Planificar una salida de pesca no es nada fácil. A los condicionamientos a nivel individual (laborales, familiares, de salud, etc.) se suman los factores naturales. Entre estos últimos, tres son los que sostienen o arruinan una jornada: el viento, el nivel del agua y la lluvia.
Las precipitaciones, por lo general, no influyen en la pesca, pero resultan molestas y hasta pueden originar alguna enfermedad, especialmente con los enfriamientos en invierno. El viento y el nivel del agua, por el contrario, tienen una gran incidencia en ciertas pescas. Es el caso de esta salida al río Ibicuy en el paraje La Argentina, nombre de la antigua estancia de los Berisso.

Poca agua y creciendo. Teníamos todo arreglado con Pablo Bofill y Roberto Ayala para visitar este lindo pesquero determinado día de febrero. Seguimos la evolución del viento en www.windguru.cz. Indicaba que soplaría del sudeste con promedio de diez kilómetros por hora, subiendo al doble, pero después de las seis de la tarde. No fue así.
El sudeste, que ya se había hecho sentir el día anterior, comenzó a las seis, pero de la mañana, en que botamos la lancha en una bajada del viejo camino que viene de Médanos. Y desde ese instante promedió los veinte kilómetros por hora. Por consiguiente, no solo se arruinaron todos los pesqueros donde golpeaban las olas del Ibicuy sino también se produjo un fenómeno que, en general, es muy adverso para la pesca: el repunte repentino de las aguas, especialmente con un río bajo. No tengo una base científica, pero sospecho que los peces deben sufrir un cambio en la presión en el hábitat, que los lleva a no comer hasta que se adecuen a las nuevas condiciones. Calculemos que una playa de barro que una semana atrás “hervía” de tarariras ahora tenía medio metro más de profundidad. Lugares secos donde esta especie no podía acceder ahora estaban llenándose de agua. Los primeros que ingresan son los peces forrajeros, que buscan insectos y lombrices en el nuevo almacén a disposición natural. Detrás de ellos, los que se los comen, como taruchas y dorados.
Precisamente la intención era pescar estas dos especies. Comenzamos buscando al “tigre de los ríos” en una pequeña barranca que nos servía para lanzar sobre un banco cuyo fondo estaba impregnado de lama y, por tanto, nos obligaba a usar señuelos de superficie o cucharas giratorias, recogidas con bastante velocidad. Roberto y Pablo tuvieron unos diez piques durante la mañana y parte de la tarde (el mediodía lo pasamos comiendo algo liviano y dormitando bajo la copa de unos árboles), pero realmente muy rápidos, como a desgano. El resultado fue de apenas dos doraditos de kilo en la costa. Ambos percibieron el pique brutal de un par de piezas que parecían más grandes, pero no las clavaron ni las vimos saltar.
Dada la pobre pesca de dorados, fuimos a buscar tarariras y empezó así otro gran desafío. Para esquivar el fuerte viento, ingresamos, primero, al arroyo El Talita, pero nos encontramos con un panorama que es habitual en este curso. Cuando, después de una gran inundación, como sucedió meses atrás, comienza a bajar, arrastra gran cantidad de camalotes, que cubren todas los desagotes y zanjones, incluyendo las desembocaduras y las márgenes del cauce principal. En consecuencia no hay sitios donde buscar tarariras y estas se ubican en el centro del canal y no atacan señuelos. En lo que quedaba de una salida de agua logramos engañar un par con cucharitas giratorias y ranitas de goma, pero demasiado poca actividad.
Entonces decidimos buscar algunas de las pocas playas de barro que, luego de tan marcada bajante, quedan sobre el Ibicuy. Entre los juncales fuimos detectando claros. A algunos los alcanzamos lanzando desde la lancha y, en otros, hubo que bajarse y vadear.
El vadeo tiene su encanto, pero también sus dificultades. La regla indica que siempre hay que tener bien firme un pie para levantar suavemente el otro y afirmarlo, repitiendo así la secuencia. Hay algunos factores que complican la maniobra: el fondo resbaladizo, demasiado blando (se entierra la pierna) o con palos y pozos, especialmente, los tocones de juncos y árboles. En el río se le suma un tema preocupante: las rayas. Lo mejor, en este caso, es no levantar los pies sino arrastrarlos o tantear con un palo el lugar del próximo paso para ahuyentarla, si está asentada. Siempre debe caminarse con sigilo, sin chapotear ni hacer ruido, ya que estamos aproximándonos al lugar donde se encuentran los peces, metidos en su propio medio. Esta es una ventaja que nos da la tararira, ya que se trata de un pez con muy mala vista.
En estas playas encontramos algunas de buen tamaño (1,5 a 2,5 kilos). Tomaron muy bien la cuchara invertida Moss Boss de Heddon, el Highlander Frog de Spinit y las cucharas giratorias con pescadito de goma.
Fue el mejor momento de la salida, el punto inolvidable de un día de verano con temperatura agradable (una máxima de 30 grados), gracias a un cielo nublado y al citado viento del sudeste