Fotos Juan Carlos Casas

“Estamos en el hábitat de los ciervos”, avisa Matías Juárez, uno de los guías de la reserva natural Parque Luro, donde dos meses al año los ciervos de ese bosque de caldenes dan un espectáculo único: braman antes de la salida del sol y cuando cae la tarde para marcar territorio, defender y, sobre todo, para disputarse las hembras de la manada, pues sólo en otoño entran en celo y es posible servirlas.

El guía lanza la advertencia porque la ansiedad de los visitantes quiere que aparezcan a cualquier hora. Pero detrás de esa instintiva costumbre, que ocupa a unos 2500 ciervos dispersos en 7.200 hectáreas de bosque de caldenes, hay una salida al monte que no tarda en ocurrir.    

El rey del monte

El sol quema pero la falta de humedad mantiene un ambiente caluroso cerca de lo agradable. Matías sugiere mirar con atención entre las sombras de los caldenes. “Hace calor y el bicho busca la sombra”, arriesga. Pero no hay caso: el rey del monte está oculto, como si fuese un mito y todo lo que se dijera de él fuera incierto. Calló su brama y esconde su cornamenta en la mañana soleada de Toay, el departamento que linda con Santa Rosa, la capital provincial. Habrá que esperar hasta la tarde, cuando el sol deje de picar y el viento fresco lo deje salir de su guarida. 

Cuando la tarde ocurre, la curiosidad conduce al monte, donde hay pisadas de ciervos confundidas con la marca de las pesuñas de los jabalíes. Lejos, comido por la distancia, se oye un bramido, pero no es posible distinguir de dónde viene; el silencio lo hace más fuerte, pero “indistinta” el origen. A veces parece el quejido de una vaca, con las letras a y u unidas y estiradas; “Aaauuuuuuuu!”, se podrían traducir.

El calor los hunde en la espesura de pastos altos y bosque cerrado. Un montón se ramas se mueven veloces en sentido contrario en que avanzamos. El sol alumbra un lomo rojo y le saca brillo a una cornamenta imponente que simula el follaje de un caldén, el árbol insignia del parque y de la provincia. El ciervo no nos vio, es cierto. Pero oyó los pasos foráneos con su oído que todo lo oye y olfateó nuestra visita con su otro sentido más desarrollado.

A los ciervos no los perturba el canto de ningún ave ni el sonido de ningún animal; sólo rechazan al hombre porque es el único que no es del monte. De él se protegen cuando, furtivos, cortan alambrados para cazarlo como trofeo: dejan el cuerpo y se llevan la cabeza que porta la cornamenta valuada por la cantidad de puntas. Los de este parque difieren de los ciervos de los cotos de caza, donde el alimento los vuelve distintos. Por eso corren con una habilidad increíble: saltan ramas, andan con la cabeza gacha pero con el gotote hacia atrás para no engancharse la cornamenta y buscan un lugar sin extraños. Donde es dificultoso caminar, los ciervos se mueven a los saltos, como el Bambi de Walt Disney.

El camino del parque conduce a un mirador, desde el cual se ve el sol anaranjando el infinito horizonte en el que empezó a recostarse el sol de la mañana. Los bramidos son potentes en el crepúsculo. Desde el punto panorámico del parque se pone ante los ojos, en un abra del bosque con pasto amarillento, una manada de 30 ciervos. Si se los quiere observar, hay que tener cuidado con las hembras: son ellas quienes avisan a los machos las presencias ajenas y los sonidos amenazantes. Lo hace con una especie de tos que sólo ellos oyen. El guía aconseja desensillar a la espera de que se acerquen. “Si nos acercamos nosotros se van a ir. Además, hay machos grandes y van a disputarse el harem”, avisa Matías. Las peleas son violentas; chocan sus cornamentas y dan un impresionante ruido a maderas quebradas.

Cuando la noche empieza a declararse, las aves vuelven a sus nidos y el canto de los ciervos crece en cantidad e intensidad. Les espera una lucha en la oscuridad por la defensa de su instinto.

