El sol ayuda a que el frío de la mañana en el otoño pampeano sea menos riguroso. Asoma tímido como si recién hubiera nacido en la línea recta del horizonte limpio de Guatraché. Sus rayos tibios disipan unas nubes finas.
En el inicio de los 30 kilómetros que separan a esta ciudad pampeana de la Colonia La Nueva Esperanza las dudas brotan como el trigo al costado del camino. “Son iguales a nosotros”, apacigua María Estela Campo Kihn, la guía de turismo local que tiene la llave social para que la prensa pueda pasar las tranqueras abiertas de la colonia menonita, que este año cumple 25 años en la Argentina, pero viene de algunos desengaños con el periodismo. Todavía está fresca la visita furtiva que en 2009 hiciera el programa de TV de Samuel “Chiche” Gelblung, quien los filmó sin pedir permiso y se permitió reírse de los beneficios de una vida ligada a lo profundo. Por eso, algunos habitantes escapan a la cámara de fotos y evitan dialogar con las visitas. Estela es quien abre las puertas a pesar de esas heridas.

Subtítulo. Manos menonitas.

Enrique elabora salamines con su padre, Juan, quien hace poco debió levantar su casa tirada por el viento. Tiene el chico una timidez que apenas le entra en los ojos azules y parece impropia de alguien tan alto. Enrojece cuando se le elogia su trabajo, casi no habla español a pesar de que nació en La Pampa hace 17 años.
La Nueva Esperanza es el nombre de la colonia que funciona como una asociación civil y es el mismo que ostenta la quesería más grande: procesa 9 mil litros de leche por día, de los cuales resultan 900 kilos diarios de queso en dos variedades: pategrás y sardo, este último saborizado. Lo cuenta Gerardo, un hombre de sonrisa explosiva y buen castellano que trabaja hasta las 13 en la quesería y luego, con el mismo overol, se vuelve carpintero en su casa para hacer muebles de madera. Pedro, uno de sus siete compañeros, anota los quesos vendidos después de terminar de cargar un camión que llega desde Santa Rosa. Guarda la birome en el bolsillo que se abre en el pecho de su enterito y vuelve a la labor. “¿De dónde son?”, pregunta Gerardo a las visitas, mientras da vuelta las páginas de la revista y recomienda dejar estacionar los quesos porque tienen sólo una semana de elaborados. “Se puede comer ahora, pero después es más rico”, avisa sin hacer sonar la erre.
David es simpático y atento. Los sorprendemos divirtiéndose en una bicicleta fija que está al costado de uno de los almacenes de la colonia, en donde los precios son mucho más bajos que en el centro de la ciudad. “Se ve que hay gente con plata”, dice alguien -en un raro castellano- que vuelve a encontrarse con nosotros en otro de los negocios. Sonríe, se presta para las fotos y sube de un salto al booguie del que tira un caballo, el único medio de transporte permitido por la religión, ya que no usan automóviles.
Tienen un humor chispeante pero sin maldad, mezcla de inocencia y sabiduría. Pero ese no es el único atributo de los menonitas. “Trabajan muy bien”, comenta un camionero mientras observa cómo dos colonos cargan el último de los tres silos. Más allá, en un galpón cerrado, despunta la sonrisa de Cornelio, un hombre de 34 años con un talento increíble para la madera. Es uno de los 10 carpinteros de la colonia. Recibe pedidos de todos lados. Lo cuenta mientras discurre acerca de su futuro. “No quiero hacer más esto porque estoy todo el día encerrado acá. Me gusta más el campo”, dice. Jura que no recibirá más pedidos hasta agosto porque a pesar de sus cinco empleados no da abasto. De pocas cosas es capaz de jactarse él, salvo de que es hincha de Boca, a partir del verdulero que en los años ochenta “colonizó” a la colonia con el azul y amarillo del club de la ribera. Su sueño de volver al campo tiene un freno: la sequía. La última, durísima, ocurrida en 2007. Lo desarmó, pero su espíritu tiene detrás siglos de lucha y tesón. Y ya tiene 34 terneros en producción de vacas para carne. Cerca de él trabaja Abraham, uno de los tantos con ese nombre bíblico. Su horario lo marca la luz del día: de 7 a 20. Cornelio, su maestro y jefe, tiene la fórmula de la observación para aprender. “Yo aprendí solo”, dice, mientras bromea hablando en un perfecto porteño y muestra su sonrisa al fotógrafo.
Para ellos su producción vale en función de los costos y de lo que necesitan para vivir. No hay especulación ni acumulación capitalista. De otro modo no se explica cómo una puerta de roble con vidrios repartidos cueste 1.400 pesos.

