Sobre héroes y tumbas (1961) es, entre otras cosas, una novela en busca de las claves de la historia argentina y el porqué de sus sangrientas disidencias. Tema fundamental en los años del posperonismo, que constituyó también uno de los motivos de su gran eco en los lectores. Un hecho da qué pensar: el héroe elegido por el novelista para construir el canto épico que atraviesa la novela no es precisamente un triunfador, y menos aún un fundador. Juan Galo de Lavalle, que de él se trata, es un derrotado, ya muerto, y en fuga póstuma. También es un culpable: el hermano Caín, que manda matar a Abel (su par, su antiguo amigo Manuel Dorrego, gobernador legítimo de Buenos Aires) y causa, con ese crimen sedicioso, el desencadenamiento de una crudelísima guerra civil.
Los Olmos, miembros del patriciado porteño, cuya casa en ruinas es uno de los principales escenarios de la novela, pertenecen al bando de Lavalle. El joven alférez Celedonio Olmos, antepasado de Alejandra, lo acompaña en su incursión del año 1840 contra el gobernador federal de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, en la que resulta vencido, y lo sigue luego al Norte.
Aunque durante esa trágica retirada Lavalle muere (en circunstancias confusas, que el texto ficcional no problematiza), sus hombres quieren a toda costa salvar sus restos (la cabeza en particular) de caer en las manos del enemigo, para evitar que sea clavada en una pica y expuesta a la injuria pública. Lo logran a costa de los mayores sacrificios y consiguen finalmente cruzar la frontera custodiando el despojo.  
La legión de Lavalle se muestra ante Martín en el cuarto de Alejandra (el Mirador) en forma de una vieja litografía suspendida con cuatro clavos de la pared. El espacio de la casa-cambalache -calificada como “casa de subastas” (y en este sentido, de algún modo, imagen del país presente)- ofrece, entre muebles derrengados y objetos fuera de uso, una galería de retratos y una voz que evoca las gestas y que proviene de un ser (el bisabuelo Pancho, hijo de Celedonio), situado más allá del tiempo o casi fuera de él. Depositante de la sabiduría legendaria, y auxiliado por Alejandra, inicia a Martín en la decodificación de los rostros y los recuerdos. Alejandra muestra a Martín una miniatura: el retrato de la matriarca fundadora, Trinidad Arias, que predice la composición de sus propias facciones, y algo así como la esencia de la dinastía Olmos, que será empero contaminada por la “sangre maligna de Vidal”. El elemento aborigen aparece, sin ser explícitamente mencionado, en sus “rasgos mongólicos” (“achinados”, aindiados) que marcan la ascendencia indígena -borrada del imaginario colectivo y de las genealogías oficiales.
   
Hombres sin cabeza. Además de éste y otros retratos, en la casa se guarda -tras una vitrina- un resto humano: la cabeza de Bonifacio Acevedo, hijo de Trinidad y cuñado de Celedonio Olmos, miembro también de la Legión de Lavalle, que moriría doce años después, asesinado por la Mazorca. Su cabeza sería arrojada dentro de su propia casa, como una fruta (al grito sarcásticamente cruel de “sandias fresquitas”) provocando la muerte de su mujer y la locura irreparable de su hija Escolástica, anterior ocupante del cuarto de Alejandra. Escolástica convive durante años con este despojo de su padre, que completa el relato siempre repetido del abuelo Pancho y de algún modo sustituye materialmente a la cabeza de Lavalle evocada en él.
El sueño de los héroes queda depositado en estas cabezas (ya calaveras o momias) que, acaso, como dice Lavalle de sí mismo, “no valían nada” (se lo llamó en su tiempo, cabe recordar, “la espada sin cabeza”). Si alguna gloria tienen estos héroes no está en su inteligencia maquinadora, sino en su coraje incondicional y por lo tanto insensato, en su absoluta lealtad a una causa, aunque sea perdida, o mejor aún, quizá porque lo es. Ni Lavalle ni Acevedo saben calcular. Lavalle va frontalmente hacia el peligro que lo aniquilará, aun moribundo. Acevedo no quiere esperar a la caída de Rosas para volver a Buenos Aires, pese a que conoce los rumores sobre una inminente rebelión de Urquiza. Ambos mueren por arrebato, por pasión, por imprudencia. Ambas muertes son evitables, y resultan, al parecer, inútiles. Los dos perjudican gravemente a sus seres más amados: familiares, o fieles compañeros de lucha, complicándolos en su terrible fin.
