Por Leandro Vesco / Fotos: Hugo Scagnetti

Hugo Scagnetti dio la vuelta al mundo en 80 días, recorrió países lejanos con una moto que surcó las peores rutas del mundo, comió platos exóticos y estuvo en rincones increíbles de nuestro planeta que muy pocas personas conocen. Julio Verne soñó lo mismo que Hugo. “Nunca me sentí solo, me di cuenta que hay mucha más gente queriendo vivir en paz, tener oportunidades para sus familias y poder vivir en libertad” Si hay una historia que merecer ser oída, esta es una.

Hugo nació en Córdoba, pero se crió en Puerto Madryn, hoy trabaja en Madrid como responsable de Innovación Tecnológica en Telefónica. Está casado con Claudia, y tiene dos hijos Camila y Lucas. “Mi mujer apoya siempre mis locuras, porque como dice ella: lo dejo ir porque siempre vuelve” Fue siempre un hombre inquieto, practicó deportes hasta que un día la vida le cambió el eje: le diagnosticaron osteonecrosis, que es una enfermedad causada por la disminución de flujo sanguíneo en los huesos de las articulaciones. La falta de sangre deteriora y destruye el hueso. De aceptar grandes retos físicos, se vio en silla de ruedas. Estuvo dos años así, entrando y saliendo de cirugías, hasta que comenzó con un tratamiento de células madres y sus huesos se recuperaron. Pero en el Hospital donde estuvo internado, conoció a una niña con la misma enfermedad que él, pero que no pudo hacerse el mismo tratamiento. Fue en este momento que supo que, si él volvía a caminar, debía hacer algo para que todos los niños que entraran a ese hospital con osteonecrosis pudieran recibir el tratamiento y tener la misma oportunidad que tuvo. “Me comprometí en ayudar a los investigadores y al hospital que trabajan en la regeneración de tejidos y necesitaban dos cosas, difusión y fondos. Nada mejor que una vuelta al mundo para aportar ese grano de arena demostrando que mi pierna se había recuperado gracias a la ciencia”. Volvió a caminar y sólo había que cumplir con la promesa. Dar la vuelta al mundo. Hacer realidad su “Globalrider

Después de cruzar la tierra hay cosas que tienen otra mirada. Hugo prefiere no habla de países, sino de regiones, o de varios países dentro de uno, incluso en su aventura halló fronteras en donde no debían estar. La percepción se afina y el desarrollo de la realidad se amplía, sin tener más ojos, el hecho de cruzar nuestro mundo de hito en hito obliga a humanizar la mirada y a sentirnos dentro de un todo que nos incluye. En la entrevista que le hicimos, hallamos a un ser humano que en este viaje increíble ha visto un planisferio con vecinos del Orbe dispuestos a dar una mano, a tender un puente. La experiencia de Hugo nos muestra un ser humano mucho más unido que aquel que nos llega desde las noticias que vemos a diario.

El Federal: ¿Por qué decidiste dar la vuelta al mundo y en 80 días?
Hugo Scagnetti: Decidí dar la vuelta al mundo después que sufriera una lesión que llamada osteonecrosis por la que estuve casi dos años entre cirugías y recuperación caminando con muletas. Me hizo ser consciente de lo vulnerables que somos pues siempre estuve muy ligado al deporte, jugando rugby, haciendo largas travesías en bicicleta de montaña, buceando en el Mediterráneo, y de repente, ya no podía desplazarme ni dos metros. En el transcurso de la enfermedad conocí a una niña que le pasaba lo mismo, pero para ella no había tratamiento con células madre cómo me estaban haciendo a mí, y comprendí que era mucho peor esta enfermedad en los niños. Entonces me comprometí en ayudar a los investigadores y al hospital que trabajan en la regeneración de tejidos y necesitaban dos cosas, difusión y fondos. Nada mejor que una vuelta al mundo para aportar ese grano de arena demostrando que mi pierna se había recuperado gracias a la ciencia. Los ochenta días tiene un trasfondo literario, pero lo importante era demostrar que mi pierna era capaz de dar una vuelta al mundo por las peores rutas del mundo.

