Fotos Gonzalo Alvariñas

En su consultorio -que también es su casa- cuelgan helechos, nadan peces de colores y se suceden trenes, veloces, que hacen temblar los vidrios. No está aquí esa atmósfera opresiva de los consultorios donde uno -usted, yo, sus hijos- deja los dientes como si se sacara algo malo de encima. Aquí no hay médicos con gesto preocupado, ni ese olor rancio a esterilizado, ni ninguna otra impostura, ni ningún lugar común, ni siquiera él lleva puesto un guardapolvos. Afuera está el Banfield oeste de árboles añosos, calles que resisten desde un señorial empedrado y veredas verdes, de césped prolijo; uUn lugar al que aún no han copado las inmobiliarias con sus torres.

El hombre que responde está más allá de ortondoncias y endodoncias, de puentes y coronas, de prótesis y anestesias. Superó la etapa de ocuparse de los dientes y atiende al hombre. Entró por una de las partes más sensibles del ser humano: la boca. “Hace mucho tiempo salí de los dientes hacia el cuerpo. Antes decía que la salud era la alegría celular. Y ahora, que salí del ser humano y di un paso más creo que la salud es la alegría del planeta. Que cualquier cosa que hagamos tiene que ser para ayudar a la gente a ser feliz”, dice Hugo Rossetti. “¿Por qué la llama, el gato, el caballo, la vaca, el yacaré, el perro no tienen caries y el hombre sí, cuando el hombre es el único que tiene una ciencia exclusiva para defender sus dientes?”, se pregunta. Hace un silencio para que el otro piense y justo suena el timbre. “Necesito media hora: hacete unos mates, esperame que atiendo a un paciente y vuelvo”. 

Vuelve. Se sienta en la hamaca, donde toma mate y se columpia como un niño. “Es así: la enfermedad es la que rinde, la que da plata. Porque la salud no es negocio para nadie, salvo para el dueño del cuerpo. No es negocio para nadie que la gente esté sana. Si un médico mantiene a una familia en la enfermedad, hoy le hace una corona, después una extracción, luego una endodoncia, más tarde un puente de tres piezas y mañana otro de cinco. Y así gana plata el médico, pero el paciente sigue enfermo. No se puede hacer salud tratando la enfermedad. Yo trato de producir salud”.

Una ciencia más humana

Se podría resumir su estilo con el facilismo de decir que Hugo Rossetti está loco. Y no sería incierto: es un doctor que no usa guardapolvos, tiene un desbordante sentido del humor, no usa palabras difíciles, mira a los ojos de la gente y les pregunta cómo andan, pero lo hace con sinceridad, sin ese falso saludo que tienen los médicos de cualquier consultorio. Rossetti toma mate, habla fuerte, ríe: es feliz. Un Patch Adams en los tiempos de la medicina mercantilizada (aquel médico estadounidense que Robin Williams llevara al cine). Con ese concepto sanitario lleva 20 años siguiendo la salud bucal de las comunidades mapuches de Neuquén, fue asesor -hasta 2010- del Ministerio de Salud de la Nación. Y cuenta con 40 años peleando por eso que nadie quiere ver: la salud. “Me echaron del Ministerio, pero no me caliento porque me echaron tres veces ya”, se ríe. Colombia, México, Ecuador, Brasil y Africa aplican sus programas de salud basados en la educación bucal: enseñar a cepillarse los dientes al menos una vez día, pero sin olvidarse del hombre, porque Rosseti no cae en el facilismo de la medicina moderna, que se especializó tanto y tan bien que se olvidó del hombre. “Tenemos proyectos -no planes- de acuerdo a cada paciente. Pensamos en la salud, no en la enfermedad. Tratamos de producir salud con una ciencia sin agresión”.

¿Es utópico pensar que una persona de 70 años llegue con sus propios dientes?
-La biología es mágica. Sólo se trata de ayudar a que la biología esté en equilibrio. Porque los dientes son como el amor, sino los cuidás todos los días, se pierden. ¿No llegan los animales a morir con su dentadura completa? Cuando el paciente viene con dolor en la boca, tiene un problema que compromete a toda su persona. Quiero decir, los dientes no son unas cosas duras que están en la boca. Y las técnicas que usamos para dar solución a ese problema provocan odio hacia el dentista: viene un paciente enfermo y el dentista, queriendo curarlo, le rompe un poco más su osamenta y le deja una imperfección biológica. La enfermedad aparece y es pequeña, el dentista se dedica a agrandarla cuando la “cura”, y luego crece sólo por envejecimiento, y volverá a crecer por el nuevo tratamiento del dentista. Corolario: el hombre llega a la vejez sin dientes y odiando a quien dice defenderlo. No se trata sólo de la reparación de los dientes, sino de cuidar a los seres humanos. Hay que hacer una odontología preservacionista. Pero en general, los odontólogos hacen una ciencia antisocial, porque no llega a toda la gente sino a una parte y que, además, es una ciencia agresiva. Hay una distancia entre la ciencia y la necesidad de la gente. Las ciencias ellas deben estar al servicio del hombre y deben nacer de la necesidad; no pueden nacer en las universidades donde hay aire acondicionado. Las ciencias se fueron alejando del hombre. Mirá las ciencias económicas, que están hechas para repartir las riquezas, pero uno gana 100 millones de dólares por día cuando cada hora ¡cada hora! mueren de hambre miles de personas. O sea, las ciencias económicas fracasaron. Todos los que producen ciencias deben caminar a pie para conocer la necesidad del hombre: hay que mezclarse con la gente, mamar la problemática de la gente y en base a eso promover una solucionática. Los odontólogos se forman gratis, porque la sociedad se lo estuvo pagando, y cuando obtiene el título se sientan y le dicen al vecino: “Bueno, enfermate que yo después te taladro”. Quien deformó a esos jóvenes está haciendo malversación de fondos. Fijate qué cruel es lo que estoy diciendo: en lugar de formar doctores para mantener a la gente sana, forman dentistas para mantener a la gente enferma. Si al decano le interesara la salud de la gente no habría 24 materias para la enfermedad y una sola para la salud.”