El primer piso de la Dirección Nacional de Arte está convulsionado: hay coordinadores armando actividades, hay redactores armando la segunda edición de la revista DNA, hay encargados de prensa dándole los últimos retoques al plan de viaje para el Tercer Encuentro Regional de la Nueva Música Folklórica Argentina. Eso nos lleva hasta la oficina de José Luis Castiñeira de Dios, el director del área, un músico excelso que ahora responde como funcionario. 

José Luis se sienta, pide un café que beberá de un sorbo y dice, casi de corrido: “El año pasado hicimos -con la Academia Nacional del Folklore-, unos encuentros de arte folklórico a partir de los cuales trazamos, provincia por provincia, un estado de situación de la música folklórica y juntamos artistas consagrados con otros jóvenes. Ahí tuve la sensación de que la aparición de nuevas figuras en la música no es un fenómeno que ocurre en Buenos Aires, Rosario o Paraná -que han sido cuna de la creación en los últimos años- sino que en todas las provincias hay artistas que abrevan en la música folklórica, pero tienen una formación académica muy superior a la de sus predecesores: son jóvenes formados que conocen otras músicas y eso se notan en lo que hacen”, dice como anticipándose al tercer acto de una serie de encuentros sobre la nueva música folklórica en el país organizados por su dirección, dependiente de la Secreatría de Cultura de la Nación.

-Tal vez llegó la hora de pensar que el saber académico dejó de ser un disvalor en el universo de la música popular de raíz folklórica…
-Para estos jóvenes no es un disvalor. Antes, Atahualpa (Yupanqui) tenía que esconder que tocaba la guitarra clásica y decía que él quería tocar como el paisano. Y ni hablar de cuando leíamos una partitura! Pero eso cambió: hoy los jóvenes tienen una visión más amplia de la música de su tiempo. Y además, les gusta, en vez de competir, compartir, por eso tratan de acompañarse.

-¿Se puede hablar de una nueva música folklórica argentina?
-Se puede hablar de nuevos músicos argentinos, pero no constituyen un movimiento como lo fue el del Nuevo Cancionero (Mendoza, 1963), aunque comparten elementos comunes: producen sus propios discos, que son muy buenos, y tienen una búsqueda estética.

-Hay muchos jóvenes que se vuelcan al folklore a pesar de que, para muchos, ha dejado de ser comercial.
-Cuando la TV Pública transmite los festivales de folklore en el verano, tiene los ratings más altos de toda la programación. Eso quiere decir que a la gente le interesa el folklore, no es una imposición del mercado.     

-¿Adónde tenemos que buscar, entonces, la explicación a la casi nula difusión de la música folklórica? Se lo pregunto cuando ya pasaron las audiencias públicas por la Ley de Servicio de Comunicación Audiovisual…
-Creo que así como la Ley del Cine hizo posible que haya cine argentino, porque de otro modo, sólo seríamos consumidores de productos importados, la ley de medios puede ayudar -como alternativa- a esa falta de difusión. No digo que sea la panacea definitiva porque el mercado de la música está inserto en una problemática mundial de concentración donde sólo hay cuatro empresas en todo el mundo. Eso produce un embudo donde hay mucho para unos pocos y nada para la mayoría. Por eso es que el Estado tiene que intervenir en la música.

Esta nueva música

José Luis demora la llegada del pocillo hasta su boca: revuelve una vez más el café con edulcorante y cuando su interlocutor pregunta aprovecha: bebe rápido y responde. “Estamos poniendo en valor esa nueva generación, que está formando su propio público, un público nuevo. Y son jóvenes que pudiendo haber elegido otro camino -porque no aprendieron a tocar música en un asado- eligen el camino del folklore. Creo que la fuerza creativa más grande de la música popular argentina está hoy en el folklore y después en el tango.”

-¿Tiene que ver eso con que la identidad goza de buena salud en nuestros tiempos?   
-Creo que sí. Y también tiene que ver con que pasó el deslumbramiento de la mundialización y a partir de la gran crisis de 2001 aparecieron alternativas que antes no existían. Pero en lo sistémico no ha cambiado tanto eso, porque el mal del pensamiento único ha horadado bastante: el otro día escuchaba radio Universidad, la radio de la UBA, y proponían consignan muy progresistas, pero con música de discoteca traída en lata desde Estados Unidos.

Castiñeira de Dios responde rápido, más por la pasión que le genera el tema que por el apuro. Apenas deja que el periodista termine la pregunta. Y dice. “Estos encuentros con los músicos jóvenes de las regiones muestran el respeto que hay que darle a estos artistas, que muchas veces están en soledad: los festivales no dan espacio a todas las expresiones y tampoco hay un gran circuito comercial”.

El folklore: caída y resurrección

-¿Cuándo el folklore dejó de ser comercial?
-Es un hecho de sociología simple: se explica con lo que pasó en los años 70 en nuestro país. Ante el rumor de que iban a nacionalizar los sellos discográficos, desmontaron los estudios de grabación y se los llevaron a Brasil. Y nunca más una discográfica montó un estudio acá. Eso se unió a una fuerte represión de la dictadura de 1976, a una larga lista de proscripción, porque los militares pensaban que el folklore estaba infectado de ideología. Cuando eso terminó, llegó una autoproscripción y cuando se quiso volver de eso ya era tarde: el público había cambiado. Tampoco alcanzó con la vuelta al país de los que nos habíamos exiliado. La reconstrucción de esto empezó hace poco, 10 años, cuando comenzamos a contar con lo nuestro, a ver que acá había cosas muy valiosas.