Los países son expresiones geográficas y los estados son formas del equilibrio político. Una Patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo y homogénea disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de grandeza, en el pudor de la humillación y en el deseo de la gloria.” De esta manera José Ingenieros definía la nacionalidad en su célebre libro “El hombre mediocre”, publicado en Madrid, en 1913.
El doctor Ingenieros había nacido el 24 de abril de 1877, en Sicilia, Italia. Radicado en Buenos Aires desde pequeño, se graduó en medicina y se consagró a la patología mental. Fue colaborador de Francisco de Veyga y de José M. Ramos Mejía, quien lo designó jefe de la Cátedra de Clínica de Enfermedades Nerviosas y luego director del Servicio de Alienados. En 1907 fundó en Buenos Aires el Instituto de Criminología, presidió la Sociedad Médica Argentina y la Sociedad de Psicología, y desde 1911 se instaló en París para completar sus estudios en Filosofía. 
Mientras tanto, desde sus libros, aportaba su mirada del país en la que se cruzaron su formación científica con el análisis político, dando las primeras pinceladas de una sociología argentina. “La simulación de la locura”, “La simulación en la lucha por la vida”, “Sociología argentina”,  “Hacia una moral sin dogmas”, “Las fuerzas morales”, y “El hombre mediocre”, son algunas de sus obras publicadas en el primer cuarto del siglo XX.
En esta última, Ingenieros presenta reflexiones que sorprenden por su actualidad en la descripción del carácter del hombre argentino, y ofrece algunas ideas más que útiles para el presente. En el capítulo “La Mediocracia”  reflexiona sobre las diferencias entre los conceptos de Patria, País y Nación, y sostiene que “cuando falta una comunidad de esperanzas, no hay Patria, no puede haberla: hay que tener ensueños comunes, anhelar juntos grandes cosas y sentirse decididos a realizarlas, con la seguridad de que al marchar todos en pos de un ideal, ninguno se quedará en la mitad del camino contando sus talegas”.
En una crítica a una postura economicista de la política asegura que “no basta acumular riquezas para crear una Patria: Cartago no lo fue. Era una empresa. Las áureas minas, las industrias afiebradas y las lluvias generosas hacen de cualquier país un rico emporio”, pero “se necesitan ideales de cultura para que haya una Patria”.
En este sentido, señala que la unidad moral de la Patria “desaparece en ciertas épocas de rebajamiento, cuando se eclipsa todo afán de cultura y se enseñorean viles apetitos de mando y enriquecimiento. Y el remedio contra esa crisis de chatura no está en el fetichismo del pasado, sino en la siembra del porvenir, concurriendo a crear un nuevo ambiente moral, propicio a toda culminación de la virtud, del ingenio y del carácter”.
“Cuando no hay Patria –agrega- no puede haber sentimiento colectivo de la nacionalidad, inconfundible con la mentira patriótica explotada en todos los países por los mercaderes y los militaristas. Sólo es posible en la medida que marca el ritmo unísono de los corazones para un noble perfeccionamiento y nunca para una innoble agresividad que hiera el mismo sentimiento de otras nacionalidades”.
Finalmente, asegura que “cuando las miserias morales asolan a un país, culpa es de todos los que por falta de cultura y de ideal no han sabido amarlo como Patria: de todos los que vivieron de ella sin trabajar para ella”.
Pese a la crudeza de su mirada, Ingenieros asegura que siempre aparecen personas excepcionales: “En cada primavera florecen unos árboles antes que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza que sonríe al sol fecundante; en ciertas etapas de la historia humana, cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo o se formula una doctrina, algunos hombres excepcionales anticipan su visión a la de todos, la concretan en un ideal y la expresan de manera que perdura en los siglos. (…) Llenan una era o señalan una ruta; sembrando algún germen fecundo de nuevas verdades, poniendo su firma en destinos de razas, creando armonías, forjando bellezas”.
Tenía nada más que 48 años cuando falleció en Buenos Aires, el 31 de octubre de 1925, víctima de la meningitis. Era considerado entonces como  el autor argentino más leído en el país, y ese mismo año había sido declarado  “Maestro de la Juventud”  durante el Primer Congreso Iberoamericano de Estudiantes celebrado en México, junto con figuras como Alfredo Palacios, Miguel de Unamuno, José Martí y José Vasconcelos.