La lucha por el lugar

La mañana da los primeros colores que la noche esconde. El guía es ahora Marcos. A metros de las cabañas del parque, avisora uno, que arrastra su cornamenta casi cerca del piso. Nos movemos cuando se mueve él, a 100 metros de sus dominios. Está cansado. Así lo dejó una noche de duro combate. Antes de pasar estos meses de hambre, comen cinco veces más pasto que el kilo diario que promedian en los tiempos de la brama. Deja tomarse unas fotos desde lejos y se va al monte cerrado.

Más allá se oyen bramidos y luego un silencio largo. “Tiene que estár ahí, escuchen”, pide Marcos. El bramido vuelve a ocupar los oídos. El guía sonríe por el acierto y, binoculares en mano, persigue el grito en esa dirección. Caminamos envolviendo el macho, con movimientos en diagonal al animal, no de frente. Se presume grande por lo corpóreo del grito. Marcos corre una rama y avisa. “Ahí lo tienen”: 14 puntas de astas pastando en un monte pampeano. El fotógrafo agudiza la lente y dispara. El ciervo para las orejas y busca el ruido. “Nos escuchó, abajo”, dice el guía en voz bajísima. Dejamos de caminar y nos petrificamos detrás de una rama, como si nos hubieran visto robando las ciruelas de la vecina.

Hay que ahorrar ruidos de pisadas caminando a la par. El viento trae un bramido que golpea los ojos. Otro responde y se oyen las pisadas. “Defienden a las hembras de su manada ante otros machos”, dice. La hostilidad se da entre machos grandes. “Los machos chicos no luchan porque están en desventaja por la cantidad de puntas de cornamenta”, revela. Vareto se le llama a los jóvenes y braman con un sonido más agudo que los más grandes.

“Miren como olfatea el aire”, dice Marcos, cuando el macho eleva el hocico para olfatear las hormonas femeninas de la hembra en celo. Se siente un profundo olor a orina; es la feromona del macho, que segrega wwwosterona. Debajo del ojo tiene un lagrimal por el cual también segrega sus hormonas: lo hace para saber que es él -y no otro- quien está ahí, listo para entregarse a la hembra. “Los ciervos son grupos matriarcales.”

Pero hay más: los oportunistas van a la par de los harenes a la espera de que una hembra se separe del mismo para servirse de ella. Quiere penetrarla para eyacular cuatro segundos más tarde. Tras seis meses de gestación, pare una cría en noviembre. Dos meses antes, entre julio y septiembre, se les cae la cornamenta para volver a nacerles cuatro meses después. “Un ciervo encara un caldén y lo voltea”, avisa Matías de la fuerza.

Marcos, que se nota que admira a los ciervos, muestra el “peladero”, como llaman a las arbustivas carcomidas. De eso se infiere el tamaño y con ello la edad. La vida del ciervo macho oscila entre los 17 y 18 años, mientras que la hembra vive, en promedio, 22 años. Después de la pelea el derrotado acepta su situación y se va. “Hemos encontrado dos ciervos enganchados, que no se pueden separar”, dice Juárez.

Lo bueno es que los ciervos no son rencorosos: se reagrupan después de esta época y viven sin problemas el resto del año. “Se olvidan de las peleas”, bromea Marcos, cuando ya el sol se levantó esplendoroso tras una mañana en la que, difuminado, sólo dio pistas de sus rayos.

Antes de refugiarse en el monte como cada vez que calienta, el ciervo macho da un último grito a la vista de todos: ahora se entiende por qué se lo llama el rey del monte. Es, este de 16 puntas, la mascota del parque. “Podemos atraerlo imitando el bramido, pero es muy peligroso porque siguen el sonido y nos puede confundir con uno que quiera discutir el dominio de su harem”, advierte el guía, Marcos. Enseguida, ahueca las manos cerca de su boca y lanza el grito, calcado a uno que responde, 200 metros más allá. Pero es tarde. Nos gana el silencio como a ellos el cansancio. Queda la certeza de saber que los rayos del febo pampeano lo arrastrarán a la entraña del bosque, adonde guardará la imponencia de su grito hasta el año entrante.