Texto y fotos Sebastián Salguero

“En septiembre de 2009 renuncié a la Comisión de Salud de la Legislatura de Córdoba para trabajar junto con el pueblo Wichí; se me cagaron de risa, me dijeron que estaba loco. Antes, cuando volví de España, entré al Hospital Domingo Funes, donde fui wwwigo de muchos saqueos en el sistema de salud pública y decidí renunciar para hacer medicina de una manera mas humanitaria. Entonces, también se me cagaron de risa”. Emilio Iosa, cordobés de 36 años, médico cirujano, magíster en salud pública por elección y videoaficionado por obligación, cuenta el camino que lo trajo hasta aquí.

Desde que Emilio se dedicó a la medicina humanitaria y comenzó a recorrer los pasillos de los hospitales y la política vio cosas que valía la pena contar, por lo que comenzó a documentarlas. Por esas labores ganó varios premios internacionales relacionados con la salud de las entidades más prestigiosas. Pero Emilio no renunció a los despachos de la salud cordobesa para dedicarse a la ficción cinematográfica.
 
Un día de 2008 conoció a Domingo Vaca -a Domingo Vaca, un líder carismático y luchador de la comunidad Wichí de Misión Chaqueña, en el chaco salteño- que tres años antes había creado Deuda Interna, una fundación a la que pertenece este hospital. Forjaron una gran amistad sobre la cual apoyaron un sueño conjunto: la idea un hospital móvil. Para llevarlo adelante tenían un Peugeot 505, “El Tormenta Verde”, al que le crujían los elásticos cargado de alimentos y medicamentos que conseguían de las donaciones de los amigos que quedaban en los hospitales.

Se estaba consolidando, sin que ellos se dieran cuenta, la fundación “Deuda Interna”, en la que Emilio se metió de lleno; le ocupó horas, días, cuerpo y mente. Los aliados aparecieron: empresas y las Universidades Nacionales de Córdoba y Río Cuarto, además de personalidades como Adolfo Pérez Esquivel y la abogada María Elba Martínez, especialista en derechos humanos, entre otros.

El equipo creció y la dificultad para subsidiar los proyectos, también. Pero la red de colaboradores pone su profesión al servicio de la lucha. Hay médicos que atiendan a los integrantes de las comunidades; fotógrafos y documentalistas que registramos las acciones, docentes y representantes legales para el asesoramiento; propietarios de vehículos para los traslados, como es el caso de Rodrigo Calvo, dueño de la mitad de un colectivo preparado como casa rodante que colaboró en el viaje inaugural del Hospital Comunitario Móvil “Doctor Salvador Mazza”, en la última semana de mayo, justo cuando ocurría el Tercer Congreso para la unión de los Pueblos Originarios de Argentina.

Amanece en la ruta

El hospital partió desde Carlos Paz, Córdoba, con tres médicos y este fotoperiodista más montañas de cajas con medicamentos donados por personas del extranjero y de nuestro país que forman la farmacia comunitaria. Junto con los medicamentos viajaron las prendas del ropero comunitario de Misión Chaqueña, que tiene por finalidad recaudar fondos para subsidiar los gastos del congreso: alimentos, audio, movilidad.

El viaje es largo. Las 48 horas entre personas que no se conocen forjan nuevas amistades, desnudan intimidades propia de la convivencia y descubren otras virtudes fuera de las profesionales, que no tardan en aparecen. Un médico se volvió mecánico expréss y luego de tres horas de trabajo debajo del hospital móvil -a las 11 de la noche en medio del monte salteño- arregló una manguera de aire del freno, que autobloqueó al micro y le frenó la marcha. Esa fue la la primera lección. La segunda estaba cerca: aprendimos a autoabastecernos del alambre de un campo perdido en la oscuridad.

Con 1200 kilómetros recorridos entramos en la comunidad, patinando en un lodasal imposible: hace una semana que no para de llover y el suelo arcilloso hace difícil el movimiento del coche. La plaza desolada y con abundante barro es un lugar visible y “seguro” para que los habitantes identifiquen el hospital. Algunos advertidos esperan la llegada y comienzan a colaborar con la descarga de las donaciones para clasificarlas en la casa de Marta. Pero el barro complica también el paso de a pie: hay 20 centímetros de barro en la plaza, en la calle y en la vereda. Algunos prefieren caminar descalzos porque dicen que es más seguro y otros van en grupo.

Salud y tabúes

La misión sanitaria comienza. Los pocos que caminan por la plaza se acercan por curiosidad. Tras unas horas, el boca a boca hace interesar a varios Wichís: hombres, mujeres y niños de todas las edades pasan por las tres especialidades de los médicos: Néstor Cueto en obstetricia, Ariel Gonzalez en pediatría y Emilio Iosa en medicina general.

Las atenciones son frecuentemente problemas de piel, de vista, cortes e intoxicaciones por agroquímicos. Algunas de ellas pueden solucionarse y otras son producto de las actividades nuevas que realizan los integrantes de las comunidades que están siendo tentados por la urbanización y las ofertas monetarias de personas y empresas. “Son las enfermedades que trajeron los criollos”, les dicen. Contra ellas no pueden los curanderos y “chamanes”, ni las hierbas de los montes, cada vez son menos puras y escasas por la reducida superficie que deja la agricultura.

