Por Leandro Vesco

Son pocas las ciudades cabeceras de Distrito que tienen una tradición en joyería. Coronel Suárez hace la diferencia, allí dos hermanos desde hace algunos años trabajan la plata y el oro con diseños propios, incluyen la soguería y logran distinguir a una ciudad que cuenta de esta manera con joyeros que han logrado renombre internacional. Sus mates son una obra de arte.

Fernando Dill estuvo recorriendo varios caminos hasta dar con el cincel. “Estudié ingeniería, y no me gustó, luego cocina hasta que pasé por una librería y compré un libro sobre destrezas criollas”, recuerda. Allí un detalle le llamó la atención, la soguería y la platería criolla. Regresó a Coronel Suárez y halló un maestro en Bahía Blanca que le enseñó todo lo que sabe. De pronto, sus ojos se acostumbraron a fijarse en la pequeña escala, en los finos detalles, en el acabado de las pequeñas cosas. La joyería es una actividad muy solitaria.

¿Por qué no abrir una joyería en Suárez?, fue la pregunta que se planteó Fernando, cuando lo normal para un pueblo son rubros como una tienda, venta de insumos agrícolas o un polirrubro. “Me decidí y abrí el negocio” Dar el paso lo ayudó a experimentar sus primeros diseños. Corría el año 2006 y aquel estudiante de ingeniería y cocina, se vio en la soledad de su taller, atendiendo a sus primeros clientes. En los pueblos, la función de un joyero siempre fue de magna importancia, la mujer y el hombre de campo usan joyas para destacar su atuendo, para lucirse en bailes y seducir a su amor, en el joyero se deposita la ilusión y el compromiso. Todo ese deseo que no es más que una idea en la cabeza, Fernando le tuvo que dar forma en el metal. El trabajo le gustó.

Federico, su hermano menor estaba por el mismo camino que su mayorazgo. Estudiaba en Bahía y volvió al pago, trabajó en una carpintería hasta que se quedó sin trabajo y eso significó la mejor noticia en su vida: la joyería de su hermano lo estaba necesitando. “Él me enseñó el oficio y entre los dos nos complementamos, uno trabaja mejor en la máquina y el otro en el acabado final” Los hermanos de esta manera comenzaron una dinastía que se ilusionan continúe en sus hijos.

La sociedad de Suárez responde. Se trata de una localidad que agradece tener a los hermanos joyeros. Las piezas que más se venden son los pasapañuelos, elemento basamental de la vida del hombre campero, alianzas, y mates. Los mates que hacen los hermanos Dill son obras de arte que unen lo mejor de su talento con la tradición orfebre argentina, juntos hacen un estilo único, el estilo suarense.

La cocina de una joyería es un mundo de pequeños secretos. Se trabaja con metales nobles, el oro, la plata y el cobre. “Las herramientas que usamos son el soplete, crisol, laminadora, cincel, lima, arco de sierra y pulidora. En cada pieza pones tus ojos, tus manos, usas una mirada especial. Algunos joyeros trabajan primero diseñando en papel sus joyas, acá trabajamos con la imaginación, todo lo tenemos en la cabeza y desde ahí, lo presentamos al metal o a la piedra”, explica Fernando. “Se trabaja muy fino, hay que tener mucha paciencia, prolijidad, buen pulso y muy buena vista. Todo lo que hacemos está hecho a mano. La plata, por ejemplo, viene en granalla, que es la plata pura en gotas, nosotros la llevamos a plata 925, agregándole cobre. Por ejemplo una pulsera te puede llevar dos días de trabajo”, detalla Federico.

Existe algo de alquimia en el trabajo de la orfebrería. “La plata es manejable, pero el oro no te permite errores, no podés fallar”, afirma Fernando. En pueblos como Suárez, la importación es algo que atenta contra el diseño original. “No podemos competir con la tecnología de afuera, pero en cuanto a diseño, no le tenemos miedo a nada. Lo importado no es dudarero“, resume Federico. “La orfebrería es algo que se va perdiendo, pero acá estamos”, afirman los dos hermanos que luego de andar recorriendo tantos caminos, decidieron pisar la huella de un trabajo que crea productos que durarán todos los días de una vida.