Si ei Malbec es símbolo del vino argentino, el Pinot Noir es sinónimo de vino patagónico. En las casi 2 mil hectáreas vitivinícolas que ocupa el valle de San Patricio del Chañar, en la provincia de Neuquén, funcionan siete bodegas que están haciendo conocido en el país -y comienzan a hacerlo en el mundo- al vino sureño.
La marca Patagonia, en el exterior, a veces pesa más que la propia marca Argentina. Es un fuerte ícono que remite a la naturaleza, por los hielos, los glaciares, las ballenas, la Cordillera. Todo lo que tiene que ver con los productos turísticos que tanto marketing tienen en el viejo continente.
Entre ellas, la Bodega del Fin del Mundo y NQN lideran en la producción de vinos de calidad con cortes más populares, y la Familia Schroeder se diferencia gracias a su producción de etiquetas de alta gama, dirigidas al segmento superior de consumo local y al exigente mercado de exportación, mayormente europeo. La familia Schroeder cultiva en sus viñedos distintas variedades de uvas. Entre los varietales blancos, están el Chardonnay y el Sauvignon Blanc; en tintos, las cepas son de Merlot, Malbec, Cabernet Sauvignon y la actual estrella de la casa, el Pinot Noir. “Aunque también estamos experimentando con Cabernet Franc, y hemos plantado un Syrah”, explica el enólogo Leonardo Puppato, gerente de producción del establecimiento. Sumando cepas, son casi una decena de varietales que se afianzan en una zona vitícola nueva para el país, seis de los cuales ya están dando satisfacciones a nivel comercial. “El espumante de la región anda muy bien. Nosotros hacemos 300 mil botellas de un espumante Torrontés patagónico, un extra brut y un Rosa de los Vientos (Rosé Pinot Noir), con excelentes resultados”, afirma Puppato. La bodega Schroeder exporta, nada menos, el 60 por ciento de su producción.
En realidad, el Pinot Noir le marcó el camino a la región patagónica. Si bien el Malbec es el varietal argentino por excelencia, que técnicamente se da muy bien en la región sur, es el Pinot el que atrae la atención de los importadores que esperan comprar vinos del sur. “Ellos tienen en la cabeza a la Patagonia como a una región austral, y por eso le prestan más atención a las variedades tempranas, que teóricamente debieran darse mejor, aunque nosotros hasta hemos logrado hacer Cabernet acá a fines de abril, y con una calidad excelente”, destaca Roberto Schroeder, administrador y uno de los propietarios de la bodega familiar.
Mitos. El problema (si puede decirse así) que tienen los vinos del sur, es el conjunto de mitos y preconceptos que suelen sufrir los viñedos patagónicos respecto de sus posibilidades productivas. Pero, ¿en qué se diferencia la región neuquina de la cuyana? En primer lugar, en el sur hay una amplitud térmica entre el día y la noche de 20 grados, pero a bajas temperaturas. No es lo mismo una fluctuación como la que se da en el norte del país, entre 40 y 20 grados, que en la Patagonia, donde la oscilación diaria se da entre los 32 y 12 grados. “Eso te da una mejor fruta en la nariz, y una mejor acidez en los vinos”, afirma el enólogo. Esa acidez natural es otra característica distintiva de la región.
A esas dos particularidades -la amplitud térmica y la acidez- en San Patricio del Chañar deben agregarse los fuertes vientos locales, que son constantes y favorecen en la planta el desarrollo de una resistencia al viento que genera un grano con una piel mucho más fuerte y curtida, por lo que el color de los vinos suele encontrarse durante la molienda, en la piel de la uva. “Esto hace que en la Patagonia se elaboren vinos de colores mucho más elevados que en San Juan o en Mendoza”, se entusiasma Puppato.
Otra diferencia entre el vino mendocino y el de Neuquén se da en el sabor, más especiado en el primero, y más frutal en el segundo. El consumidor extranjero capta esa diferencia. Pese a la corta historia comercial que tienen los vinos sureños -la bodega de los Schroeder los lanzó hace apenas seis años-, están teniendo muy buena aceptación en el mercado. Lo que confirma una tendencia innegable: el astronómico crecimiento de los vinos Patagónicos, que están conquistando al mundo a un ritmo y a una velocidad completamente distintos a los cuyanos, que tardaron años en posicionarse.
Diferencias. Tiene que ver con este proceso la disponibilidad de nuevas tecnologías agronómicas, que facilitan el control desde la planta del riego por goteo, de la existencia de estaciones meteorológicas, de las mallas antigranizo que protegen a la uva, las cortinas de álamos que detienen el viento y muchas otras ventajas de manejo que quizás no se conocían hace dos o tres décadas. Además, en el Sur las plantas dan una menor cantidad de uva que en Cuyo debido a las adversidades climáticas, pero sin embargo de una altísima calidad, con lo cual es un terruño ideal para los vinos considerados de alta gama: es evidente que es mucho más costoso elaborar un litro de vino en Patagonia que en Mendoza o San Juan. Esto se ve reforzado por el uso, sensiblemente menor, de agroquímicos. En Neuquén, prácticamente, los viñedos tienden a ser orgánicos. Los únicos agroquímicos que se agregan a los viñedos, por goteo, son el potasio, el nitrógeno y el fósforo. El resto lo hacen el guano y el orujo de la uva. En Mendoza, por ejemplo, este año tuvieron una vendimia complicada, porque el exceso de lluvias echó a perder gran cantidad de uva. Un escenario así sería impensable en San Francisco del Chañar, donde las lluvias son menores, el suelo es pedregoso -y tiene una capa arenosa- que se compensa gracias al buen caudal de aguas de riego del río Neuquén.

Personalidad. La producción en cualquier bodega -la decisión de plantar tal o cual varietal y producir tal o cual vino- tiene que ver con decisiones comerciales. Que, a su vez, se fundan en la demanda. En menor medida, muchos nuevos productos surgen, directamente, de un nuevo concepto ideado por el enólogo. En el plano de los tintos, por ejemplo, Puppato definió un Pinot-Malbec para Familia Schroeder, que debido a su novedad y alta calidad se transformó en uno de los grandes éxitos de la casa. “Es nuestro vino top, un corte que no existe en el mundo. Son dos variedades opuestas, las juntamos con un trabajo de viñedo muy consciente de lo que queríamos hacer, y logramos hacer un ensamble que finalmente funcionó”, cuenta el enólogo. Se trata del vino ícono de la marca, que representa a la vez a la Patagonia, por el Pinot Noir, y a la Argentina, por el Malbec. No es el único producto que Schroeder desarrolló para estas cepas. “Nosotros veíamos que los Pinot eran muy concentrados y estructurados, entonces comenzamos a trabajar el viñedo para buscar algo que fuera más fino a nivel internacional. Ahí surgió la idea de hacer un Pinot y un Malbec fermentados en barrica. Somos la única bodega que hace fermentación de jugo solo en barrica, sin hollejos”, se enorgullece. Estos vinos, junto con el espumante Saurus (60 % Chardonnay, 40 % Pinot Noir) y el ya mencionado Rosa de los Vientos, marcan la personalidad de una región que es cuna del mejor Pinot Noir argentino.