Qué tendrá esa nación emergente, lejana, en la otra punta del mundo, no solo occidental sino también sureño? ¿Qué hará que centenares de miles de europeos vayan a probar suerte y un buen número se radique? Estas y seguramente otras preguntas similares circulaban entre muchos analistas del Viejo Continente. Y son las que impulsaron a algunos pensadores a emprender el largo viaje en barco hasta Buenos Aires (15 a 21 días) para recorrer luego parte del interior.
Quedaron impactados por una nación tan distinta a sus países de origen, pero, a su vez, tan parecida. Algunos volcaron esas impresiones en artículos y libros. Tomaremos la obra de cuatro de ellos: los españoles Vicente Blasco Ibáñez y Adolfo Posada y los franceses George Clemenceau y Jules Huret.

El adelantado Blasco Ibáñez. La celebración de los cien años de la Revolución de Mayo encontraba a nuestro país en un momento de optimismo y fervor. Si bien también subyacían las graves crisis laborales, las autoridades nacionales consideraron que ese 25 de mayo era la fecha ideal para mostrar al mundo las grandezas de esta joven nación. Dentro de este propósito se invitaron a grandes personajes de Europa, Estados Unidos y los países vecinos para que vinieran a conocer esta tierra de milagros.
Vicente Blasco Ibáñez, español, periodista, escritor, anticipándose a todos, arribó al puerto de Buenos Aires en junio de 1909. Llegó en el mismo barco y se hospedó en el mismo hotel (España, de la Avenida de Mayo) que Anatole France, el célebre novelista francés.
No bien llegó de vuelta a su patria, Blasco Ibáñez publicó “La Argentina y sus grandezas”, probablemente con apoyo oficial del gobierno nacional, si tomamos en cuenta que en el prólogo deja en claro su objetivo: “Que sea leído fuera de la República Argentina”, para que las naciones europeas “tengan una visión exacta y perfecta de lo que son los pueblos jóvenes y progresivos de Sudámerica, al frente de los cuales marcha el de la Argentina”.
Esa primera edición es, de todos los escritos ofrecidos por los ilustres visitantes, la mejor presentada, pues, al lenguaje florido y culto, pero muy ameno, se le suma una gran cantidad de fotografías de la Argentina y hasta un mapa a doble página en el inicio.
Lo sorprende la enorme Patagonia, pero también los ríos de la Mesopotamia a los que llama “la principal riqueza. No existe en Europa nación alguna que pueda compararse fluvialmente con la República del Plata.” Pasa luego a hablar de “la raza” asombrado ante la ausencia de negros en estas latitudes (tema presente también en Clemenceau). Realiza una cuestionable defensa de la imposibilidad de vivir juntos blancos y nativos: “Era forzoso para la República morir o matar al indio de a caballo” y luego los califica como “langosta humana” entre otros duros epítetos.
Al período de la primera parte del país libre y los caudillos hasta los gobiernos posteriores a Caseros lo llama, en parangón con la historia mundial, “Caos, Edad Media y Renacimiento”. Su cronología de los hechos históricos no tiene nada que envidiarle a un libro de la escuela secundaria actual.
Al describir a la Argentina que conoció destaca cuatro elementos de progreso: “El riel, el transatlántico, el Remington y el alambre”. El ferrocarril y el vapor “rompieron el demonio de la despoblación”, Grave problema del país. El “ser argentino” es desarrollado en detalle. Le llama la atención su curiosidad, su impaciencia, el valor, el sentimiento maternal que domina en la mujer.
En menos de un año recorre casi todo el “país de rápidas mutaciones y vertiginosos progresos” y volverá un par de años más tarde para fundar dos colonias que poblaría con valencianos. Lamentablemente, Nueva Valencia, en Corrientes, tuvo su auge con el cultivo del arroz, pero luego decayó; Cervantes, en Río Negro, aún subsiste.  
Blasco Ibáñez escribe casi 800 páginas en un puñado de meses para tener listo el libro para julio de 1910.

El universitario Posada. Pasado el 25 de mayo de 1910, llegó al país el profesor universitario español Adolfo Posada. Dictó una serie de conferencias tanto en Argentina como en naciones vecinas. Dos años más tarde apareció “La República Argentina”, libro en el que el género típicamente “viajero” queda eclipsado por una profunda descripción de temas históricos y sociológicos de esta parte del planeta, en especial de la ciudad de Buenos Aires.
La capital le resulta una mezcla de ciudades europeas, pero con un fuerte sentido del progreso: “Si hiciera falta, Buenos Aires no dejaría en sus calles y avenidas piedra sobre piedra; reedificaría cuanto fuese preciso para convertir la ciudad en la mejor del mundo”. Y sale a recorrerla.
