A fines del siglo XVIII un baqueano del lugar, don Tomás Lucero halló oro y lo fue a aquilatar a Córdoba. A partir de allí la noticia corrió por toda la región y países vecinos. La Carolina, desde entonces creció con la fiebre del oro. Gran parte de los habitantes del lugar soñaron con hallar riquezas y el río que pasa cerca de la localidad se convirtió en el lugar elegido para los buscadores del dorado metal.

Alrededor del oro y de la esperanza de hallarlo, el pueblo adquirió una identidad. El Programa del Ministerio de Cultura y Turismo, “Pueblos Auténticos“, busca revalorizar su historia y el patrimonio para desarrollar allí un proyecto turístico que se base en el rescate de la identidad de La Carolina. La localidad, que se encuentra a 80 kilómetros de la capital de San Luis tomó con alegría la noticia.

“Estar integrado en este programa va a permitir potenciar muchos aspectos de esta localidad que no es solo turística, sino que comparte mucha riqueza cultural para la provincia y el país“, detalló Jorge Gómez. responsable de formación turística de San Luis. “Se está comenzando a realizar las primeras implementaciones del programa, comenzando con concientización y recepción de diferentes necesidades de la comunidad de La Carolina, la cual ha sido muy receptiva”. Sus habitantes se comprometen con el proyecto y asesoran sobre cuáles son las cosas que el pueblo necesita para embellecerse.

“La idea en un principio es poder empedrar algunas calles y casas respetando la estética original de tipo colonial que lo hace único en la provincia y atrae a muchos visitantes años tras años“, comentó el funcionario. Sin dudas que la historia de La Carolina es el principal atractivo del pueblo, que hoy cuenta con 300 habitantes que pasan sus días sobre la base del Cerro Tomolasta, a 2000 metros de altura sobre el nivel del mar. El paisaje es bello por donde se lo mire, cerros, praderas y arroyos con agua de tonos dorados, producto de los minerales que se esconden en el corazón de la montaña.

La primera impresión que se tiene cuando se lleva a La Carolina es el silencio, y detrás de él, un murmullo que baja de los cerros que trae sonidos que se reproducen entre las hojas de los árboles. Sus calles, serviciales y dueñas de una belleza intima, invitan a recorrer el trazado de este pueblo que se funda en 1794, con el nombre de Paraje San Antonio de las Invernadas, y que el Virrey Sobremonte lo cambia a La Carolina, en homenaje al Rey Carlos III de España. En esos años don Tomás Lucero halló oro en una corriente de agua y lo fue a aquilatar a Córdoba. El hombre, que no tenía la virtud de saber ocultar secretos, comenta dónde fue que lo halló y completa su narración ofreciendo un panorama alentador sobre la generosa naturaleza de la montaña, repleta del dorado metal.

Fue así que La Carolina de la noche a la mañana recibió la visita de personas de todas partes del país y del mundo, que llegaron para conseguir su ración de oro. Desde 1789 hasta 1810, llegaron a trabajar en las montañas más de 3000 personas. Se desató una verdadera fiebre del oro, hasta que la codicia secó los recursos naturales y el yacimiento se agotó. Sin embargo, cuando el río crece, no son pocos los pobladores que van con su bandeja a la orilla para ver si el agua trae alguna pepita.

Pero La Carolina no sólo de oro vistió su historia, sino que fue el solar que vio nacer a Juan Crisóstomo Lafinur, soldado, educador y poeta entre otras actividades, pero por sobre todas las cosas pasó a la historia como tío bisabuelo de Jorge Luis Borges, quien siempre lo recordaba en sus entrevistas y en algún relato. En el año 2007 sus restos mortales -que se encontraban en Chile- fueron repatriados y volvieron a su patria chica. En su honor se construyó el Museo de la Poesía, y un Laberinto del Sol, en homenaje a Borges.

El Pueblo, que alguna vez supo ser fuente de riqueza hoy es digno de un tesoro mucho más valioso que el oro, en La Carolina se pueden pasar días disfrutando de bellos paisajes y de una tranquilidad inspiradora.