– ¿Han aumentado en  Argentina los delitos vinculados con trata de personas?
– Sí, yo diría que mucho más en los últimos diez, quince años, básicamente con el recrudecimiento de la globalización, la apertura irrestricta de los mercados, la caída de la Unión Soviética y la expansión ilimitada de las multinacionales. A través de mecanismos de tercerización, muchas empresas comenzaron a aprovechar la situación de poblaciones vulnerables, para desplazarlas de una región a otra y así abaratar costos y burlar el pago de lo que corresponde en materia de salarios y seguridad social acorde a lo que marca la ley. Esto comenzó con la industria de la indumentaria, pero también en la agricultura, en especial la que requiere mano de obra intensiva, a escala mundial. Tuvo su primera manifestación cruda en el sudeste asiático, luego se extendió a Centroamérica, y posteriormente creció como una mancha de aceite por todo el planeta. En Latinoamérica está en crecimiento desde hace por lo menos una década.
– ¿Cómo opera el mecanismo de manipulación de personas?
– A los más vulnerables se los ilusiona con trabajo estable, casa, comida, etcétera, se los desarraiga y después se los somete a servidumbre, ya sea desde una semillera, desde la explotación sexual, desde plantaciones de fruticultura u horticultura, o desde la industria de la indumentaria. Hay como 30 mil trabajadores en esta situación, sólo en los talleres porteños.
– Cuando lo acusaron de hacer eso en un campo propio, el diputado salteño Alfredo Olmedo dijo que los trabajadores golondrina duermen en el piso por una cuestión cultural.
– Sí. Un delegado de un frutillar muy importante allanado en Sierra de los Padres tuvo manifestaciones similares refiriéndose a los bolivianos, y también el juez (Norberto) Oyarbide, refiriéndose a los talleres clandestinos de la marca “Soho” utilizó conceptos similares, eso sí, más rebuscados jurídicamente. Trató de emparentar el trabajo esclavo con prácticas ancestrales de pueblos originarios. Cuando el fenómeno se vuelve masivo, se le trata de buscar una justificación teórica o antropológica, cuando lo que en realidad se está haciendo es tratando de ocultar el trabajo esclavo y la reducción a la servidumbre de las personas. Claramente hay una industria montada detrás de la explotación laboral, donde están involucradas fuerzas de seguridad, que participan de situaciones de cohecho, empresas de transporte, empresas de comunicación, que a veces publican sistemáticamente avisos engañosos, agencias de empleos, agencias de colocación, y hay una relación directa entre vulnerabilidad, clientelismo y trata. Este verano, por ejemplo, lo hemos visto en el caso de los santiagueños que trabajaban para distintas semilleras como personal golondrina. Eran reclutados por agencias de colocaciones, pero en general fuera del período de cosecha son personas que viven de planes sociales. Algún puntero media con la necesidad de ellos, y es el mismo que luego pacta con las agencias de empleo su colocación en condiciones laborales realmente espantosas.
– ¿Intenta decirme que los planes sociales pueden ser funcionales a la existencia de este tráfico humano?
– Lo que estoy diciendo, precisamente, es que está demostrado en el ejemplo de los santiagueños, que la mayor parte del año vivían de planes sociales y estaban a merced del puntero que los manejaba. En el abuso  del clientelismo está la base y el caldo de cultivo para la manipulación de la vulnerabilidad de las personas. Lo que debe hacerse es retomar lo que había en los viejos convenios, reconocer la categoría de aprendiz, volver al respeto a rajatabla de los convenios colectivos de trabajo, terminar con la modalidad de trabajo basura.
