Por María Noel Herszkowicz

Un auto de la Municipalidad de La Falda anuncia el suceso por altoparlante. Va por las calles del pueblo para informar que la noche del 16 de agosto a las 21.30 se llevará a cabo la “Peña Joven” en el Auditorio Municipal Carlos Gardel de La Falda (o Anfiteatro Municipal, como se llamaba hace unos años atrás) con la presencia de Raly Barrionuevo como figura principal de la noche. También hay panfletos en las vidrieras de los comercios de la avenida Edén, en la zona céntrica de La Falda y alrededores.

Cerca de las 21 en el auditorio hay perfume a empanadas, pero también a tortas dulces de todo tipo y a choripanes. “La comida y la bebida no deben faltar”, comenta Laura, una de las cocineras, mientras sonríe e ingresa, a toda prisa. También ingresan los bailarines del ballet José Hernández, con sus trajes en mano y los peinados listos.

La noche es cálida y estrellada. Dentro del auditorio, la cerveza, el fernet y el vino comienzan a desfilar por las manos de todos. Hay clima de fiesta. Algunos comienzan a bailar con alguna guitarreada que se genera de manera espontánea. Cuando es la hora, el escenario se tiñe de luces verdes. A un costado se representa un bar de pueblo, con la leyenda “Café Tango”, y por allí ingresan los artistas.

El ballet José Hernández rompe el hielo: son ocho parejas de jóvenes luciendo atuendos coloridos, típicos de la danza folklórica. Bailan con alegría, sus sonrisas transmiten emoción y el zapateo en los tablas de madera resuena con potencia y eriza la piel.

Los presentadores del evento hablan de “cosquillas en los tobillos” haciendo referencia al mito de los duendes: “Ellos nos quieren asustar, y para no verlos es necesario tomar mucho vino” comentan con picardía. El Ballet sigue con lo suyo, pero esta vez con seis parejas de bailarines adultos, comerciantes de la zona, entre quienes está el sodero del pueblo.

Cerca de las 22.50 ingresa al escenario Mariano Luque, el riojano que contagia con su entusiasmo y carisma; las historias del carnaval y los duendes de su provincia. La fiesta de La Chaya, la harina y la albahaca: “La harina nos iguala. Al estar todos pintados de blanco no hay desigualdades”, suelta entre tema y tema. Deja zambas y chacareras adornadas por el sonido de un bandoneón.

Es el turno ahora del ballet, pero esta vez lo hacen los bailarines de entre 10 y 12 años, mostrando una increíble capacidad y carisma. Se ve en sus caras la pasión que ponen en lo que hacen, y eso lo transmiten a todos. Con Matías Salazar y la chacarera “Llorando tu ausencia” se forman varias parejas de baile en el público. Matías presenta una chacarera escrita por ellos: “Changuito del Basural” y se emociona hasta las lágrimas. Su padre y su madre están allí y bailan su música. Su hijo de tres años sube al escenario y baila también.

Pasada la medianoche el grupo Ceibo, oriundos de Cosquín y cuya formación data de 2001, abre con “Zamba para olvidar”, el clásico de Julio Fontana y Daniel Toro, con la participación de todas las voces del público que se unen en los estribillos. Traen un look moderno con inclinación al rock: jeans coloridos, chaquetas y peinados modernos. Los acompaña Daniel Guardia, popular cuartetero que formó su nuevo grupo VanGuardia.

A medida que va transcurriendo la noche, entre baile y canciones, el público disfruta de la comida: el choripán a 25 pesos es el menú más pedido, y lo dulce no se queda atrás. La bebida desfila bien fría por todas las manos, todos bailan y acompañan las canciones.

Tierra y canción

Cerca de la 1.30 llega Raly Barrionuevo al escenario. El público explota en gritos y aplausos. El dibuja una tímida sonrisa, se cuelga la guitarra y, solo, abre su noche con “Alma de Rezabaile”, un tema que toca poco en vivo y que pertenece a su disco Circo Criollo. Luego suben sus músicos al escenario y con la chacarera “Melodía viajera”, de su primer disco, todo el público baila y canta. Raly alterna chacareras y zambas como “Un Pájaro Canta” -el sensible homenaje a Jacinto Piedra-, con temas de Rodar (disco que editará en breve con un registro en vivo) como “Mujer caminante” y “Como el sol”.

“Cualquiera diría que no se hablar, que sólo se cantar”, comenta Raly, entre risas, cuando se da cuenta que todavía no había saludado al público. Desde que subió al escenario todo fue canción, y es que Raly hace lo que mejor sabe hacer: cantar. Y lo hace siempre a su manera: sencilla y humilde, transmitiendo sensaciones y transportándonos a otros lugares, otros olores, nuestra tierra.

Con “Mochileros” suma armónica y su guitarra de tres colores. Se la deja para “El sol parece lluvia” con ritmos más melódicos. Después baja un cambio con “Cuarto menguante”. De esta forma la noche transcurre como en una montaña rusa, de emociones paseando por chacareras de siempre, zambas y melódicos. “Subimos al escenario con nuestra historia a cuestas. Uno es un eslabón en la cadena de la cultura”, dice Raly e invita a Marcelo Gómez -oriundo de la santiagueña Frías como él- a cantar unas chacareras.

Son las 3.30 y ya no queda más comida ni bebida. Raly vuelve al escenario pero esta vez elige vestir una remera negra con la cara de Atahualpa Yupanqui, hombre aquerenciado en la serranía del norte de esta provincia. Va cerrando la noche con “Chacarera del Exilio” –tema que le pide la gente– y por último “Somos Nosotros”, con la que, ahora sí, cierra las puertas de un espectáculo que fue un real encuentro con la tierra.