 La historia de la Legión, antitipo del canto de las victorias, es la aventura desesperada de un hato de vencidos cuyo objetivo, después de la muerte del general, ya  no tiene carácter bélico. A medida que el relato avanza (fragmentado en dos secciones, una en el libro primero y otra en el cuarto) se produce un progresivo deterioro en el estado de los hombres de este cuerpo militar, que se descompone junto al cuerpo en putrefacción de su general. Por fin se consuma el rito de descarnar el cadáver. Las aguas del arroyo de Huacalera se llevan la carne -que se integrará al proceso de la tierra y del renacimiento- y sólo quedarán los huesos (lo más vinculado a la eternidad y a la piedra, piensa el espíritu de Lavalle) y el corazón embebido en aguardiente.
En suma: se trata aquí de contar la historia fundadora de una patria que acaso nunca se ha constituido verdaderamente (y en esto sin duda hay una coincidencia con ensayistas como Ezequiel Martínez Estrada y con H. Alvarez Murena). Quizás por eso la marcha de la legión es también una marcha hacia el origen remotísimo, en busca de esos fundamentos escamoteados y de los númenes más antiguos: los de los aborígenes sometidos. La geografía de un mundo arcaico se vuelve metáfora de una reinstalación necesaria en el suelo argentino, manchado por la sangre de los bandos en pugna. “Pedernera mira sombríamente hacia los cerros gigantes, con lentitud su mirada recorre el desolado valle, parece preguntar a la guerra cuál es el secreto del tiempo.”, “Colosales cataclismos levantaron aquellas cordilleras del noroeste y desde doscientos cincuenta mil años vientos provenientes de las regiones que se encuentran más allá de las cumbres occidentales, hacia la frontera, cavaron y trabajaron misteriosas y formidables catedrales.” (“Sobre héroes y tumbas”, 535).

Anticipacion del peronismo. “Héroe negro” como Fernando Vidal Olmos, en la medida en que su gesto cainita contra Dorrego ha desatado la guerra, Lavalle vuelve, como él, hacia atrás, allí donde se halla “el secreto del tiempo”. Su camino es también la expiación de una culpa que, a diferencia de Fernando, Lavalle, redimido y del otro lado de la muerte, reconoce y acepta. El “negro Sosa”, el mestizo, el ninguneado representante de lo popular (“el callado Aparicio Sosa, el negro Sosa, el picado de viruelas Sosa, el que me salvó en Cancha Rayada, el que nada tiene fuera del amor a este pobre general derrotado”), anticipa los “cabecitas negras” del peronismo y será también el depositario de su corazón: “Sí, compañeros, al sargento Sosa, porque es como decir a esta tierra, a esta tierra bárbara, regada con la sangre de tantos argentinos. (….) Sí, sargento Sosa: sos esta tierra, esta quebrada milenaria, esta soledad americana, esta desesperación anónima que nos atormenta en medio de este caos, en esta lucha entre hermanos.” (ibídem)
¿Conciliación imposible para un conflicto irresuelto? Quizás. Pero en el horizonte simbólico de la novela, los hilos se cruzan sutilmente. Alejandra, que se reconoce “federal” a diferencia del resto de la familia Olmos, lleva también en la cara y en la piel las marcas de un mestizaje antiguo. Lavalle, héroe equivocado de la utopía, asesino de nobles intenciones, debe morir y su carne reintegrarse a la tierra mientras, como en un ritual purificatorio, se lavan sus huesos, y su corazón queda con el “negro Sosa”, figura emblemática del pueblo. No está demás recordar que el novelista Sabato era también el autor de “El otro rostro del peronismo” (1955), ensayo pionero, que -sin reivindicar a Perón- se anticipa no obstante al rescate del justicialismo como movimiento genuinamente popular, que haría la izquierda intelectual unos años más tarde.