E F: ¿Qué problema tuviste antes de comenzar el viaje?
H.S.: Puedo decir que pocos, quizás porque no los veía como problemas sino como desafíos. En estos términos los desafíos eran muchos. Convencer a las empresas en comprometerse para apoyar un proyecto que involucra ciertos riesgos, nunca es fácil. Cuando en Asia se habla de posibles secuestros o incluso la muerte en manos de extremistas es fácil la decisión para decir que no. Pero creo que comprendieron que esta travesía estaba cargada de energía y optimismo y contra eso ya la decisión no es tan obvia. El resto fueron reuniones analizando los detalles del proyecto que demostraron que sabía de lo que hablaba y que la tecnología iba a ser un aliado de la seguridad. Y así fue. Una travesía comienza el día que te ponés frente a un mapa y comenzás a tirar las primeras líneas del itinerario y no hay que detenerse por nada del mundo.

E F: ¿Recordas el momento justo en el que decidiste viajar? ¿Cómo fueron los días previos?
H.S. Sí, fue en una conferencia que di en el Castillo de Viñuelas en España donde hacía una analogía entre el mundo de la aventura y el mundo corporativo, en mi caso la tecnología. Dos mundos que me apasionan y donde permanentemente tenés que tomar decisiones, algunas de riesgo porque tienen consecuencias en el futuro inmediato. Esta disertación se titulaba “Cruzar el umbral” resumiendo ese acto que te lleva a dar el primer paso en un proyecto generalmente hacia lo terreno desconocido. Al final de esta conferencia anuncié que cuando volviera a caminar sin muletas, intentaría dar la vuelta al mundo en 80 días. Lo había decidido el día anterior. Los días previos fueron de emoción porque una vez que visualizo lo que quiero hacer, es muy probable que termine ocurriendo. Estaba feliz, sabía que en un año estaría rodando por el mundo.

E F:¿Cuándo se inició el viaje, qué sentiste la primera noche?
H. S.: El viaje comenzó el día que me puse a trabajar sobre un mapa y a visualizar el recorrido para circunnavegar el mundo. Físicamente comenzó el día 27 de mayo. Salí de casa solo, fui a una gasolinera cercana y mientras llenaba el tanque me di cuenta que ese sería mi último día en Madrid y en España. Aquella noche llegaría a Francia donde me encontré con viejos amigos y me embargaba una emoción total. Había ido mil veces a Saint Jean de Luz pero esta vez era distinto porque no regresaría a este punto hasta no completar la vuelta al mundo. Aquella noche me costó dormir, demasiadas emociones en un día, la despedida de mi familia y amigos, la salida oficial desde Telefónica con la despedida del Presidente de la Compañía y compañeros de trabajo, la llamada a mi celular del Rey de España y mil ojos puestos en el éxito del proyecto Globalrider. Tenía todo el peso de la responsabilidad del éxito o fracaso de la vuelta al mundo en el manillar de mi moto.

E F: ¿Cómo fue el trayecto que hiciste?
H. S.: Cuando trabajé en el itinerario tenía en claro que debía intentar dar la vuelta al mundo por donde hubiese más tierra de tal forma de rodar lo máximo posible con la moto. También quería buscar contrastes culturales porque el proyecto no persigue ningún record sino más bien la experiencia del contacto con las personas. Por ello, a pesar de algunos cambios del recorrido que hice sobre la marcha, básicamente recorrí el hemisferio norte pasando por España, Francia, Italia, Grecia, Turquía, Georgia, Azerbaiyán, Kazajistán, Uzbekistán, Rusia, Corea del Sur, Estados Unidos y Canadá. La decisión de cruzar Asia Central fue la más acertada porque a pesar de lo duro de terreno y el desierto, pude comprender la idiosincrasia de estos maravillosos pueblos que para mí eran aún desconocidos. Siempre llego a la misma conclusión, nunca hay que hablar de aquello que uno no conoce en persona.

