Por Juan Cruz Guillén

Cuando tenía cinco años recibió un pelotazo que lo dejó ciego durante un año. Las versiones en este punto son varias. Algunos dicen que fue su padrino, otros su hermana Ñata. Lo cierto es que alguien le regaló una armónica de plástico y con ese juguete empezó a sacar melodías naturalmente sin ningún tipo de enseñanza, como si pudiera leer lo que ya estaba escrito en el aire de su Santiago del Estero natal. Por suerte, cuando recuperó la vista siguió entusiasmado con el instrumento y entonces le compraron una armónica de verdad.
Víctor Hugo Díaz nació el 10 de agosto de 1927 en Santiago del Estero y partió al silencio 50 años después, el 23 de octubre de 1977.
Es el histórico solista de armónica no del folklore sino de la música nacional toda. Porque si algo lo caracterizada a Hugo eran los aires cruzados de su armónica, donde había lugar para su raíz folklórica, pero también para el jazz: era fanático de Charlie Parker y gustaba de Duke Ellintong, Oscar Peterson, Count Basie, Bill Evanas. Eso sí: era admirador de John Lennon. De los nuestros: Aníbal Troilo y Astor Piazzolla. Y tenía una buena amistad con Atahualpa Yupanqui, con El Chúcaro y Gustavo “Cuchi” Leguizamón.
Hugo se formó a golpes de intuición. Con esa soltura con que arrancaba notas a la armónica de sus amores, tocaba piano, violín, contrabajo. Se inició cuando era un niño en la radio de su provincia natal en 1936, y a los veinte años integró, como bajista, una banda de jazz. El ritmo hubo de metérsele bajo la piel. Doce años después debutó en Buenos Aires. Y en 1949 formó su primer conjunto con su esposa Victoria y su cuñado Domingo Cura.
Una de sus formaciones más conocidas la integraban Domingo Cura, Mariano Tito, la guitarra de Kelo Palacios más Eduardo Lagos y Osvaldo Berlingieri al piano, con Oscar Alem en bajo y  Eduardo Ávila en quena.
Además de su talento musical, Hugo Díaz tenía otro: era un tipo con un extraordinario sentido del humor. Y, como tal, era un gran colocador de apodos. Una vez se encontró con un amigo que tenía puesto una corbata  de mucho colores. Al verlo, le dijo: “Esa corbata parece basura de corso”. Era muy inteligente, muy curioso. No había recibido una educación doctal, pero disfrutaba mucho del cine y de la música.
Las Folkloration eran las reuniones que se hacían en la casa del gran pianista Eduardo Lagos, con Hugo Díaz, Domingo Cura, Oscar Alem y otros músicos que alternaban presencia, como el gran violinista de jazz Hernán Oliva o un señor que tocaba el bandoneón: Astor Piazzolla. En el disco de Eduardo Lagos “Así nos gusta”, tocan también Hugo Díaz con el seudónimo Hans Oreja porque tenía firmado un contrato de exclusividad con su compañía.
Gran músico sin pentagrama, tocaba jazz, tango, folklore y música de otros países de una forma inconfundible.
En una gira con el ballet de El Chúcaro y Norma Viola, Los Tucu Tucu, César Isella y Hugo Díaz, César le pidió a Hugo que le pasara una zamba que el santiagueño acababa de componer: Zamba del ángel. Hugo empezó a tocarla y, tal como era su forma de ser, empezaba con la melodía e inmediatamente hacía volar las notas de una forma tan increíble que era imposible seguirlo. César se la hizo tocar varias veces y cada versión era distinta a la anterior: Hugo nunca tocaba un tema de la misma forma. Conclusión: Isella no pudo incorporarla a su repertorio.
En una gira por Alemania con su mujer, Victoria, y Domingo Cura visitaron la fábrica de instrumentos Honner, donde los recibió el presidente de la compañía, en cuyo despacho había una foto gigante de un santiagueño de labios anchos y mirada pícara que tocaba una armónica con pasión: era Hugo Díaz, que en la reunión se asombró porque nunca había tenido contacto con la empresa. Se fue de la reunión con una credencial que decía: “Cada casa Honner de cualquier parte del mundo ante la sola presentación de la misma, le hará entrega, sin cargo alguno, de cualquier instrumento que el músico solicitara”.
Hugo también se caracterizaba por los despistes, los horarios incumplidos y los errores en los días de actuación. Una vez se hizo en San Miguel del Monte, Buenos Aires, el Festival de la Laguna, con el escenario sobre el agua. Los artistas llegaban en lancha. Hugo tenía que actuar el sábado, pero se confundió y llegó el viernes. Cuando era la hora de su actuación, aparece la lancha pero sin él: se equivocó de embarcadero y lo encontraron en otro muelle sentado dentro de una lancha, vestido de smoking y con sus armónicas, esperando que lo fueran a buscar.
Con una impronta de talento y humildad, dejó una marca a fuego. Por eso, sigue siendo “el” músico de la armónica: el único tipo capaz de encerrar el viento en una nota.