El puerto le impacta como “lo más característico y sobresaliente”. Pero también visita escuelas, bancos, medios de comunicación. Con el intendente Manuel Güiraldes emprende una gira en auto (un lujo por entonces) de unas cuatro horas. De todo hace cuentas, registra números, compara cantidades, hurga en boletines y planillas. Así sabemos, por caso, que en abril de 1910 entraron de ultramar poco más de quince mil personas. ¿La mayor cantidad?: casi 6.500 españoles y casi 4.400 italianos. El tercer emisario nos sorprende: 1.263 rusos. O los datos de alimentación en la ciudad, como que ya se comía cerca de 130 kilos de carne vacuna por año. 
La ciudad crece y crece. No puede predecir el porvenir, pero de algo está seguro: hay que descomprimirla, “se impone una transformación de la traza actual”. Visita La Boca, el Jockey Club, el teatro Colón, la Casa de Gobierno, el Hogar Obrero, la cárcel, el Tigre y el Colegio Nacional Oeste, el primero que cita para introducir un largo y sesudo capítulo sobre educación. Este tema es su fuerte y lo encara desde varios ángulos, incluyendo una brillante exposición histórica que parte de Mariano Moreno y llega hasta sus días, destacando al “héroe de la escuela”, “la más alta representación cultural y la más fiel del pueblo argentino”, Domingo F. Sarmiento.

El reflexivo Clemenceau. El 30 de junio parte desde Génova el estadista y político francés George Clemenceau a bordo del Regina Elena con destino Buenos Aires. Sus “Notas de viaje por América del Sur” fueron publicadas en L’Ilustration y recopiladas en un libro homónimo. Su estilo va más allá del relato minucioso, tan característico de Blasco Ibáñez y de Huret. Hay mucho menos descripción y más análisis de los temas tocados.
Mucho más crítico que el valenciano Blasco Ibáñez, si bien elogia, lo hace con equilibrio. Por ejemplo, califica a Buenos Aires (la capital “menos colonial probablemente de los países sudamericanos”) como “una gran ciudad de Europa, dando por todas partes la sensación de un crecimiento prematuro, pero anunciando, por el adelanto prodigioso que ha tomado, la capital de un continente”. A la Plaza de Mayo la encuentra “bastante torpemente decorada” y en los hoteles (eso que se alojó en el lujoso Palace, de Buenos Aires) “es donde se tiene sobre todo la sensación de hallarse lejos de Europa”.
“En un país donde es desconocida la chimenea”, destaca que “la arquitectura italiana reina en Buenos Aires” y también las dificultades para transitar por las veredas del centro y el alto costo de los lotes.
Evidentemente no está condicionado por la idea de escribir notas que les agraden a los argentinos o sirvan de publicidad, como Blasco Ibáñez. Manifiesta, por caso, que  no le encontró sabor agradable al té de Paraguay (el mate) o que para ir a Palermo debe comerse una espera de diez minutos en una barrera (¡sí, en 1910!) y luego andar por una carretera “abundante en baches” (¡sí, en 1910!).
En su manifiesto interés por el hombre, en tanto habitante de esta nación sudamericana, reconoce el “patriotismo” de los porteños que lo esconden bajo un carácter europeizado: “estos diablos de gentes, nos argentinizarían en un abrir y cerrar de ojos”. Constantemente compara a los habitantes de América del Sur con los de América del Norte, donde vivió tres años. Y encuentra a favor, por ejemplo, que “el lazo de familia parece mucho más estrecho en la Argentina que en otra parte”.
Afirma que el aporte de la masa inmigratoria a un crecimiento a destiempo y fuera de proporción con el desarrollo de la capital argentina es caldo de cultivo para anarquistas y socialistas. Clemenceau estaba en la Argentina, a poco de partir hacia Uruguay y Brasil, cuando estalló una bomba en el teatro Colón, que causó varios heridos.
Si bien su vida en el país está íntimamente ligada a las clases altas (va al Jockey Club y al Hipódromo), en su viaje a las provincias del norte confiesa que “subsisten importantes aglomeraciones de indígenas que el gobierno trata, por desgracia, sin consideración”. 
Luego de su repaso de las autoridades cívicas, afirma que “en América, como en Europa, la prensa es el primer poder después del gobierno”. Cierra el tema remarcando la omnipresencia de los fotógrafos, algo que llama la atención tan temprano.
Sin indicar por dónde viaja, destina una buena cantidad de tinta y papel a la descripción del campo: sus animales (Clemente Onelli, director del Jardín Zoológico de Buenos Aires, le regaló dos cisnes de cuello negro que “no han podido acomodarse al clima de Normandía”) y sus árboles; los ranchos y las estancias con los estancieros; el gaucho y sus diversiones; la caza de perdices; la cría de ganado; la llanura.