Subtítulo. Cinco siglos igual.

La tierra sedienta va y viene con una brisa apenas tenue. Es fina y se desprende de un suelo pedregoso, a pesar del cual se alzan el verde del trigo y el sorgo, los dos cultivos más difundidos entre los menonitas. La mañana alumbra ya con un sol fuerte. Los rayos golpean las chapas en la metalúrgica de Bernardo -una de las 12 que hay en la colonia-, donde dos niños -de 12 años- trabajan en la máquina fabricada con mano propia, a partir de la observación de una parecida con la que suplen cierta ausencia de tecnología. Los chicos hacen canaletas en la chapa lisa. En la escuela se forma a los niños con cálculos de pesos y medidas aplicables al trabajo. Por eso las tareas están tan presentes en la vida de los niños. De hecho, los libros para colorear tienen motivos relacionados con las tareas rurales. Metal Ber es el nombre de esta metalúrgica menonita que elabora silos con capacidad para entre tres y 120 toneladas, en esta época vendidos a Córdoba para la cosecha gruesa. “Esta semana cargamos 12 silos, pero el promedio es de 10”, dice Gerardo, que luego del mediodía trabaja en el campo de su casa y cuando cae la tarde, como cuando despunta el sol, ordeña sus nueve vacas. Lo cuenta en un castellano perfecto, apenas disuelto por la erre sin ruido. “A la noche me dedico a la novia”, dice risueño. Todos hacen todo y el hombre lo demuestra cuando después de cargar el camión con los silos, agujerea unas planchuelas.
En el campo cinco cose zapatos Juan. Se muestra tímido, pero es amable. Pide el favor de llamar un remís para que Gertruda, su hija, pueda ir al hospital a ver a su hermano, internado con problemas respiratorios. Mientras viene el auto hay tiempo para ver los tejidos y estampados de la chica, con dibujos de mates y animales. Gertruda tiene una habilidad más que la manual: posa para las fotos con gracia de modelo. Juan no quita el pie de la máquina de coser. Se altera cuando oye el chasquido de la cámara de fotos y le dedica una mirada entre curiosa y desconfiada. Cuenta sus problemas de hernia de disco a pesar de sus 35 años, los últimos tres de los cuales se vio obligado a aprender el oficio de zapatero, después de una vida en el campo. Tiene siete hijos y un origen fuera del país, como muchos. Sus padres viven en Santiago del Estero, la otra colonia menonita de la Argentina. Aquí, Juan alquila ocho hectáreas para sus vacas, pero en Santiago compró 40. “Llegué acá cuando tenía 13 años, desde México. Allá hace mucho menos calor en verano y mucho menos frío en invierno. Y no hay tanto viento como acá”, compara. Cuando llegaron, en 1986, lo hicieron con una promesa de tierras fructíferas. Pero el sueño les duró poco. Ninguna de las 10 mil hectáreas del campo que compraron tenía siquiera un atisbo de lo que les habían prometido.

