Y con un mundo extraordinario de fantasía y sueños. Dibujante fuera de lo común, de joven descolló al ganar el Premio Marcelo De Ridder con una obra memorable (hoy en la colección del Museo Nacional de Bellas Artes).
Fermín Eguía nació en Comodoro Rivadavia, provincia de Chubut, en 1942. A los 14 años se mudó con su familia a Buenos Aires. Estudió en las escuelas de Bellas Artes y durante 15 años trabajó como dibujante técnico en el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria). Paralelamente comenzó a exponer sus obras, siempre de carácter figurativo. La primera muestra individual, en 1965, fue prologada por su querida profesora Aída Carballo. A fines de los sesenta, Fermín Eguía militó en el Movimiento de Liberación Nacional. En 1972 fundaron el grupo Manifiesto y organizaron un “Contra Salón”, en repudio a la censura de una obra en el Salón Nacional del año anterior.
En 1974 obtuvo el De Ridder, y se compró una casa en una agreste isla del Tigre, donde disfrutaba largamente de observar los “bichos”, los animales, las plantas y el movimiento del río. Todos estos elementos nutrieron su imaginación para inventar sus propios “monstruos” insertos en el paisaje fluvial.
Los “nariguiles”, personajes que tienen una nariz por cabeza, es otra de sus invenciones: “es la manera en que los chicos ven a los mayores desde abajo”, cuenta Eguía. También aparecieron sus series “vociferantes” (grandes bocas risueñas) y “la tetera”, con patas de ave, o de humano.
Imposible clasificarlo en estilo o movimiento pictórico alguno, es creador de una obra única con espíritu “jocoserio” (parte jocoso, parte serio) como él lo llama. Su implacable humor, a veces disparatado, se conjuga con la realidad, con sucesos de la historia y el presente de nuestro país que nos toca vivir. “La catarsis de la risa puede hacernos llevadera las penurias actuales”, expresó el artista en el catálogo de su exposición “Episodios Nacionales” en 2002, en la que aborda desde un “Desembarco en Buenos Aires en 1870”, una cautiva de los indígenas o escenas de la conquista al desierto, tomando como referencia pinturas del siglo XIX, en diálogo con imágenes de la crisis desatada a fines de 2001; y confiesa: “Ya casi viejo miro las cosas con más pausa, y cualquier interpretación la tengo por provisoria…”.
Pero el espíritu rebelde y crítico de Fermín Eguía siempre está presente; como analizaba el cordobés Mariano Serrichio: “La voluntad crítica contra la sociedad burguesa, contra la ordenación y negación de los impulsos, que alimenta la creación de Eguía, encuentra en la sátira su mejor aliado. La rebelión viene desde abajo, está impulsada por la risa, el sexo, el asco, la ternura, el deseo… no desde alguna torre de marfil de la cultura”.
Sus últimas obras, en donde se mezcla lo oriental con algunas imágenes referidas a la muerte, a la vida en el Delta, donde la flora y la fauna le dan un toque muy especial, me recuerdan a las del maravilloso artista japonés Utamaro (1753-1806).