Ante el poco tiempo disponible elige Tucumán. Queda impactado en el “Jardín de la República”,  pero lo golpea la falta de higiene y de comodidad de la clase obrera. 
La obra de Clemenceau no cita estadísticas. Su profunda reflexión lo lleva a anticiparse a problemas del siglo XXI, como la globalización y el desastre ecológico.
El periodista Huret. Pocos días después que arribó al país Blasco Ibáñez, llegaba también Jules Huret. Venía precedido de una prolífica carrera de veinte años en medios parisinos en los que descollaba como pluma viajera. Ya había escrito sus impresiones por América del Norte y Alemania.
En 1911 publicó “De Buenos Aires al Gran Chaco” y, poco después, “Del Plata a la Cordillera de los Andes”, diferenciando claramente su larga estadía por estos pagos en dos líneas geográficas bien definidas.
No hay dudas de que ninguno de los visitantes escribió con tanto dinamismo y tanto sentido de contar un paseo como Jules Huret. Lógico: era eminentemente periodista. La riqueza de sus descripciones es tal que, pese a ser minuciosa, nunca cansa. Huret siempre encuentra algo curioso, un dato pintoresco, una apelación al corazón.
Al leer cualquiera de sus dos libros se tiene la impresión de que planificó todos sus movimientos con gran coordinación como para aprovechar día a día. Inicia su viaje interno, como todos, por lo que hoy llamamos microcentro, donde le resultan incómodas las angostas calles, salvo la avenida de Mayo. En su andar se detiene en pequeños detalles, curiosos para nuestros días, como los hombres-sandwiches que anuncian con esos carteles portátiles los remates.
Casi como una guía de viajes moderna va describiendo El Bajo, La Boca, Barracas, las cercanías del Coliseo, la Recoleta, Palermo. Dedica tiempo a conocer las instituciones, en muchos casos también acompañado del intendente local, como la Sociedad de Beneficencia, el hospital Rivadavia, el Hospicio de Ancianos y el neuropsiquiátrico Open Door.
Visita tres grandes estancias: Cabaña de Belén, de Manuel Cobo, en Lezama; San Juan de los hermanos Pereyra, camino a La Plata; y La Martona, de Vicente Casares, cerca de Cañuelas. La primera estaba especializada en ganadería, la segunda más diversificada y la tercera, productora de leche y manteca. Queda maravillado de todos los adelantos y la vida holgada de sus propietarios. Recuerda, por caso, cuando Cobo quería comprar en Inglaterra 1.200 ovejas y borregos Lincoln y el dueño, Mr. Wright, no se los vendía pues eran carísimos: “Antes de acostarse metió D. Manuel en un sobre un cheque de 50.000 libras esterlinas y se lo envió a Mr. Wright diciéndole: ‘Meta usted eso debajo de la almohada y mañana habrán cambiado tal vez sus ideas’. Es un buen rasgo de psicología. No es fácil acostarse impunemente sobre un cheque de millón y cuarto. Como el sagaz argentino había previsto, la almohada aconsejó a Mr. Wright y al despertarse por la mañana estaba resuelto a no devolver su cheque”.
Huret, como otros viajeros, pero con más tiempo, aprovechó la extensa red ferroviaria para recorrer el país. Cuenta que las autoridades fletaron para él un servicio especial de Buenos Aires a La Quiaca por Tucumán. 
Reconoce la belleza de la mujer tucumana y recorre las impresionantes instalaciones de proceso de caña de azúcar del ingenio San Pablo, de los hermanos Nougués, como también las fábricas de la casa Tornquist y del “malogrado compatriota” Hileret.
Sigue el convoy hasta Jujuy y la quebrada de Humahuaca, donde lo sorprende la altura, las llamas y “los indios”. En La Quiaca hay poco y nada de ciudad, pero, sin embargo, del tren bajan un piano y un auto. Los llevarán unos cuarenta indios en sus espaldas, pues no hay camino hasta Tarija (150 kms), a la estancia de Arce.
Siguiendo su larguísimo viaje, retorna hacia el sur por Santiago del Estero, donde lo asombra la sequía. Visita en Quimili “la fábrica de aserrar maderas de la Sociedad de Quebrachales Chaqueños” y, ya en Santa Fe, la magna La Forestal.
“Corrientes no ha prosperado mucho hasta hoy, a causa tal vez de las cualidades, o de los defectos, de sus habitantes. Debieran trabajar más, pero todos viven, más o menos, de la administración y se dan por satisfechos.” Un compatriota que allí vive confirma la idea: “El microbio que el europeo tiene que temer aquí es la pereza”.
Por último conoce el enorme frigorífico de Liebig (“la cocina más grande del mundo”), donde preparan el extracto de carne para llevar a Europa.