Subtítulo. La organización menonita

¿Son una nación, una etnia, una raza? Tienen linaje como para creerse una etnia, la organización idiomática para saberse una nación y una historia genética que los determinaría como una raza. Pero nada de eso pretenden, más que aquello que manda Dios. “Pañuelo negro para las casadas y blanco para las solteras. En la vestimenta, a cierta edad, se usa ropa más oscura de acuerdo con la suma de años”, narra María Estela. Por lo general todos calzan zapatos y “enterito”. Camisas a cuadros, algunos con remera debajo, pero nunca con remera sola. La ropa, claro, la hacen ellos mismos. Tal vez en esa independencia esté la reticencia que algunos le tienen: no dependen de nadie, no le sirven al consumo, son insensibles a las publicidades que ofrecen los beneficios de una vida cómoda, porque todo lo que quieren lo tienen dentro. Eso es mucho para el mundo occidental. Por eso saben que aunque no lo pretendan son una atracción turística. Algunos se ríen de eso. Ana levanta el mate recién cebado y sonríe. Antes había cocinado milanesas con puré para las visitas, mientras atendía a sus mellizos con los movimientos limitados que le permite su embarazo.
Afuera ladra un perro sin nombre; ninguno lo tiene. Le dicen “perro” en su idioma. Con él juega Elizabeth, una niña de ojos azules e inquietos. Impresiona su belleza con ojos de cielo y piel transparente. La niña tiene una capelina blanca, cruzada con un moño verde y un vestido azul con una cinta roja. Debajo del sombrero tiene unos rizos ocres que brillan contra el sol. Come un caramelo, mientras su madre le sirve el almuerzo a los visitantes y se aleja de la mesa. Sólo se sienta cuando se les insiste a coro.
Aarón llora cuando se lo separa de los brazos de mamá, una mujer paciente y de sonrisa fácil, con sobrero y lentes. Lloran Isaac y Cornelio, los bellos mellizos de Ana, cuando oyen el llanto de su primo en la cuna de al lado.
Llega Abraham Loewen, un chico alto, rubio y pecoso. Porta gorra con visera, como todos. Viste overol, como todos. Y estrecha la mano mirando a los ojos, como todos. De mañana en la quesería, de tarde en la metalúrgica de esta familia -cuyos padres fueron a montar un techo en General Pico. Trabaja de sol a sol. Aquí nació hace 20 años. Su padre falleció en el campo, a los 59 años, y su madre debió dejar de trabajar por problemas en la cintura. Son 9 hermanos, con uno en la colonia de Bolivia y otro en Santiago del Estero, adonde partieron otros 90 colonos pampeanos. Allá y acá, siembran sorgo para rollos y todos tienen la huerta delante de la casa y el tambo detrás.
Los chicos son grandes desde mucho antes y los grandes son viejos desde temprano. Pero nunca cortan el cordón umbilical que los une a la tierra. “Nunca dejan de trabajar porque si no trabajan se sienten inútiles”, cuenta la guía. Aunque siempre trabajen, recién a los 21 años disponen de su dinero. Hasta entonces, dan los chicos la plata a su madre. Hasta que se case, Abraham vivirá con su madre. El casamiento será un sábado al mediodía, con ropa especial y las familias de ambos. Ocho días después los casará el obispo en la iglesia, con otra ropa: de negro la novia, que antes vistió color café. Más temprano que tarde, llegarán los hijos, pues no aplican métodos anticonceptivos. Tras el parto, la mujer se quedará dos semanas en la cama y los vecinos atenderán a la nueva mamá trayéndole comida.

Subtítulo. Tierra que me hiciste bien.

