La sutileza de los viñateros puso en pie de guerra a los representantes del azúcar: al ser tratado como endulzante, el mosto pasa a competir en forma directa con los dos insumos tradicionales que se utilizan en las fórmulas de las aguas saborizadas, jugos envasados y gaseosas: el azúcar y el jarabe de alta fructosa de maíz. El enojo subió hasta el despacho mismo del gobernador de Tucumán, José Alperovich, en cuya provincia se procesa el 70 por ciento del azúcar que se produce en la Argentina. El mandatario comenzó de inmediato una campaña para “voltear” la iniciativa cuyana. Como principal fogonero de la oposición al proyecto, el tucumano convocó a diversas reuniones a sus pares Juan Manuel Urtubey y Eduardo Fellner, gobernadores de Salta y de Jujuy, respectivamente, y al resto de los gobernadores del NOA, que apoyaron su postura.

“La estrategia de la industria azucarera es rechazar que haya más jugadores en el negocio de endulzantes de bebidas sin alcohol”, explicó a El Federal un lobista de esa cadena de valor, que prefirió no identificarse.

En la actualidad, el mercado de las bebidas analcohólicas se provee anualmente de 550 a 650 mil toneladas de producto edulcorante. El 55 al 65 por ciento es azúcar; el 35/45 por ciento restante, jarabe de alta fructosa de maíz. El precio por tonelada de cualquiera de esos productos ronda 350/450 dólares, o sea que el número global del negocio supera los 200 millones de dólares anuales.
Pero Cuyo busca la manera de ubicar en la industria de gaseosas un remanente de 40 a 50 mil toneladas anuales de mosto que quedan de la producción anual de vinos. El mosto es el jugo de uva concentrado y purificado, que al perder los atributos del sabor, sirve para endulzar cualquier bebida, porque se transforma en pura fructosa. Hasta hoy, ese mosto tiene que venderse con descuento en el mercado externo, porque no hay dónde ubicarlo en la industria local. Este proyecto abre esa posibilidad.

Toma dos 

¿Cuál fue la propuesta concreta de los vitivinicultores a la industria de las gaseosas? En un primer momento, sobre el texto de Basterra, los representantes del vino sugirieron hacer un cambio para bajar el impuesto del 28 al 26 por ciento a los industriales que utilicen al menos un 10 por ciento de mosto en el proceso de edulcoración de bebidas sin alcohol.

Una rebaja impositiva de sólo el 2 por ciento representaría, sin embargo, el 50 por ciento del costo de edulcoración: 100 millones de dólares al año para la industria.
Pero hay algo más: el valor de mercado de la tonelada de mosto es de 1.200 a 1.500 dólares. Mucho más cara que los 350 dólares que cuesta el azúcar o la fructosa de maíz. ¿Compensaría una exención de gravamen el costo adicional que deberá pagar el industrial que decida utilizar mosto para endulzar? Desde Coviar aseguran que sí. Desde las otras cadenas, lo niegan.

Fernando Nebbia, presidente del Centro Azucarero Argentino, salió con los tapones de punta: “La solución propuesta para el mosto implica un brutal aumento a los impuestos internos que tributan las Bebidas Gaseosas Analcoholicas. Esto provocaría una importante caída en las ventas de azúcar. Para nosotros es inaceptable que se busque subsidiar el ingreso al mercado de 65.000 toneladas de mosto concentrado como edulcorante a expensas de una economía que es competitiva y de fundamental importancia para el NOA.”

Los cuyanos respondieron de inmediato. Palabras de la presidenta de Coviar: “Desde la vitivinicultura, nunca vimos a nuestro proyecto como una pelea contra nadie. Nadie, como alguien que está dentro de una economía regional como la vitivinicultura, que conoce que es muchas cosas pero sobre todo es trabajo, conoce y respeta a otra economía regional como la azucarera, que es muchas otras cosas, pero sobre todo trabajo. Entonces, jamás sería nuestra idea lesionar los intereses de otra economía regional que está peleando la misma, sino complementarlos y favorecer a esas dos economías regionales y a las de la naranja, el pomelo y los citrus en general. Nos tenemos que dar lugar entre todos.”

Toma tres

Apenas conocida esta primera propuesta de las provincias viñateras, comenzó el lobby a los niveles del Congreso, del Ministerio de Agricultura e incluso de Presidencia, lugares donde Alperovich y sus socios políticos concurrieron para tumbar sin más trámite el proyecto de lo que comenzaron a llamar la “ley del mosto”.

La Cámara de Diputados se convirtió en un hervidero, y tanto los gobernadores de Mendoza, Francisco “Paco” Pérez, como de San Juan, José Luis Gioja, acordaron con sus respectivos legisladores reformas para calmar las aguas y poner paños fríos con los díscolos tucumanos. En este sentido, las gestiones generadas desde el INV y desde Coviar fueron fundamentales para parir una segunda versión, más edulcorada (nunca tan feliz el término) del proyecto de los cuyanos, fogoneada principalmente por los diputados Daniel Tomas (San Juan) y Guillermo Carmona (Mendoza).

