Antes de mirar el mundo me puse a oírlo. Por mi padre, tocando y cantando, entré al follaje de la música”, le había dicho Leda Valladares a Betina Fernández Matti, en ocasión de su última entrevista, publicada en el suplemento Las/12 del diario Página/12 cuando tenía 91 de los 93 años que portaba al momento de partir al silencio, el 13 de julio pasado.
Lo suyo resultó fundamental. Primero por ser mujer, después porque empezó desde el jazz, con una mirada europea sobre el arte y eso mismo supo ponerlo al servicio del rescate de nuestras obras ancestrales, anónimas muchas de ellas, confiriéndoles una nueva valoración cultural como nadie lo había hecho antes. Sin su valiosísimo aporte al canto vallisto cuánto se hubiese perdido en el silencio de las montañas, cuánto de sus modos de ser y decir, cuántos de los sufrimientos vueltos canción. Porque, como decía Atahualpa Yupanqui, había que cantar la pena para que sea menos pena.
Leda fue una educadora que enseñó y difundió el folklore del noroeste a través de grabaciones donde el canto colectivo de la quebrada y su alto contenido emotivo tronaba en la voz de escolares, maestras y músicos de rock y se elevaba orgulloso entre los cerros hasta alcanzar el cielo. Recopilar esa cotidianidad de las letras de las mujeres, que se hubieran perdido porque nadie las escribía, sino que son producto de la emoción, de las alegrías y las tristezas, de las mujeres que trabajan en las tareas domésticas, criando hijos y manteniendo el hogar, mientras cuentan qué les sucede. Como en el blues, los sureños contaban sus penas en notas desgarradoras y letras cotidianas sobre la cosecha de algodón o sus vivencias en esclavitud. Un criador con su majada de cabras, la desolación del monte, el canto ahogado por la altura de la Puna, la garganta roja del viento. Todo eso rescató con mano antropológica, aunque la Universidad de Tucumán le había dado el título de profesora de filosofía primero y el de educadora más tarde.
Madre baguala. La música clásica y el blues cruzaron su adolescencia. En esos años formó su primer grupo de música:  F.I.J.O.S (Folklóricos, Intuitivos, Jazzísticos, Originales y Surrealistas). Leda entonces no era Leda: cantaba jazz bajo el seudónimo de Ann Key. Adolfo Ábalos, Manuel Gómez Carrillo, Enrique “Mono” Villegas, Gustavo “Cuchi” Leguizamón y Louis Blue la acompañaban.
Descubrió la baguala una noche de carnaval. Tres mujeres le cortaron el sueño en el arenal de Cafayate, Salta. Golpeaban la caja y cantaban bagualas debajo de su balcón. Leda tenía 21 años. La sintió como un canto misterioso a esa melodía que escuchaba por primera vez. Esa misma noche, bajo un manto de estrellas en que sintió el tronar del cuero contra la caja, se prometió recuperar ese regalo de la tierra, que, de otro modo, se hubiera perdido como el viento que pasa sin volver. A partir de allí no se detendrá en su afanosa tarea de recuperar ese canto anónimo de los valles y los montes. “Eran rastros de una canción que tenía muchos siglos y se estaba descolgando, estaba desapareciendo. Salí a buscar los vestigios de este milagro que hasta ese momento desconocía. A mí nunca me había tocado encontrar la voz agreste y salida de la montaña. Pero era un grito muy solitario, y ya ese pobre grito estaba tan viudo, tan solo, que daba pánico. Entonces tomé una especie de conciencia bastante trágica. Un país que estaba al borde de perder su historia, sus tradiciones, y nadie se daba cuenta de que todo eso se estaba muriendo o que ya estaba muerto”, contó en esa última entrevista.
Florecía la década del 40 y ella ni soñaba con lo que vendría luego. En 1950 se fue a vivir a Francia, dos años más tarde conoció a María Elena Walsh y trabó con ella un sólido dúo con el cual editaron varias discos en francés: en ellos difundían la música nacional con espíritu antropológico, pues explicaban el sentido de cada ritmo folklórico que Leda había rescatado compartiendo largas horas con esos anónimos bagualeros y vidaleros. “Con mi modesto grabadorcito a cuestas fui recogiendo el folklore desde Ecuador hasta Santiago del Estero. Y así, con mucha paciencia, fui reconstruyendo el mapa musical del país, y arrancando esos cantos de callejones, ranchos, valles, quebradas o corrales”, contaba.
Con Walsh volvió a la Argentina en 1956, otra vez en dúo (Leda y María, a secas) con el que había girado por varias ciudades de Europa. Cantaron por el país y grabaron algunos discos: “Canciones del tiempo de María Castaña” es el más recordado. Era la puerta de entrada para empezar a escribir el Mapa Musical Argentino, como llamó al conjunto de 11 discos documentales registrados entre 1960 y 1974. En ese umbral de su vida empieza a urdir lazos con músicos jóvenes, relacionados con el rock nacional. Fito Paéz y Gustavo Cerati grabaron con Leda en “Grito en el cielo”, donde también registró su voz Suna Rocha. “Siempre hemos tratado de darle a la gente joven los misterios de lo que se viene cuidando, perpetuando, para que esos misterios no desaparezcan”, decía de ese momento de cruce. Y definía al misterio. “Son maneras de manejar la voz, darle acceso a que tenga su quejido, su llanto, su herida. Porque el canto con caja tiene mucha herida y, si vos le tapás todas las heridas y lo sacás con ruleros, entonces ¿qué queda de todo eso?”
 Leyenda. Leda Valladares nació en Tucumán, pero desde que escuchó el llamado de la Pachamama acudió a él en cuerpo y alma sin fronteras que le corten el camino: le puso el oído al grito musical americano antes que todos. “¿Y cuándo toma la decisión de registrar esas melodías y hacer el Mapa Musical Argentino?”, le preguntó Betina Fernández Matti. Leda respondió: “Surge cuando yo salgo a los campos y oigo esos cantos que están tan solitarios en los cañaverales, en todo el paisaje del Norte y veo que todo eso está en una soledad pavorosa. Francamente no tiene oyentes, no tiene wwwigos, no tiene wwwimonios. Y eso es como sentir una especie de pesadilla, o de gran invento histórico. ¿Dónde estaba todo eso? Era leyenda, ¿quién había inventado todo eso? Ya venía a ser leyenda, porque casi no había rastros de todo eso. Arranqué esos cantos de los lugares donde la gente se reunía con pastores en su soledad, en medio del valle. Era una especie de tarea; yo no sé si era real o irreal. Porque no sabía si esa música, ese folklore había muerto o era puro pasado. Ya eran ganas de que se inventara la realidad. Era cómo hacer un camino, con pasos hacia atrás, pero con los ojos vendados. Sí, pero de pasos hacia atrás y con pasos inventados. Salí a la aventura, a buscar lo que sea. Conocía las regiones, pero nadie me las había enseñado. Uno nunca sabe qué es lo que está palpando, si son rastros o son inventos de la gente que anda por el lugar. No se sabe bien qué es”.
Uno es grande cuando otros le siguen la huella que uno ha buscado hasta encontrar, cuando ha servido para algo más que registrar un estribillo pegadizo en alguna memoria. Leda sabía que el canto milenario que había sentido aquella noche de carnaval se acercaba tanto al espíritu que estar enredado en él era como rezar. Por eso, cada vez que alguien saque de las tripas una copla cualquiera y golpee la caja, estará también nombrándola a ella, aunque la esconda detrás de una baguala anónima