– Pero la vuelta a los viejos convenios parece emparentarse con un formato de gremialismo que ya no existe…
– Nosotros somos partidarios de la democracia sindical. Creemos que las bases deben ser consultadas antes de la discusión de cada cuestión paritaria, que no solamente es el salario, sino las condiciones del trabajo. Tiene que haber un sindicato por cada rama de producción, no doscientos, porque la experiencia chilena, o la del sudeste asiático, han demostrado que la atomización en muchísimos sindicatos dentro de una misma rama de producción, lo único que hace es degradar las condiciones laborales de los trabajadores. En Bangladesh hay más de cien sindicatos en la industria de la indumentaria. En la Argentina el problema de los sindicatos es que están burocratizados, con gente cooptada por sectores de la patronal, que han dejado de defender el interés del obrero, entonces hay una pelea para tratar que esos sindicatos vuelvan a ser lo que eran en sus orígenes.
– ¿Eso es lo que hacen en la Cooperativa La Alameda?
– La Alameda comenzó como una asamblea barrial de Parque Avellaneda, con el estallido del 19 y 20 de diciembre de 2001. Los vecinos se juntaron en Directorio y Lacarra para cacerolear y prowwwar. Pero en el verano de 2002 se constituyó como una Asamblea propia y comenzó a ocuparse de los problemas más urgentes del barrio, que el Estado había abandonado. El problema en Núñez o en Belgrano era el corralito. Pero en Floresta y Parque Avellaneda, nuestro problema era el hambre y la desocupación, y por eso la Asamblea comenzó con esa impronta de defensa de los más vulnerables. A las ollas populares, o clubes del trueque, le sumamos cooperativas de trabajo en busca de condiciones dignas. Como en nuestro barrio los más vulnerables son los trabajadores bolivianos, a partir de ahí comenzamos a detectar que había un problema de súper explotación salvaje dentro de talleres clandestinos que había en el barrio, que estaban disimulados detrás de casitas aparentemente cerradas. Nos fuimos familiarizando con el tema cuando empezaron a aparecer los casos de mamás o trabajadores con tuberculosis, con neumonía, con anemia, o con trabajadores que eran echados de un taller y tenían que dormir en La Alameda. Cuando entraron en confianza, nos contaron cómo funciona esto, y empezamos a investigar. Allí pudimos hacer las primeras denuncias de lo que después fue la megacausa de la industria textil, que comprende a 103 marcas.
– Si no me equivoco, son marcas que venden la indumentaria a precios altísimos, pero tienen costos  ínfimos.
– El costo de producción no supera el cinco por ciento. Los trabajadores que están en estos talleres laburan desde las 6 o 7 de la mañana hasta la 1 de la madrugada. Se les paga por prenda, o sea que no tienen un salario fijo, y muchas veces el pago no se realiza en los términos verbalmente pactados. Están encerrados en hacinamiento y en habitaciones pequeñas, y trabajan por menos de la mitad de un salario de convenio, el doble de horas de lo que corresponde por ley. Estos trabajadores no tienen libertad ambulatoria durante la semana. Sólo los fines de semana los dejan salir un rato los sábados a la tarde o los domingos, y en general en el radio donde se ubica el taller, donde se los puede vigilar. Muchos de estos talleres trabajan para las grandes marcas, que tercerizan en ellos la producción. Cheeky, Soho, Awada y Kosiuko, por ejemplo, tenían una relación directa con los talleres clandestinos, mientras que otros como Puma, Le Coq Sportif o Arena utilizaban intermediarios que escondían la tercerización. Para que te des una idea, deducidos todos los gastos e impuestos, a la marca le queda una ganancia del 30 por ciento, y, si no hay intermediarios, hasta un 50 por ciento.
– Desde La Alameda denunciaron cuantiosos casos de trabajo esclavo, de prostitución, de trabajo infantil. ¿Qué han logrado con eso hasta ahora?
– Que el trabajo esclavo se haya transformado en un tema de la agenda pública de la clase política a escala nacional. Este es un gran mérito de La Alameda. Como la denuncia del trabajo esclavo en el campo. Conseguimos la Ley de Trata de Personas de 2008, y aportamos también a la modificación en la que el Congreso trabaja este año. Esto mismo lo hemos logrado a nivel nacional, y en varios distritos provinciales y municipales. No pararemos hasta que el tráfico de personas termine.