Por Sonia Renison. Redactora Especial a cargo de Viajes y Turismo.

Luz. Sol. Calor. La relación de esta fuente de energía es una constante en la historia de la humanidad y, sin embargo, muchos creen que el cuidado del medio ambiente es una preocupación actual. Tan sólo remontarse a los tiempos en que aún nadie imaginaba que los europeos recalarían en nuestro continente, las culturas locales veneraban y rinden homenaje hoy a los fenómenos de la naturaleza: el sol, la tierra, el agua con parte de los elementos fundamentales para que haya vida.

De allí que el 21 de junio sea una fecha tan especial por cuando es el momento del año en el que se traza la mayor distancia entre el sol y la tierra y la noche se convierte en la más larga hasta que asoma febo y produce a partir de ese instante el cambio. Los días, de a poquito, comienzan a estirarse. Y es mucho más, porque determina que se avecina la primavera, tiempo de cultivar que avecina luego la cosecha estival y el cambio en el calendario agrícola.

Tan simple es la vida mirada desde este ángulo que buscar los rincones del mundo donde hoy se continúa con este homenaje natural traslada al viajero hacia la esencia de la existencia. La revista El FEDERAL compartió en distintas oportunidades las diferentes ceremonias que ofrece el territorio argentino en su gran diversidad. En Huacalera, Jujuy, cerca de la Posta de Los Hornillos; en Tucumán en suelo de Amaicha con la familia Pastrana y en Salta en el paraje Isonza, en el Parque Nacional Los Cardones, son apenas algunos de los sitios donde se viven estas ceremonias claves de la cultura local.  

Incluso es una costumbre cuando por cualquier motivo uno llega a estas provincias y un guía local como el salteño Juan Guantay le “convida” a la Pachamama un poco de agua antes de sofocar su propia sed. Todas son experiencias diferentes. Pero fue en junio pasado en suelo catamarqueño, en el Valle del Yokavil, donde el alma se impregnó de emoción entre la ceremonia del Inti Raymi y una representación de este homenaje un día más tarde.

La dimensión de este homenaje también queda plasmada en los escritos de uno de los primeros cronistas de la historia, Garcilazo de la Vega, que permitió establecer que el último Inti Raymi se celebró en 1535, en Perú. Luego fue suspendido por los españoles hasta 1944, cuando es restablecido. Es en Santa María, Catamarca, el 21 de junio cuando cerca de las 7, llega la gente como si fuera en procesión, se acerca al pie de un cerro al que se asciende por una huella en la ladera y trepa en forma lenta, lidiando con el suelo de arena blanca, sí, arena y el frío más seco e intenso que se pueda imaginar. Los guantes no alcanzan a dar abrigo.  

Es tal la baja temperatura que las narices y los ojos lloran al estar en contacto con la intemperie. Una fogata de jarilla ilumina el lugar y brinda el calor que agolpa a la muchedumbre silenciosa en torno de esas lenguas de fuego. El sol apenas se insinúa con una línea clara en el cielo recortado entre los cerros. Los visitantes y los anfitriones forman una rueda en la que el “maestro” Titakin, Enrique Maturano, se acerca y “limpia” con una ramita de jarilla a cada uno. Es para purificar. Y con esa ramita dibuja el contorno del cuerpo mientras uno espera con las palmas hacia el cielo.

El frío se torna insoportable en esos instantes. Para apaciguarlo, se convida un aguardiente que ayuda a enfrentar la helada del amanecer y de pronto, en unos segundos, en el fondo del paisaje nace una la línea del horizonte que se vuelve color magenta. Las 50 personas forman  un semicírculo e imitan los movimientos que hace Titakin. Alzar los brazos al sol y abrir las palmas hacia la tenue luz que un tímido febo irradia desde el fondo del paisaje.

Es apenas ese primer rayo la primera idea de tibieza que envuelve el alma. Uno se sumerge tanto en la historia que sucede en ese instante que hasta cree entender las palabras en quechua que habla un maestro de un pueblo vecino. Suena un cuerno que une al grupo en un sonido grave infinito. Es un instrumento ceremonial, se llama “pututo”. El sol se muestra, ahora sí, y nace el día.

La ceremonia culmina cuando cada uno se acerca  a una pirca y con un cuenco de cerámica que contiene chicha, lo alza, convida a la Pachamama y bebe un sorbo. Antes, se debe desear algo en positivo. La gente desea paz y salud. En orden, descienden del cerro. Casi en fila. Casi en silencio. Muchos se emocionan por haber compartido la ceremonia. Muchos prometen volver. El sol cobra altura a media mañana. Y el frío se olvida. Empieza una nueva etapa.

Tanto en Perú como en Bolivia son un clásico en su almanaque y que visitantes de todas las latitudes llegan para esta fecha a estos países y comparten en cada la fiesta del sol. Y es justo decir que en las provincias andinas argentinas cada ceremonia no tiene nada que envidiar a los de más al norte. Aquellos que fueron el centro del imperio.

La cita imperdible también es por la tarde en Santa María, Catamarca, donde se esarrolla entre la población santamariana con música y una exposición de artesanías y productos regionales. Pero lo colosal llegará al día siguiente. Hay un predio especial con gradas de cemento y vista a los cerros. La cita es a las
15. Y  sorprende la entrada al escenario -enorme- de dos jóvenes ataviados con túnicas de lienzo que llevan guardas incaicas. Lo que portan y hacen sonar es un erke, el cuerno que sostiene una caña de casi dos metros con la que recorren el predio y hacen de preámbulo a lo que viene.

Y lo que viene parece una película de hace 500 años. El público se estremece. Mientras una voz en off relata desde los parlantes la organización social del imperio incaico en América se desarrollan escenas de la vida social. Con los dioses y leyendas. Y con 170 chicos que durante todo el año se han capacitado en talleres culturales para esta representación. Colores en las túnicas, cajas, más erkes, llamas, el camélido domesticado, las “Acllas” o mujeres elegidas, que los españoles llamaron vírgenes del sol, le explica a El Federal el licenciado en arqueología Fernando Morales Morales, quien junto a la licenciada Natalia Burgos forman parte de la comisión organizadora que cuenta además con un coreógrafo, Raúl Chaile y la música compaginada por Renzo Nieva.

El orden y la lógica de los chicos en las danzas que despliegan son una lección de cultura. Mientras también entran en escena los sacerdotes del Hanan y el Urin y los Kurakas o jefes regionales. Se aprende de todo aquí. Hay hasta un jefe militar en el escenario, el Sinchi, quien anuncia el comienzo del Inti Raymi. Padres y chicos están metidos de lleno con la obra. Con su historia y su cultura. El secretario de Turismo de Santa María, Gustavo Moya, cuenta que este año se sumaron chicos de Hualfin, el sur catamarqueño.

Creen que los años venideros sumarán más pueblos del mismo suelo. Saben que todos responden al llamado del sol. Es más, calcula Moya unas 3000 personas entre el público. Los chicos que estuvieron en la primera representación, vuelven cada año aunque estén en la facultad, porque ya es una fiesta que está en el alma de nuestra cultura. Es pertenencia. Es historia. Es cultura viva. Es Inti Raymi.