael Squirru, quien lo invitó a exponer en Comte, la galería del coleccionista Ignacio Pirovano y en 1959 con Vidal y Pirovano fundan el grupo “Arte Generativo”, seguido de la redacción de un manifiesto y definiendo como Arte Generativo la acción de crear y generar una obra dejando de lado el modelo, la figura humana y los objetos, que hasta entonces eran el punto de partida. Los artistas generativos buscaban una esquematización ideal de la naturaleza. El elemento básico con el que cuenta Mac Entyre para lograr su objetivo es la perfección de su técnica y el círculo como modelo, forma que considera perfecta, que contiene vibración y movimiento en sí misma y que se encuentra constantemente en la naturaleza. Miguel Angel Vidal utilizaba la línea recta, Ary Brizzi, planos de color y Carlos Silva lo hacía a través de puntos.
Su obra fue exhibida en París, México, Caracas, Bonn, San Pablo y Estados Unidos. Es uno de los artistas argentinos mejor representados en los museos de América y una usina creativa que a los 82 años sigue funcionando con el vigor de la juventud. ¿El secreto? Lo revela él mismo: “Fuerza de voluntad y un carácter muy fuerte, las dos cosas que hay que tener. A quienes se inician en este largo camino del arte les puedo decir que la improvisación da una obra floja que se ve con el tiempo. Hay que tener la humildad necesaria para poder empezar de cero y estudiar a los grandes maestros, luego buscar su propia imagen, y ser libre. Yo siempre voy más allá, no tengo límites, como buen escocés”.
Mac Entyre se levanta para señalar las obras de generosos tamaños con figuras geométricas, fruto de su investigación sobre el arte generativo y que datan de diferentes épocas desde 1960 a 2010 y las “cajas” donde la visión de la figura aparece distorsionada y cambia al interactuar el observador. Una técnica que le valió ya en la década del 60 un Primer Premio otorgado por un jurado internacional en el Museo Nacional de Bellas Artes.

– ¿Cómo surge el  arte en su vida?
– Comencé a los 14 años, alentado por mi madre, porque si no me rajaba a jugar al fútbol. Cosa que hacía de todos modos… A medida que avanzaba, mi madre me compraba pinturas y pinceles, y con cada logro me incitaban a que probara y me animara a más. También mi abuelo alentó mi vocación. Era un personaje muy culto, periodista belga, que escribía para diarios de Buenos Aires, me suministraba los elementos necesarios para mi formación. Con 18 años, yo ya tenía ideas propias y discutíamos acerca de la validez del arte de Picasso, que estaba en la cresta del éxito. Mi abuelo me provocaba para ver hasta dónde yo llegaba con mis convicciones.
– ¿Cuál fue el camino para llegar de los estudios sobre naturalezas muertas inspiradas en Chardin y en Zurbarán de sus inicios, hasta la pintura geométrica y a un manifiesto?
– Podría decir que empiezo con una formación académica, autodidacta, donde uno podía absorber toda la experiencia de los grandes maestros. Con el tiempo quise tratar de encontrar un lenguaje propio, dominando todo aquello que me nutría al inicio. Siempre busco algo más. Así, llega el Arte Generativo, un movimiento que se enmarca dentro del arte geométrico y parte del punto y la línea para desarrollar las formas. Por ese entonces nos reuníamos a pintar y hablar sobre arte, comenzamos a frecuentarnos con otros grandes pintores de Barracas y La Boca. De esa época pocos pudimos seguir, la vida te lleva por diferentes caminos y si no hay determinación, es difícil.
– El silencio, la calma perfecta, el espacio sin fin, son algunos de los atributos de sus obras. En sus pinturas el espacio es la base, la matriz eterna donde las formas nacen y eventualmente se hunden, multiplican y transforman. ¿Cuál es su método de trabajo para conseguir esas sensaciones?
– No tengo un método, soy “gánico”, si tengo ganas pinto. No tengo horario. Cada obra me lleva un tiempo determinado, nunca es igual, algunas pueden estar estacionadas por un año, siempre trabajo en más de una a la vez. En los primeros tiempos del Arte Generativo hacía bocetos, pero me quedan muy pocos porque se vendieron. Durante la primera etapa guardaba singular respeto por los aspectos simétricos de la obra, planteo que fui modificando por la adopción de una asimetría que le da mayor dinamismo a la composición y mayor libertad. Ahora ataco directamente la tela, y soy menos medido. En la tela en blanco pinto el fondo y trazo la primer curva que genera el resto de la obra. Nunca sé en qué va a terminar, me da más libertad, aparecen cosas que no imaginaba. 

Sello de calidad. Su taller es luminoso y tiene una amplia mesa de trabajo. En las paredes hay colgadas obras pintadas por sus discípulos a los que insiste en estimular en la búsqueda de su propia imagen. Orgulloso, cuenta que sus tres hijos son artistas: Cristian con quien comparte su taller y su pasión, Analía, diseñadora de moda, y Roger, cineasta. Los tres pueden desarrollar su carrera portando un apellido conocido en casi todos los museos de America Latina y Estados Unidos. Coleccionistas de todo el mundo visitan el estudio de Eduardo Mac Entyre en busca de lo nuevo. Su obra Cristo La Luz fue premiada por Fundación María Calderón de la Barca y luego donada a la Academia de Ciencias del Vaticano.
 -Generó en su obra cambios muchas veces radicales, siempre acompañado de crítica elogiosa…
-No soy de estos tipos que pueden atar fácilmente, me importa poco lo que opinen los demás. Cada serie presentada por diferente que parezca corresponde a mi espíritu creador y mi intención es sorprender y encontrar belleza. Un ejemplo es la serie de obras creadas a partir de las piezas de Arte Negro Africano de la Colección Campomar. Todo comenzó por azar frente a una talla de Africa que representaba ritos de fertilidad de la zona de Mali. De esta pieza surgieron una serie de magníficos dibujos que dieron el impulso inicial a toda la serie.
– ¿A dónde cree que se dirige su pintura hoy?
– No me interesa, no me preocupa. Fijarse metas es limitarse, yo dejo que la obra siga el curso de la creatividad.  Me motiva hacer algo nuevo, el arte de generar constantemente. Mi método es trabajar y allí en el trabajo encuentro las claves para seguir generando cosa nuevas. Si tengo ganas de hacer acuarelas, seguro serán diferentes, mucho más gestuales, con menos incidencia de la línea o la forma. Hay que tener coraje y valentía para no repetirse. No me arrepiento de nada porque siempre me di el gusto de hacer todo lo que quería y soy el tipo más feliz del mundo.