Según este tercer proyecto –que es el que se presentó en el Congreso como alternativo al de Basterra-, la propuesta es bajar el impuesto a las bebidas analcohólicas del 28 al 18 por ciento (o sea, una rebaja del 10 por ciento) si los industriales incluyen una edulcoración de alrededor del 9 por ciento de mosto y del 75 por ciento de azúcar.
En otros términos, los representantes del vino consiguen su objetivo de “colocar” sus 50 mil toneladas de mosto disponibles, y la industria azucarera, en lugar de entregar un 55 por ciento de producto a los fabricantes de gaseosas, ahora podrá proveer ¡hasta el 75 por ciento!, o sea, aumentará su participación en el negocio en alrededor de 20 puntos.

Casi idílico. ¿Verdad? Con un solo detalle: si este proyecto se aprobara, el negocio deja prácticamente afuera a los fabricantes de fructosa de maíz, que del 35/45 con el que participan hasta hoy, se quedarían con un escueto 15 por ciento. La famosa frazada corta. Situación que, desde luego, no pone felices a los miembros de esa cadena de valor.

Fructosa Out

“Lo que se está intentando hacer con esta ley, en realidad, es aplicar una cantidad de impuestos mucho mayor a la fructosa para que no sea tan competitiva, y hacer a las industrias que utilizan estos endulzantes menos competitivas.” El que habla es Martín Fraguío, director ejecutivo de la Asociación Maíz Argentino (Maizar).
Hasta este momento, en el negocio de la edulcoración de bebidas, el azúcar se llevaba $ 1.200 millones, y la fructosa de maíz, $ 800 millones.
Si esta nueva propuesta se convierte en ley, el azúcar embolsará por este negocio una ganancia de $ 1.500 millones, la industria del mosto $ 200 millones, y los maiceros bajarán su participación a $ 300 millones. Enorme la pérdida para esta cadena agrícola.

El lobista del maíz afirmó: “En el mercado de los endulzantes, hay un producto que surge de la cadena del maíz y que es muy competitivo, y que ayuda a la competitividad y a la calidad de las bebidas gaseosas, que es el jarabe de alta fructosa. El mosto, como endulzante, se usa para algunas industrias pero tiene un precio muchísimo mayor.”
Wilhelm disparó con munición gruesa contra los maiceros. Afirmó: “Convengamos que el jarabe de alta fructosa no es un producto natural, sino un producto artificial que no es saludable, es cuestionado en algunos países del mundo, y además puede destinarse fácilmente a otros usos.”

Fraguío respondió: “La primera duda de muchos expertos en este mercado es si el mosto tiene sabor. O sea que para muchas gaseosas, sin importar si se lo regalan, el mosto no es una materia prima apta porque modifica el sabor al producto final. O sea, uno no va a tomar una gaseosa que tenga sabor a jugo de uva o algo por el estilo, y esa es una limitante importante.”
La titular de Coviar aseguró que el mosto pierde totalmente el sabor, y atacó: “No vas a comparar una economía regional de mano de obra intensiva como la nuestra, con economías extensivas con otro tipo de márgenes. Es hasta una cuestión de equidad”.

Pero la nueva formulación de los viñateros todavía no seduce a los ingenios azucareros. “El proyecto del diputado nacional Luis Basterra implica un incremento del 250 por ciento en la alícuota de impuestos internos a las bebidas analcohólicas. Este incremento sería disminuido al 125 por ciento, según la modificatoria del diputado nacional Tomas, para quienes utilicen mosto entre un 5 y un 9 por ciento y azúcar en un 75 por ciento. Se está hablado de incrementos que por su magnitud tendrían un fuerte impacto negativo sobre la actividad industrial de varios sectores económicos”, señaló Nebbia, quien agregó: “El impacto sobre el precio de las bebidas analcohólicas al consumidor sería de un crecimiento del precio al consumidor de hasta un 40 por ciento”.
“Por lo tanto a la caída del volumen de demanda se le sumaría una caída de los precios del azúcar, y el incremento del precio de las bebidas al consumidor: todos perderíamos, incluido el mosto”, concluyó Nebbia.

“La verdad es que los tucumanos no conocen este proyecto o tienen una versión tergiversada”, se quejó Wilhelm. Precisamente, por estos días, se están llevando a cabo, tanto en Cuyo como en Tucumán, distintas reuniones técnicas para acercar las posiciones, con el objetivo de hacer ver a los azucareros el vaso medio lleno. Ianizzotto, de la bodega Fecovita, llamó a la calma: “Nosotros consideramos que este es un proceso lento. Hay que esperar y tranquilizarnos, porque algunos ingenios embarraron la cancha y se malentendieron algunos conceptos. Este es un proyecto en beneficio de todos, no busca perjudicar a nadie.” Categórico, Fraguío, de Maizar, afirmó por su parte: “Lo que nosotros tratamos es de instalar una visión racional y analítica de esta iniciativa. Creemos que lo razonable sería abandonarla.”

¿Qué dicen los fabricantes de aguas y gaseosas? Se llamaron a silencio y evitan emitir opinión frente a los periodistas. Siguen el tema con sigilo. Para el Gobierno, la política que más importa es la de los Precios Cuidados. Por la forma en que puede alterar los precios de góndola de productos tan populares como las bebidas sin alcohol el proyecto genera dudas, tanto en su versión Basterra como en la de sus pares cuyanos. Habrá que ver cómo se contrapesa esta compleja balanza, que intenta nivelar demasiados platos. No será fácil.