La elefanta Mara fue trasladada desde el Ecoparque porteño en un inédito operativo en medio de la pandemia de coronavirus y, en solo siete días, se adaptó a la perfección en su nuevo hogar.

“Lo que pasó acá con Mara realmente superó nuestras expectativas”, expresó Scott Blais, fundador y director del único santuario de elefantes de América del Sur, el Global Sanctuary for Elephants. El lugar consiste en unas 1.100 hectáreas localizadas en el municipio de Chapada dos Guimarães, en el estado brasileño de Mato Grosso.

Blais estuvo a cargo de diseñar el operativo de traslado junto con las autoridades porteñas y los directivos del Ecoparque y, aunque era optimista sobre el futuro de Mara en Brasil, reconoció conmovido: “Nunca sabemos en realidad qué anticipar, cada elefante es diferente y así como algunos quieren interactuar enseguida, otros prefieren ir tomando confianza de a poco… Con Mara no sabíamos qué esperar y lo que ocurrió fue impresionante”.

El especialista en paquidermos, que además dirige otro santuario en los Estados Unidos, se refiere a la rápida socialización de Mara, a la que le alcanzaron tres días para hacerse amiga de otro ejemplar hembra asiática luego de 25 años de indiferencia manifiesta con las hermanas Kuki y Pupi, dos elefantas africanas con las que compartía espacio en el ex zoológico porteño pero con las que no se relacionaba de ninguna manera.

En los videos que compartió el santuario en redes sociales se pueden ver las primeras horas de Mara en las que untó su piel con barro para mejorar la sequedad de los años de encierro, sus primeros pasos sobre el pasto, cómo arrancó hierbas del suelo y la comió y, especialmente, los primeros acercamientos con la elefanta Rana:

“Parecía que Rana la hubiera reconocido de algún pasado en común, o que sintiera una conexión con ella. Fue una reacción muy típica de Rana, con vocalizaciones muy, muy fuertes, que al principio fueron un poco intimidantes para Mara porque ella es más insegura. Pero como también es muy curiosa, la miró, se acercó, se olieron y con cautela Mara finalmente la tocó con su trompa, algo que no hacía desde hace décadas”, relató Blais.

“Fue simplemente mágico, hermoso, excedió por mucho cualquier reacción que pudiéramos haber anticipado. Es un encuentro social extraño, pero es mágico, increíble. De hecho, ella se ve mucho mejor, radiante, más serena“, aseguró el director del santuario.

 

El especialista anticipó que los siguientes pasos será conocer a sus otros compañeros (el santuario tiene otras tres elefantas asiáticas como Mara), “y aprender a equilibrar esas amistades”, apuntó Blais que también espera que la elefanta continúe explorando nuevos espacios: “Cada uno de estos elefantes trae consigo una historia de abusos, traumas, de negligencia en el cuidado, de vida solitaria durante muchos años“, recordó.

Se estima que Mara tiene entre 50 y 54 años (la esperanza de vida en cautiverio para esta especie es de 75 años) y llegó al antiguo zoológico porteño el 16 de octubre de 1995 debido a un decomiso judicial por la quiebra del Circo Rodas, donde no era bien tratada.