Investigadores del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) lograron develar la ruta y el lugar donde pasa el invierno el fio-fio silbón (Elaenia albiceps chilensis), una ave migratoria que vuela más de cinco mil kilómetros por Sudamérica y que es clave en la regeneración del ecosistema del bosque patagónico dañado por incendios o actividad volcánica, entre otros eventos.

Este estudio del Centro de Investigación Esquel de Montaña y Estepa Patagónica (CIEMEP, CONICET-UNPSJB) fue publicado recientemente por la revista científica Plos One.

“Mi especialidad dentro de la ecología es el estudio de la dispersión de semillas por parte de los animales, investigo cómo intervienen en la regeneración de los ecosistemas boscosos. En Patagonia para los arbustos más abundantes del sotobosque –vegetación que crece bajo los árboles de un bosque- las fio-fio silbón son fundamentales” explica Susana Bravo, investigadora adjunta del CONICET en el CIEMEP.

Los fio-fio silbón son pájaros muy pequeños -pesan entre 13 y 15 gramos aproximadamente y miden 13 cm.- pero, sin embargo, son extremadamente abundantes. Representan más del 80 por ciento de las aves del bosque durante el verano y se estima una población que ronda los 240 millones, lo que las transforma en el dispersor de semillas más importante de especies como el maqui, un gran arbusto del sotobosque que puede superar los 2m y ofrece abundante fruta comestible.

Hasta el momento se desconocía dónde invernaba el fio-fio silbón o qué rutas usaba y por lo tanto no se sabía si había ningún problema que pudiera amenazar la abundancia de la especie y por ende su capacidad para regenerar la vegetación.

“Para mantener el tamaño poblacional de una especie migratoria es importante conocer tanto lo que ocurre en la zona de reproducción como en la de invernada y en las rutas que utilizan, sobre todo si mientras migran se alimentan en la ruta. Por otra parte, los migrantes generan conexiones entre los distintos biomas –paisaje bioclimático-, por ejemplo, en este caso podemos perder capacidad de regeneración en nuestro bosque patagónico si las aves pierden parte de su hábitat de invernada. Y también representan conexiones físicas que no son posibles ver en un mapa pues las aves pueden llevar y traer cosas entre biomas, como por ejemplo virus o parásitos”, advierte Bravo.

Para realizar esta investigación los científicos, a través de un subsidio de la National Geographic Society, colocaron 35 geolocalizadores miniaturizados –pesan 0.6 grs.- en 35 individuos. Esos sensores registran la intensidad de luz y la guardan en una pequeña unidad de memoria, con esos datos se puede calcular la hora de puesta y salida del sol y traducir esa información en datos de latitud y longitud. Para poder hacer esto es necesario capturar a las aves, colocarles el dispositivo como si fuera una pequeña mochila y al año siguiente recapturar al individuo y retirárselo. Es un arduo trabajo de campo que duró 3 años.

“Desde una perspectiva epidemiológica o sanitaria esta información es extremadamente valiosa, ahora sabemos que 240 millones de individuos que cruzan y conectan cada año toda Argentina, Uruguay, sur de Brasil, Paraguay, sur de Bolivia y todo Chile, así como sabemos que no nos conectan con el Amazonas, con Perú o con áreas tropicales por encima del Ecuador. Nos resta saber de qué virus son potenciales portadores y en eso estamos trabajando”, asegura Bravo.