Entonces hay que derivar a los enfermos a los centros de salud en los pueblos y ciudades lejanos, que por supuesto deberán llegar en transporte público a que algún médico criollo lo atienda si tiene lugar y si comprende su idioma. Un joven se acerca con paso lento, y la cara desencajada, ayudado por un compañero. Está casi desvanecido. Su compañero cuenta que trabajan en una empresa que no les provee ningún tipo de elemento de seguridad: manipulan los agrotóxicos sin guantes.

Gervasio Rojas trabaja en el monte con la madera. La viruta de la motosierra le ha generado problemas de vista. Son algunos de los casos que necesitan de una intervención hospitalaria que les llevará varios días para conseguir y mucho dinero por gastar.

Amanece nublado y, otra vez, lluvioso. El pueblo se moviliza por el Tercer Congreso Nacional para la Unión de los Pueblos Originarios de la Argentina, organizado por la comunidad, sin ningún apoyo del estado.

Algunas mujeres llegan al hospital y se acercan, tímidas, al lugar donde las espera el doctor Cueto. Celsa es una de ellas: tiene cerca de 80 años y dice que le duelen las articulaciones. Otras tantas se acercan, pero quieren que Cueto las escuche en privado. Se apartan unos metros. Detrás de un algarrobo añoso que suele dar sombra lo consultan sin temores. Están por dejar de lado los tabúes ancestrales: los problemas de útero, el control de natalidad, el uso del preservativo.

Luego de cinco días en el lugar los doctores tienen una nueva estadística de las problemáticas y necesidades para un futuro seguimiento de los casos si el presupuesto que recaude la fundación es suficiente para retornar.

La compleja vuelta   

Es el último día del congreso y de la misión sanitaria. Son las 14. Rodrigo, el chofer, puso a bramar el motor del micro. Los caciques e integrantes de las comunidades que asistieron al congreso están firmando el documento T.IE.R.R.A. (Tratado Interétnico para la Refundación de la República de la Argentina) y escuchando los agradecimientos de sus coterráneos.

Todo a su debido tiempo, sin apuro; como sólo un Wichí lo sabe hacer.
A las 17 Rodrigo estaba entrando en cólera. “Pongo primera y me voy”, avisó. Es preciso regresar al día siguiente para retomar nuestras actividades y nos separan 1200 kilómetros. El doctor Iosa sugirió acercar el hospital móvil hacia el mástil; sólo quedaba arriar la bandera para cerrar las actividades. El hospital se movió 20 metros y la tierra cedió bajo la rueda trasera: se hundió en un pozo invisible debajo del agua, en el centro de la plaza. Un lugareño comentó que podía ser el pozo de agua viejo del pueblo o de la iglesia.

La tripulación no piensa en eso: le preocupa cómo sacarlo mientras la rueda se hunde más hasta que la carrocería se clava en el barro. Hay un silencio hondo. Aparecen unas palas y ayudantes que cavan el barro para liberar las ruedas. Pero la ley de gravedad se empeña en funcionar cada vez mejor: el hospital se hunde cual Titanic en la película.

Las banderas Wichí, la Wiphala de los pueblos originarios y la de Argentina comienzan a ser arriadas y doblabas a la espera un nuevo congreso, mientras la noche empieza a caer como un manto inexorable sobre el monte. Con linternas, como los mineros, con ayudantes que menguan en cantidad y un pozo que crece en sus dimensiones, las tareas de rescate siguen. El metro bajo tierra que cavamos no hizo ceder a la rueda, ni las piedras, troncos y tabiques. El hospital rodante sigue sin tracción en la rueda, que escupe barro ante cada acelerada.

Son las 20. Se asoma la luz de un tractor que viajó 10 kilómetros desde el paraje Carboncitos, para socorrernos. El doctor Iosa hace de escolta como acompañante de una moto que lo conduce hasta el lugar del hecho. Enganchamos el cable de acero al micro y el tractor toma aire, acelera y al fin la rueda ve la superficie. Festejamos embarrados hasta los dientes y partimos hacia Córdoba, acompañados por Leko Zamora, de Chaco, y dos caciques: Alberto Climaco (Wichí) de Embarcación y Félix Díaz (Qom de La Primavera) de Formosa, que van hacia el próximo pueblo.

Después de una charla amena, se bajan y el silencio corta el aire, hasta que Iosa, que venía pensativo, murmura: “¿Saben lo que me dijo una doña en Carboncitos cuando fuimos por el tractor? ´Nooo, chicos ¿¡cómo se van a ir antes de que se bajen las banderas!? Hay que esperar e irse luego´”.

Años luz separan a nuestra cosmovisión de la que pregonan las comunidades aborígenes. Ahora, mientras todas las ruedas del hospital vuelven a Córdoba, sabemos que no fue sólo un pozo lo que nos retrasó la partida; algún ser superior guió a Rodrigo hacia ese lugar para que no nos vayamos antes del ritual sagrado de la bandera. Con esta postura, seguimos sin entender porqué al regreso, de noche y en medio del monte santiagueño, otra manguera de freno se corta. Para algunos la aflojó el hundimiento en el barro. La verdad, sabemos todos, la tiene alguna doña de los montes chacosalteños.

 

* La presente nota recibió el primer premio de ADEPA (Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas) al Periodismo edición 2012, en la categoría Solidaridad Social.