Las 10 mil hectáreas están divididas en nueve campos. Cada uno tiene un jefe que los representa, una escuela y, detrás de ella, el cementerio. “Sólo van a enterrar el cuerpo y no vuelven más”, cuenta la guía. No le rinden culto a los muertos: entierran a los suyos con una estaca sin nombre, porque cuando se van es lo mismo que cuando viven: son iguales ante Dios. Vienen al mundo con la misión de trabajar la tierra y vuelven a ella. Antes, el carpintero fabrica a medida un cajón para el difunto, cobrando sólo el costo de la madera porque sostienen que nadie debe, como en nuestro mundo, lucrar con la muerte. Se le coloca hielo seco antes de depositarlo en el ataúd y sobre el cuerpo vuelve a cubrírselo con lo mismo. La razón es que lo velan -en el comedor de las casas- después de cuatro días a la espera de que lleguen los familiares -muchas veces desde otros países- para el saludo final.
Las casas son austeras, sin adornos, sin cuadros. Un almanaque con las fechas en rojo de sus celebraciones religiosas y con las del mundo del consumo son las únicas capaces de colgarse en las paredes. Tampoco disponen de radio, ni ventiladores, ni televisores. Muchas mujeres tienen las manos lastimadas de lavar la ropa, aunque, más por necesidad que por lujo, algunas han adoptado lavarropas. A grandes rasgos, usan la tecnología pero no la tienen. Juegan al fliper pero no quieren ser la pelotita.
Son confiados, no aceptan la violencia ni las mentiras. Algunos como Juan Natero, hombre de bolsillo complejo, vive frente a la colonia y comercia con ellos. Paga con cheques a 60 días 2.500 pesos aunque deba 500 más y los ha tenido empleados en su estancia pagándoles sumas increíbles. Otros como un quesero mendocino que adeuda la nada despreciable suma de 40 mil pesos a una de las queserías. “Hay que cuidarse. Pero la gente de acá confía más en los de afuera que en los de adentro”, revela Abraham.
Nadie sueña con dejar la colonia. Irse implica la posibilidad de no poder volver y la seguridad de cortar lazos con la familia. “Nunca pasó eso”, dice la guía y desmiente una nota de una revista en donde, dice, se fraguó un supuesto menonita que había escapado de la colonia. Abraham rechaza la idea con una sonrisa cuando el periodista se lo pregunta. “Estamos acostumbrados a esta vida”, sentencia con los ojos tiernos. Y se rasca un callo que le florece en la mano.
El domingo es el día para el descanso, la familia y la religión. La de la iglesia es la única actividad comunitaria. El resto es labor. Pero nadie lo hace el domingo: no cocina la mujer ni trabaja el hombre.
Tienen hijos hasta una cantidad sólo limitada por la mano de Dios. Prefieren varones para heredarles los trabajos manuales. “Los chicos maman el trabajo desde niños y sueñan con hacer la vida de su padre”, dice María Estela.
Los colonos no reclaman asfalto, seguridad ni coparticipación por las ganancias que le generan a la provincia, a pesar de que pagan impuestos con exactitud y fueron capaces de fundar un pueblo en medio del baldío pampeano. Son tranquilos. No gritan. Si se enojan lo hacen en silencio. Dejan las gallinas sueltas y a los chicos correr. Reciben un diario desde Canadá; es todo lo que leen. No tienen fotografías de familiares, ni adornos, anillos ni crucifijos. Sus únicos feriados son religiosos: celebran reyes, pascuas, navidad. Viven en el más hermoso de los despojos. El lazo con la tierra los vuelve verdaderos, simples, tranquilos, respetuosos a más no poder. “Son puros, no tienen maldad”, resume la guía.
Cultivan la única religión que no se transfiere sino por sangre. La única que rinde culto a un Dios sin imagen y en la que todo está dentro; afuera está la materia que abona la tierra. No esperan la muerte para redimir pecados, no creen que sea para los pobres el reino de los cielos ni pagan en el presente las incidencias pecaminosas de sus ancestros.
El sol se escondió en el horizonte y tiñe de naranja una parte del cielo, que del otro lado empieza a desteñirse para recibir la noche. Cuando La Pampa muestra el ancho de su confín y la colonia menonita se desdibuja por la distancia, uno invierte la ecuación sobre la libertad, los mitos sobre el desarrollo y los mandatos del consumo. Ese mundo quieto en donde el tiempo corre de manera diferente y pura es bastante mejor que este otro -el nuestro- al que no nos queda más remedio que regresar.