E F: ¿En cuántos países estuviste?
H. S.: Trece países. Pero creo que es mejor hablar de regiones porque dentro de un país hay muchas diferencias entre una región y otra, incluso hoy sigo escribiendo acerca de esto porque he descubierto países dentro de países y fronteras donde no debían estar… pero técnicamente fueron trece países.

E F:¿Cuál fue el lugar más extraño que conociste?
H. S.: Además de los baños de Uzbekistán, probablemente los inodoros de Corea del Sur. Dos extremos tencológicos difíciles de conciliar. Pero en términos de paisaje probablemente el Parque Nacional de Altyn Emel en Kazajistán. Es un capricho de la naturaleza donde la orografía ha sido moldeada por los vientos y las lluvias de una manera curiosa. La mano del hombre no ha llegado hasta aquí.

E F: ¿De todas las comidas, cual es la que más recordas?
H. S.: He disfrutado todas las comidas porque tantas horas sobre la moto, una media de 14 horas al día, cualquier pedazo de pan o queso sabía a gloria. Pero si me tengo que quedarme con una comida sería sin duda el Khinkali de Georgia. Es como nuestra empanada de carne pero con muchas especias y un envoltorio de masa de harina blanda y fría que le da un contraste fantástico. Siempre que pude, he pedido Khinkali en todo Asia Central.

E F: ¿Qué significan las células madres?
H. S.: Las células madre mesenquimales son las precursoras de ciertos tejidos en el organismo como el hueso, el cartílago o las células grasas. A partir del ensayo clínico que me practicaron, obtuvieron células óseas (osteoblastos) de mis células madre extraídas de la médula ósea e inyectándolas en la cabeza del fémur con ciertos factores de crecimiento, permitió la regeneración de un hueso sano. De esta forma se evitó el uso de una prótesis metálica que a fin de cuentas no deja de ser un cuerpo extraño.

E F: ¿Cómo es el mundo, Hugo, es hostil, es amigable, cómo somos los seres humanos?
H. S.: El mundo es maravilloso, lo puedo decir con todas las letras. Por supuesto, no hay que ser ingenuo, también hay conflictos, pero mi percepción es que una amplísima mayoría quiere vivir en paz, tener oportunidades para sus familias y poder vivir en libertad. Nos ahogan otras cosas como los gobiernos corruptos, los intereses económicos desmedidos, las religiones mal interpretadas y el extremismo en todos los sentidos. La intolerancia es peligrosa. Pero en la travesía no me crucé con intolerantes, que estarían en otra parte, me crucé con gente amable, curiosa, abierta, generosa compartiendo sus hogares y sus costumbres. Nunca me sentí solo.

E F: ¿Qué sentiste cuando el viaje terminó?
H. S.: Un viaje así nunca termina. Me he convertido en un rumiante de aquellas emociones que me ha regalado la vuelta al mundo y es probable que permanezca así hasta el final de mis días. Pero sí que termina una etapa. El Presidente de Telefónica me preguntó el otro día ¿darías otra vuelta al mundo? Mi respuesta fue contundente, podría dar tantas vueltas al mundo como años soporte mi cuerpo. Y es que el tiempo es relativo, 80 días viajando son 6 años de vivencias. No pude llegar solo a España. En la antigua frontera francesa ya me estaban esperando mis amigos del club de Super Ténéré y fuimos abultando motos hasta llegar al kilómetro cero de España y 31.000 km para mi vuelta al mundo. La llegada fue por demás emotiva, volver a ver a la familia, amigos y compañeros de trabajo se hace raro habiendo circunnavegado el mundo.

E F: ¿Qué le dirías a una persona que persigue un sueño y no se anima a hacerlo?
H. S.: Que recuerde que se puede soñar pero eso nunca es suficiente. Hay que “cruzar el umbral”, hay que hacer que las cosas sucedan, no importa si es en el trabajo, en un hobbie o en un proyecto personal. Cuando hay pasión verdadera por algo las posibilidades que salga bien son tremendas. Parece una obviedad, pero no insistas en aquello que no te moviliza.