Anoche en el teatro Maipo uno de los bandoneones de Aníbal Troilo fue tocado por músicos de todas las edades: desde los 14 a los 90 años. Entre todos dejaron originales versiones de obras de Pichuco. El bandoneón doble A serie 20334 pasó de mano en mano balanceando en su repertorio el peso de lo instrumental, lo poético, lo cantado y lo bailable.

Mi amor, mi bandoneón

Su historia es una hermosa parábola. En julio de 1975, dos meses después de la muerte de Troilo, su esposa se lo regaló a Raúl Garello, el último arreglador de la orquesta de Pichuco. Garello lo conservó entre algodones durante 31 años hasta que en 2006 decidió donarlo a la Academia Nacional del Tango, a condición de que fuese pulsado periódicamente. Así fue.

El encargado de encender el fuego emotivo fue el veterano Alberto Garralda, quien interpretó Medianoche, una de las composiciones menos conocidas de Pichuco, creada en 1933, cuatro años antes de que formara su fabulosa orquesta. Le siguió Julio Pane, representante de una generación intermedia entre los mayores y los más jóvenes, con una hermosa versión de Pa’ que bailen los muchachos, tango que Troilo le habría dedicado a sus amigos los integrantes de “La Máquina”, esa famosa delatera que tuvo River Plate en la década del ’40. Como representante de las últimas generaciones, vino después Santiago Polimeni, inspirado intérprete de Garras, un melancólico tango de 1945.

La sucesión de bandoneonistas se interrumpió entonces para dar paso a un matiz coreográfico: el baile de Juan Carlos Copes y su hija Johana al compás de una grabación en casete de Milonga de la azotea, perlita exclusiva que había conseguido el propio bailarín cuando actuaba con Pichuco en el Teatro Odeón en 1975, poco antes de su muerte. Lo de padre e hija fue muy módico, a un ritmo de movimientos lento, que culminó con los dos en inusual abrazo cerrado y el saco de él cubriendo el venerado instrumento.

Con prosapia bandoneonística, Leandro Yoyo Pane (hijo de Julio) retomó la seguidilla de solos a través de la milonga Con mi perro, otra obra poco transitada. Daniel Ruggiero, otro joven pero de varios logros en su haber (entre ellos los discos del trío Quasimodo), fue quien después abordó Mi tango triste. Daniel también lleva un apellido ilustre, en tanto hijo de Osvaldo Ruggiero, uno de los bandoneonistas clave de la orquesta de Osvaldo Pugliese.

El caso de Lisette Groso, la bandoneonista que siguió, merece un párrafo aparte. Se trató de la única mujer de todos los convocados, pero también de la más joven (apenas 14 años). Con todo, lo más curioso (y halagüeño) fue que brilló tanto por su personalidad instrumental como por el canto en Toda mi vida. Sí, la señorita toca el fueye y canta, sin desentonar en ninguno de los dos frentes. Las comparaciones son odiosas, dicen, pero rápidamente surgió la imagen de Rubén Juárez.

Como para dibujar en un solo pasaje todo el rango de edades que cubrió el evento, quien la reemplazó en el uso del mítico instrumento fue Juan Carlos Caviello, uno de los bandoneonistas más grandes en actividad, con sus 90 años. Él fue el único que tuvo el privilegio de salirse del libreto, al no interpretar un tango de Troilo, sino uno propio que además tuvo carácter de estreno: A Pichuco Troilo.

Acaso el más aplaudido de la noche fue Wálter Ríos, bandoneonista maduro, de enormes condiciones y ductilidad, cuya profunda versión de Garúa no sorprendió a quienes ya saben de su potencial.

El turno de Raúl Garello fue motivo de algunas palabras con el presentador a propósito de las circunstancias en que recibió el mentado bandoneón, mientras ajustaba las correas que sujetan las manos a sendos teclados, algo que caracterizó a este concierto de principio a fin, dadas las diferencias anatómicas entre los intérpretes. Luego sí fue un hondo intérprete de Sur, ese clásico que Troilo compusiera junto a Homero Manzi.

La serie de homenajes prosiguió con A Pedro Maffia, a cargo de Roberto Álvarez, ex-bandoneonista de Pugliese y actual líder de la orquesta Color Tango. Un extranjero, el japonés Yuki Okumura, vino luego a introducir un matiz de exotismo al abordar A la guardia nueva con meritoria técnica, aunque con una carencia de ligados que no pareció deliberada. El último en decir lo suyo a través de los 71 botones fue Néstor Marconi, cuyo conocido talento se desplegó sobre un clásico troileano de oportuno nombre: La última curda.

Tras un breve intervalo que Soria supo llenar de calidez y datos, el telón dejó ver a los 14 intérpretes juntos, esta vez casi todos con su bandoneón, para entregar primero el tango Quejas de bandondeón (escrito por Juan de Dios Filiberto pero que Troilo supo apropiarse a partir de sus inspiradas variaciones) y luego la milonga La Trampera.

En el año del centenario del nacimiento de Troilo, su figura fue objeto de muchos homenajes. Pocos deben haber sido tan originales, profundos y emotivos como el que anoche reunió a devotos de Pichuco en una especie de misa tanguera.