Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

A lo lejos se ven las sierras y un escenario de fabulosa belleza. En este pueblo que llegó a tener 750 habitantes en la segunda mitad del Siglo XX, permanecen hoy, apartados de todos y de todo, cuatro pobladores que viven en una hermosa casa a un costado de las vías. De aquella incipiente población, del legendario almacén de ramos generales de Montoto, de una fábrica de quesos, de un hotel y de una herrería, sólo quedan el pastizal de la alfombra natural pampeana.

Tres niños de jardín de infantes y dos de primaria más la dupla de maestras, son los protagonistas de esta historia que huele a desafío, pero también a obstinación. Porque en Krabbe sobran las fuerzas y las ideas para luchar contra un progreso que ha dejado al paraje al borde de la desaparición. “Necesitamos que llegue la luz”, repiten con insistencia Claudia y María. Necesitan muchas cosas, es cierto, pero tienen el sentido de la pertenencia y una inmensa fortaleza. Estas dos mujeres son el alma de Krabbe y en el abrazo que le dan a sus alumnos abrazan, también, a toda una comunidad.

Ser maestra

“En aquel monte estaba el almacén de Don Aurelio”, recuerda Juan Carlos Garde, que vive a cinco kilómetros del pueblo. Pone la mirada en un costado de la estación en donde sólo hay monte y melancolía. Ni las ruinas han quedado de ese almacén que supo reunir a varias generaciones. “Allá estaba el hotel de Badie”, lanza ahora. Su vista se pierde en algún lugar de los recuerdos, su mente recrea un Krabbe donde la gente caminaba y entraba a los diferentes negocios y del tren bajaban y subían pasajeros. El viento que baja de las sierras nos devuelve a la realidad. Hasta hace semanas, la escuela estuvo aislada por el mal estado de los caminos; el agua aún rodea el edificio. Los niños llevan perdidos dos meses de clases, pero no la continuidad educativa.

Claudia y María se encargan de llamar a los padres para darles tarea y hacer que sus alumnos nunca dejen de recibir educación. Para llegar a la escuela se turnan: una semana María pone su auto, y la otra, Claudia. En su sueldo de maestra rural tienen contemplado el gasto del combustible, pero esa contemplación estatal apenas les alcanza para una semana de viajes. Lo demás sale de sus bolsillos como casi todo lo que deben hacer para la escuela. Acá la vocación es seria, y no hay mucho lugar para reclamos de los que se acostumbran a oír en las ciudades. “Venir al campo es un desafío”, suelta Claudia.

Lo dice porque en Krabbe no hay luz ni agua: la poca que hay sale de un molino y no es potable. Ante la falta o la escasez encontraron la fórmula de la unión: las madres dejan a sus hijos en la escuela y se quedan limpiándola. Cuando hay que cortar el pasto o arreglar algo, algún padre se ofrece y lo hace como se hacen las cosas que salen del corazón, desinteresadamente. Así funciona una escuela rural: es la casa de todos y todos colaboran, protegiendo ese templo de luz en donde los futuros habitantes de Krabbe se están formando.

La escuela como puntal

“El campo es una lucha diaria”, comenta Claudia Costen, maestra jardinera de más de veinte años de experiencia en este oficio que tiene más de madre y abuela que de docente, justo aquí donde los niños piden permiso con una reverencia ejemplar y oyen hasta con los ojos las lecciones que muchas veces se apartan del sistema curricular para instalarse en el campo de la formación humanitaria. En Krabbe, donde hasta hace 15 días no había Internet, sigue sin haber señal de celular, pero llegan otras señales que emana la antena de la solidaridad. Todo en la escuela se comparte y a pesar de respetarse las jerarquías, se convive como si todos fueran una familia: la escuela es el único punto blanco en un horizonte castigado, a un costado de la ruta 51.

“Seño, lavamos las tazas”, dice un alumno cuando terminan la merienda que tomaron todos juntos en una mesa de la sala de jardín, compartiendo historias y anécdotas del día. “¿Vieron como llaman las ranas?”, nos pregunta María Elizabeth Fernández, la directora, y otro puntal de la escuela. “Sienten el olor a la laguna”, le responde la madre de Ludmila, que todos los días llega a la escuela a caballo. No es la única que vive lejos: otra compañera vive a un par de kilómetros y su padre -todos los días- la trae en tractor.

Tirar parejo

Tendrán agua potable gracias al trabajo de Proyecto Pulpería en conjunto con el SPAR, Servicio de Agua Potable y Saneamiento Rural, un organismo dependiente del gobierno de la provincia de Buenos Aires que está a cargo de Juan María Viñales. No se detiene ahí el trabajo de la ONG Proyecto Pulpería: pronto equipará la escuela y hará aquí una biblioteca comunitaria para que los alumnos, docentes y todos tengan mejores herramientas educativas y tecnológicas. Los proyectos que las dos maestras tienen son muchos. “Los días que no pueden llegar los chicos los ocupamos en escribir notas para pedir cosas para la escuela o en generar ideas”, cuentan. Una de estas hoy es una realidad: consiguieron que Ferrosur les cediera la estación de tren, donde harán un salón de usos múltiples. “Lo importante es tirar parejo”, nos dicen mientras cruzamos las silenciosas vías del tren.

Se ve movimiento en la escuela, un tractor, un caballo y un auto, se acaba el día para los niños. Padres, maestras y alumnos se despiden con abrazos que tienen mucho de complicidad familiar. El edificio queda vacío. A lo lejos se oyen unos chanchos, el viento trae aromas a pasto y a tierra mojada, Claudia y María cierran las puertas de esta escuela que es todo un pueblo, se suben al auto, y se van. “Por ahí nos hacen un monumento algún día”, dice Claudia y sonríe. Nadie lo merecería más que estas dos mujeres que quieren cambiar su pequeño mundo.

Cómo llegar:

Por Ruta Provincial 51, 30 kilómetros antes de llegar a Coronel Pringles.

Más Info

ONG Proyecto Pulpería

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