Por Esteban Raies / Fotos Marcelo Arias

“Me gusta la aventura, pero me trae la fe”. El hombre que dice esta frase tiene una mochila precaria, con tiras finas y deshilachadas, calza la ropa multicolor de los ciclistas, lleva el sudor como un río que acaba de desbordarse por todo su cuerpo. Los músculos aún no se le acostumbran a la vertical que tiene ahora. Pedro Franco está en el museo del santuario del Gauchito Gil, donde el calor es como el de un horno al máximo: afuera pasa los 40 grados, adentro, sin ventanas, sin viento, con un techo de chapas, lleno de gente, debe superar los 50 cómodamente.

Aquí adentro, y después de cumplir su promesa con el gaucho heróico y milagroso, Pedro habla con El Federal. Deja apoyada una bicicleta de media carrera, liviana, pero básica, sin los beneficios con que la nueva tecnología dotó a las bicicletas. Así partió desde Avellaneda, al sur del Conurbano Bonaerense, el pasado 3 de enero y llegó a Mercedes a la tarde del 7 de enero de 2014.

Creyó que iba a sostener un ritmo como el que venía haciendo por las calles de su ciudad, en las pedaleadas por la avenida Mitre o en las vueltas por el Parque Domínico, en las idas y venidas de su casa hasta su trabajo en el puerto de Buenos Aires. Pero no pudo. “Debería estar mejor físicamente para poder sostener el ritmo que tenía pensado y que venía haciendo antes de salir a la ruta. Hacía 12 kilómetros en media hora, pero en ruta necesité 40 minutos para hacer 10 kilómetros. Sabía que no estaba entero como para hacer semejante viaje, pero igual tenía que venir al Gauchito Gil”, dice el hombre que en su casa, pintada de rojo furioso, tiene un santuario.

Franco tiene la cara ajada por el calor, vencida por el cansancio. Pero ríe feliz. Desde Avellaneda pedaleó hasta Ceibas, en el departamento entrerriano de Islas de Ibicuy, adonde pasó la noche. Las energías del inicio lo mantuvieron a buen ritmo por la ruta. Pero el camino era largo y él lo sabía. Al amanecer del segundo día en el camino partió. Subió. Pasó por Colón, Concepción del Uruguay, Concordia. Pasó la noche en Federación, bien al norte de Entre Ríos, y desde allí, pensó, salía sin observar parada hasta Mercedes. Pero en la ruta el viento soplaba con pulmones poderosos y debió hacer noche en Curuzú Cuatiá, 80 kilómetros antes. “Dormí con el techo de cielo”, cuenta Pedro.

“No fuma, no toma, no juega. El único vicio de Pedro es la bicicleta”, dice su mujer. Y Pedro lo certifica con los hechos: el hombre va en bicicleta hasta Mercedes desde hace seis años. Esta vez lo conduce, además de la bicicleta, un agradecimiento: su suegra, mendocina, padece un cáncer de páncreas y gracias a los pedidos al Gauchito Gil se mantiene en un estado de salud estable a tres años de la detección de ese tipo de cáncer que suele mortal.

Tiene tres bicicletas de carrera y su pasión es tan ilimitada que hasta les pone nombres: Constantina (por su madre) China (por su hija) y Betty (en homenaje a su mujer), que Pedro dice que es su auxilio: Betty lo acompaña con amor a todos lados y hasta está entrenada en el arte de emparchar las cámaras. “En el barrio le dicen el loco de la bicicleta”, cuenta Betty sobre Pedro, que tiene 56 años y una nieta recién nacida llamada Maia, por la que también fue a agradecer a Mercedes.

Soportó temperaturas de más de 40 grados en la ruta. Llegó a Solari, ahí cerquita del Gaucho Gil, y esperó que alguien lo llevara hasta el santuario, porque las piernas le pesaban, los gemelos le quemaban y la espalda le dolía. Pero no. Tuvo que llegar solo, solito y, claro, en bicicleta. “Sentía que no llegaba más”, dice con sinceridad Pedro, que ya se persignó, ya le habló a la imagen del gaucho salvador, ya se secó el sudor varias veces, ya pidió por su suegra, ya agradeció por la buena salud de su nieta; ya cumplió.