Las redes sociales del ciberespacio habrían colapsado quizá con fotos tomadas desde celulares si hubieran existido hace cincuenta años. Cunado Isabel “la Coca” Sarli desplegaba su humanidad bajo las aguas que caen desde el salto Yasi, que en guaraní significa “luna”, en el corazón de la selva. Sin embargo, el sitio que aún hoy se mantiene tal cual y al que sólo se llega navegando después de una hora, la hubiera resguardado de curiosos. Muchos de quienes viven aquí, en las inmediaciones de Puerto Bemberg, y que tuvieron el privilegio de llegar en sus botes remando en aquel momento, pudieron ver algo. Cuesta imaginar hoy si una star de aquellos años y de todos los años provocaba el revuelo que provocan hoy las chicas ante las cámaras. Y…sí. Los que la vieron no lo olvidan, estuvieron allí y la leyenda crece.
La historia transcurre sobre el arroyo Guatambú, que desemboca en el Paraná y que abraza una parte del área de reserva de 400 hectáreas de Puerto Bemberg, un lodge que los descendientes de Otto Bemberg restauraron con exquisita destreza. Tanto es así, que sumergirse en la selva que cobija al hospedaje original y las casas de la familia es casi como protagonizar otro filme. El atardecer es el instante sublime por excelencia, cuando el sol, perezoso, se apoya sobre el horizonte y desde un deck impecable se admira la selva desde arriba, el río y el cielo teñido de magenta que las aves coronan con sus cantos disímiles y forman, al final, los sonidos de la selva. Todo ocurre a tan sólo a media hora de Iguazú, donde están las famosas cataratas.
La experiencia Bemberg abarca todos los sentidos. Desde el paisaje hasta el aroma profundo y fresco de la selva que se conjuga con el recorrido gourmet son apenas una de las opciones para deleitar al visitante. La travesía en lancha revela esta cascada preciosa para quienes viven aquí y para quienes llegan por primera vez. Al costado, otro salto: Itutí. Es como tener las cataratas en miniatura para uno mismo. Si el río estuviera bajo y el caudal del salto fuera mínimo, hasta se podría acceder desde abajo a una ducha masajeadora. Pero hoy está hinchada. No para de caer agua. Para llegar hasta aquí, hay que embarcar en el muelle de la Prefectura Naval Argentina y rumbear por el río Paraná hasta el arroyo. El final a toda orquesta es el salto Yasí, donde se descubren perlas a un lado y al otro del manto verde de la selva que balconea sobre la cinta marrón anaranjado del río. Enfrente, desde el lado paraguayo, se oye música constantemente, se ven lanchones de transporte de pasajeros y zonas desmontadas muestran un verde parejo y pelado de cultivos. Muy distinto del sector argentino que linda con la reserva de este lodge, Puerto Bemberg. Aquí, la exuberancia de la vegetación es plena. Manchones rosados de los lapachos en flor se distinguen cada tanto de la mata verde que da sobre el río. Y si uno agudiza la vista, la polución está en algunos tramos. Porque a tres metros de altura, donde estuvo el nivel de crecida de la última vez, todo lo que el río arrastró y el hombre descartó cuelga como adornitos de Navidad. Bolsas, botellas plásticas, restos de algo indefinible, ropa y mucho más. Todo está ahí en cada ramita y con sus colores desteñidos.
Cuando se avanza contra la corriente y el capitán acomoda la embarcación, apaga el motor y nos dejamos llevar. Es un segundo en el que todo se vuelve movimiento, que alcanza para sentir la fuerza del agua que corre ligero y arrastra a la nave mientras el silencio reina en el espacio. De lejos, algún canto estirado de un ave, silbidos agudos, gorjeos. Incluso, en un recodo del río, dos personas pescan. Con la mano nomás, arrojan una tanza con carnada y esperan el pique. Pero desde la distancia en la que estamos, semejan con sus sombreros de paja una postal de Indochina. El verde, el río y ellos, en paz. Ni aureola de agua dibuja su bote. Los remos, hechos a mano, lo mantienen en equilibrio. Ida y vuelta, los pescadores estarán allí, sentados, tranquilos, esperando.
Algunas garzas enormes y blancas se hacen notar cuando agitan sus alas y vuelan desde los árboles que, por supuesto, aquí son millones. Calculan que el Bosque Atlántico Interior contiene 400 variedades de árboles y unas 350 especies de aves. El sol se esconde lentamente. El agua del arroyo Guatambú es tranquila, aunque a este es fácil confundirlo con el Paraná. El fotógrafo de “El Federal” consulta qué tan profundo es, y el naturalista Emilio White, que guía la expedición, recomienda probarla en una zambullida. Ahí van, desde la lancha se arrojan al agua. Acá, todo está pensado. Hay toallones para después, porque la brisa del atardecer trae frescor al ambiente.
Al regreso sólo le falta música clásica, es un poema el paisaje. La estela que dibuja la embarcación forma una espuma blanca y somos los únicos que surcamos el río. Con la tarde que se opaca, la selva se despierta con otros ruidos. Porque cuando empieza la noche, son los mamíferos los que se adueñan de los lugares para buscar su alimento. Pero, de nuevo, sobre el deck aterrazado del parque de la Posada es posible adivinar, con la ayuda de Emilio, qué bicho anda cerca y qué ave se despide del día hasta mañana. Se opaca el horizonte, poco a poco, lento, con una nube de humedad que brota desde la selva.